2. Alba
Fuera de la central hidroeléctrica del Mariner, Ter baja tranquilo.
El día acaba de empezar y sus primeros colores se reflejan tímidamente en la piel líquida del río.
En este punto Ter tiene una playita de cantos rodados de fácil acceso en el margen izquierdo.
Tres mujeres mayores, de pelo largo y blanco, están instaladas allí cómodamente.
Parece que se ayuden a deshacer una masa enmarañada de lana cruda para convertirla en un hilo que ovillan.
Entre los cantos rodados, esparcidas por el suelo, hay madejas de lana de color de hueso.
Esta escena es la que hoy ve Ter cuando encuentra que un chorro abundante de sus aguas que habían sido desviadas y que han pasado por el interior de un canal, un edificio y alguna turbina, se le vuelven a unir.
También es lo que ahora ve la Biógrafa, que todavía tiene el corazón acelerado por el miedo de quedar triturada por las aspas de la Francis.
Podría haber sucedido que llama y Biógrafa quedasen atrapadas dentro de la turbina, sobre todo la segunda.
Pero no ha sido así. Se ha salvado, tal vez gracias a la buena magia del hechizo, o a que Ter realmente quiere que alguien escriba su biografía.
Y ahora la humana se encuentra bajo unos altos alisos que le dan sombra y con todas sus cosas al lado.
La única que falta es la pequeña llama, pero la lámpara de carburo se mantiene aquí, atada a la mochila.
La sacude un poco, para ver si todavía queda agua dentro, pero parece que no.
Mira el río, medio compungida. Se da cuenta de que ha vivido su primer baño.
Quizá no ha sido de la manera ideal que a veces se había imaginado —saltando a alguna poza de aguas frescas en una calurosa tarde de verano—, pero ha tenido su primer baño en Ter en el interior de uno de sus canales.
¿Cómo ha ido a parar allí? ¿Ha sido la llama de acetileno?
¿Han sido las mismas aguas que empiezan a comunicarse con ella?
Se encuentra en estado de shock y por eso, de momento, no presta atención a su alrededor.
La falta de luz tampoco la ayuda a ver bien los detalles de la escena.
Aun así, poco a poco, todo se despierta: los carboneros escondidos entre el ramaje se cuentan, se saludan y se dan los buenos días; los alisos mueven las hojas, como si pasaran golpes de viento entre ellos.
Todo emite un suspiro propio de la mañana, la vida se levanta de su sueño, como también lo hacen los colores y la imagen de los seres y de las cosas a los ojos de la Biógrafa.
También se despiertan los sonidos y, de hecho, es el grito largo y grave de una mujer el que trae al presente a la Biógrafa.
Mira a su alrededor y la ve; junto a una hoguera, arrodillada sobre unas pieles gruesas, con los brazos y la cabeza apoyados sobre un enorme canto rodado, una joven viste una fina túnica blanquecina de lino.
Agachada detrás de ella, otra mujer mayor le aplica sobre la parte baja de la espalda unos retazos de ropa que envuelven un canto rodado que hace poco se estaba calentando al fuego.
A su derecha, cerca del agua, tres viejas siguen la escena, concentradas, sin dejar de trabajar la lana.
Pasan dos minutos y la joven de antes vuelve a gritar de la misma manera larga y grave.
En su interior, un trago fresquito de Ter que la mujer ha bebido hace unas horas ve cómo sus partículas de oxígeno e hidrógeno pasan por un circuito de venas que cruzan la capa más externa de una placenta.
Dentro de ella, otras venas de forma arbórea las atrapan y las hacen llegar a una vena más grande.
Enrollada en espiral a dos arterias y recubierta por la gelatina de Wharton, esta envía las moléculas de agua de Ter, junto con el resto de nutrientes procedentes de las almendras y la leche de cabra que la mujer ha ingerido antes, al ombligo de un feto que, durante nueve meses, ha estado creciendo dentro del vientre de su madre.
Las moléculas de H 2 O entran en el cuerpo de la criatura, la oxigenan e hidratan.
Algunas de ellas también van fuera de su cuerpo y llenan el saco en el que se encuentra el pequeño humano.
En esa bolsa amniótica se mezclan con proteínas, carbohidratos, electrolitos y, sobre todo, en esta etapa final del embarazo, con orina fetal.
Todo ese líquido mantiene al feto en suspensión y lo protege de movimientos bruscos que pueda hacer o sufrir el cuerpo de la madre.
La pequeña criatura, a la que estas moléculas están nutriendo y protegiendo, hoy está a punto para nacer.
El poco de Ter que flota por la bolsa presiona de golpe las paredes, y un peso muy muy fuerte tira de ella y del resto de elementos de su alrededor hacia abajo, hacia un único punto, y rápidamente se encuentran chorreando por la piel sudada de unas piernas arrodilladas, deslizándose sobre unos fríos cantos rodados y llegando a tocar finalmente una tierra húmeda que, poco a poco, va absorbiéndolos.
La Biógrafa podría seguir los nuevos caminos que ahora recorren, pero aquí Ter quiere que se cuente su experiencia en el interior del cuerpo de una mujer que pare y, por eso, se empecina en mostrarle a la Biógrafa esta parte de su vida.
El parto empieza a avanzar rápido y le reclama atención.
Toda la energía de los seres de este lugar parece dirigirse a la madre, la criatura y la danza espiral que, juntas, están haciendo.
Alrededor de la partera, el resto de las mujeres que la acompañan, que ahora resulta que son más de las que la Biógrafa había contado en un inicio, se alegran del derramamiento.
La bolsa amniótica de la partera se ha roto, liberando todo el líquido al que las humanas, con suerte, llaman hoy «aguas limpias».
Ahora se espera que el parto se acelere, las contracciones serán como olas profundísimas y rítmicas, cada vez más aceleradas, que harán gruñir a la mujer todavía más.
Un oleaje cálido y bestial que comprime los músculos uterinos y abre el cérvix, dilatándolo, dejando paso a la cabecita peluda de la pequeña cría humana.
Un oleaje que empuja el saco amniótico, por allí donde se acaban las costillas y por debajo del estómago, para que todo baje hacia el mismo agujero por donde antes se han escapado las aguas.
Mientras ocurra eso, la acompañante de la partera le servirá cuencos de hojas de frambuesa infusionadas en agua de Ter y la joven madre dará sorbitos, los pocos que pueda entre el bullicio de su marea interior.
Y cuando esa marea no la deje ni tragar agua, cuando le apriete todo el vientre hacia dentro y hacia fuera y hacia abajo, entonces, la partera querrá empujar y lo hará, pensando que toda ella está abriéndose, partiéndose por la mitad a través de una grieta en llamas que le quema la vagina, la vulva y el ano.
Sorbos de Ter circularán por su cuerpo, hidratándolo en todo este esfuerzo y supurando rápidamente por los poros de la piel de la mujer que ahora gime y empuja y se coge fuerte al canto rodado mientras la compañera de atrás le recuerda que respire y siga, que respire y siga, que no deje de respirar y siga, que ya ve la cabecita, y ahora descansa dos segundos y coge aire y sigue, que tiene ya toda la cabeza fuera, y un empujón más, ábrete con amor, que ahora vendrán los hombros…
y, al final, la cría se desliza mojada por esas aguas limpias y lubricada por toda la capa blanquecina de vérnix caseosa que protege su piel.
El recién nacido siente por vez primera, sin saber qué son, los muslos de su madre rozándole los bracitos y, al cabo de poco, también sin saber de qué se trata, la calidez de sus manos, que lo recogen, y son enormes en comparación con las suyas.
Por primera vez, el sol se deja ver todo entero coronando el alisal que abraza Ter en este punto.
La nueva madre se deja caer suavemente de espalda para dejar reposar el culo en el suelo, sobre las pieles que la separan de los cantos rodados que bordean este margen de Ter.
La mujer de atrás le sostiene la espalda para que pueda estar medio reclinada.
De la vagina le sale el cordón umbilical, en cuyo interior circulan las últimas moléculas de Ter que la placenta de la madre podrá pasarle a su bebé.
Antes de dejar que la criatura se aferre al pecho de su madre, una de las mujeres acompañantes, que actúan como comadronas, lo coge con cuidado y lo observa de arriba abajo.
Le cuenta los deditos, le mueve las piernecitas, le coge las manos y pone a prueba el reflejo de prensión palmar.
Efectivamente, el recién nacido captura de inmediato los dedos de la mujer con los suyos como si se cogiera a una rama.
Ella le revisa todos los orificios y le provoca un llanto desconsolado para asegurarse de que las vías respiratorias funcionen.
Parece que está todo bien y que, por tanto, tendrá derecho a vivir.
De no ser así, de presentar algún defecto, el bebé podría ser abandonado o directamente ahogado en el río.
La comadrona alza al recién nacido, con un gesto que indica su viabilidad, y lo devuelve a los brazos de la madre mientras el pequeño recibe la última dosis de sangre, con todo el oxígeno y los nutrientes, que esta placenta le pasará.
Un poco de Ter circula todavía por ese cordón que late por última vez.