1. El acueducto #4
La Biógrafa la escucha con atención. No le habían dicho nunca que hubiesen ido allí.
«Mira, justo ahora empiezo a ver el canal y, más adelante, ¡diría que está el acueducto!
Me lleva el camino que estoy siguiendo… Ya estaré atenta a encontrar la mina», le comenta a su madre.
Y, alegre, le da las gracias por haberle contado eso y le dice que ahora mismo irá a verlo y, antes de despedirse, le pregunta cómo está ella y la madre le dice «Pues ya ves tú, trabajando», pero que bien, se envían besos y se dicen adiós y la madre suelta un último «¡Y no tardes tanto en llamar la próxima vez! ».
Entre los árboles serpentea en tonos plateados este canal de Ter.
Sus curvas no son meandros naturales, sino cosa del diseño del arquitecto, que tenía que superar las diferentes características del terreno.
La Biógrafa se acerca hasta que puede sentarse junto al agua, que fluye ante sus pies pronunciando un suave seseo, mucho más que el que le oyó a Ter cuando justo había empezado a bajar de su fuente.
La Biógrafa saca la grabadora y registra esos nuevos balbuceos.
«¿Qué se cuentan las aguas cuando han sido separadas de su cuerpo natural, para pasar, solo en una cantidad pequeña, por un tubo construido con cemento y piedras de río a lo largo de más de tres kilómetros?
¿Pueden entrar peces aquí dentro? ¿Vive algún ser?
», se va preguntando mientras mira el agua y ve musguito agarrado a las orillas del canal.
Al cabo de tres minutos, para la grabadora, la guarda, se acerca al agua y, con mucha prudencia, la toca.
Está fresca. Saca la lámpara de carburo, la desenrosca y llena el depósito con un poco de agua, sumergiéndolo unos centímetros en el canal.
En la otra parte de la lámpara pone dos de las piedrecitas que lleva en el bolsillo.
Enrosca el aparato, abre la tapita y primero oye un «ploc», como de gota de agua que cae dentro del bote, y enseguida un «sssssssh» decidido y claro que se escapa por el pitorro de la parte superior del objeto acompañado de cierto olor a ajo.
Se apresura a buscar el encendedor que lleva en la bolsa de cosas de emergencia, lo enciende justo por debajo del pitorro y aparece una llama blanca.
Es bonita y pequeña. Baila sobre la boca de hierro que la escupe, como si estuviese contenta de estar, por fin, liberada.
La Biógrafa le dice «hola», se siente como si acabara de hacer un truco de magia que ha funcionado y no deja de mirarla.
Maravillada, no se percata de que, si hace unos momentos era de día, a su alrededor rápidamente va bajando el sol y está anocheciendo.
La llama la ha capturado y, en su interior reluciente, primero de todo, ve las aguas de un río que entran hacia el interior de un estrecho túnel oscuro, en el que la Biógrafa reconoce una bovedilla de ladrillo y, como si la llama y ella fuesen parte de esta agua, entran hacia toda esa negrura.
Durante unos cuantos minutos se desplazan por ella, sin ver mucho más que la tenue luz que desprende el fueguito y que tiembla en las paredes y el techo.
La Biógrafa recuerda la voz de la madre diciéndole que, en el pasado, estas linternas se las llevaban al interior de las minas, y mientras piensa que verían poco, o que utilizarían muchas, el túnel se abre más adelante, en un punto en que las aguas se acercan con rapidez, y resulta que es el canal, que sale a la superficie tras haber ido bajo tierra no sabemos cuántos metros.
El recorrido seguirá así, entrando y saliendo de la tierra, serpenteando en algunos puntos.
Llama y Biógrafa siguen adelante por el canal, pasando bajo árboles y viendo cómo caen algunas hojas a la superficie de esa agua que se mueve lentamente.
Hay un punto en que todo se vuelve aéreo y, a la izquierda, se ve un agujero en la montaña justamente con los estratos blancos y negros que ha mencionado la madre.
Allí abajo distingue a media docena de hombres que trabajan con picos y cestos, cada uno en un estrato y a una altura diferente.
Extraen muestras de piedras blancas y de color gris.
Desde allí uno de ellos levanta la cabeza —«¡Tiene el rostro de mi padre!
», exclama la Biógrafa— y, con su voz familiar, el hombre le cuenta lo siguiente:
«La historia de Amor y Odio ya la conoces.
Tú misma hablabas de ella al principio de este relato.
Pues lo que encontramos aquí tiene que ver con esos momentos.
Hace cincuenta millones de años, en esa época que los humanos han bautizado como Eoceno, se formaron las rocas que ahora encontramos en estos estratos.
En uno de los periodos buenos para Amor, cuando los Pirineos habían empezado ya a nacer pero la sierra prepirenaica aún se gestaba bajo el agua salada de esta área marina, se generaron las franjas blanquecinas a partir de esqueletos marinos de quizá tortugas, moluscos o corales, que, al morir esos animales, iban quedando depositados aquí.
El tiempo era tranquilo, las aguas bajaban calmadas.
»Sin embargo, a los días amorosos de buen clima también se les oponían, de vez en cuando, temporadas de lluvias torrenciales y las grandes inundaciones que hacían que de los Pirineos en formación bajasen barros, arcillas y restos orgánicos de animales y vegetales, y que se acumulasen en lo que entonces era este fondo marino.
Tal vez fuese el mismo Ter el que fue llevando todo ese material a este lugar.
A mí me gusta pensar que sí, que fue él, y que con los años y los encuentros y separaciones entre placas tectónicas hicieron emerger esta joya gracias a la cual los humanos podemos iluminar las noches más oscuras.
Con cada roca que recojo, agradezco a Ter su fuerza para arrastrar barros y crear estos estratos, creyendo que sí, que fue él… ».
El blanco y el negro, Amor y Odio, el buen tiempo y las tormentas, los mares tranquilos y las riadas.
Son todo binomios y, al mismo tiempo, tanto los estratos de cal como los de arcillas están hechos con materia orgánica que ha estado viva en algún momento y que, quizá, aunque no lo parezca, lo siga estando.
Si no, ¿cómo nos explicamos que la cal y el coque reaccionen al juntarse a altas temperaturas, a más de dos mil doscientos grados, y se fundan y se unan apasionadamente dando lugar a este ser tan especial que es el carburo?
El carburo de calcio. Esta piedra que, al mojarla, transpira un gas, el acetileno, capaz de quemar e iluminarlo todo.
Todo son acciones y sus consiguientes reacciones.
Y a la vez, ¿puede haber acción sin vida?
La vida es el verbo. La vida es ser. Ser es vivir.
¿O no? En la lengua potawatomi, propia del pueblo originario homónimo de la zona central de Estados Unidos, el setenta por ciento de las palabras son verbos.
[26] Los sustantivos se han verbalizado.
No existe el río, sino el «ser río». ¿Y si hay una confusión en la traducción de los estudiosos de esa lengua y, en realidad, lo que hay es el «Ser Río»?
Y el «Ser Nube» y el «Ser Fuente»… Todo lo que existe es y, en cuanto que es, podemos decir que es Ser, ¿no?
Todos estos pensamientos se canalizan por la mente de la Biógrafa a medida que, sin darse cuenta, llama y ella dejan atrás la mina, pasan por tramos de oscuridad y otros de apertura, cruzan la carretera C-37 cerca del pont de la Rovira y bajan hasta la central hidroeléctrica del Mariner.
Allí, aguas, ideas, llama y Biógrafa entran rápidamente en un túnel de absoluta negrura, de paredes metálicas y redondas, que se arremolina como la concha de un caracol, en esta espiral fortísima que las empuja a todas hacia unas aspas que giran con gran potencia.
Huelga decir que llama y Biógrafa tiemblan por igual, las ideas se escapan, abducidas por el miedo, la Biógrafa cierra los ojos, como si eso pudiese ayudarla en algo, y agarra fuerte la llama entre sus manos, protegiéndola de quién sabe qué, y las aguas se estrechan entre ellas, con presión, unas contra otras, incapaces de agarrarse a nada e impedir que las aspas las cojan, las separen por un momento y las empujen hacia un vacío que no conocemos.
Todo es negro y todo son espirales de fuerzas que colapsan y energías que se generan.