El Ter: una biografía 1. El acueducto #3
52%

1. El acueducto #3

La Biógrafa le hace una foto y sigue caminando, recordando la película de Miyazaki.

En la cinta de animación, la protagonista acababa descubriendo, bajo la capa de barro que inicialmente lo cubría, un rostro que flotaba en el aire similar a un hombre viejo.

Mejillas chupadas, cejas blancas y pobladas, muchas arruguitas hechas de barro y pocos dientes.

Debajo de él había un reflejo de sí mismo, como si flotara sobre una superficie acuosa invisible.

«¿Cuál será la cara de Ter? ¿Tendrá, también, un espíritu, un rostro, una máscara de facciones tan humanas como las del personaje de la película?

Y este baño que le hemos montado los humanos para limpiarlo mecánicamente, ¿es su primer baño?

¿O ya se ha encontrado antes con algún circuito de piscinas de limpieza como este?

». Todas estas preguntas se van sucediendo en la mente inquieta de la Biógrafa mientras camina fábrica de galletas abajo, cerca de campos, y cruza un camping.

No presta atención al paisaje porque busca con el móvil, por internet, cuál es el primer baño de limpieza por el que pasa Ter y aprende que, según informa la Agencia Catalana del Agua, la primera Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) por la que pasa el río se encuentra en Setcases.

Cuando ayer salió del pueblo siguiendo al rebaño que trashumaba, le debió de pasar por alto, distraída como estaba hablando con el ternero.

Esa estación fue construida en 2023, mientras que la primera de toda la cuenca de Ter, la que se encuentra en Seva, en la comarca de Osona, se puso en funcionamiento en 1980.

Según se informa en la web, en Setcases el agua llega a la EDAR por gravedad y allí se la trata desbastándola y después desarenándola para terminar haciéndola pasar por un sistema de decantadores que la dejan vacía de residuos y la devuelven finalmente al cuerpo originario de Ter.

En cambio, la de Camprodon, es una estación de limpieza de aguas más compleja.

Se puso en funcionamiento en 1994 y recibe, también por gravedad, las aguas del Ritort y del Ter colectadas, se dice, justo en el punto de afluencia entre un río y otro.

«¿Dónde estará ese colector? ¿Por qué no lo vi desde el pont Nou de Camprodon?

¿Puede que me distrajeran el calor, los veraneantes y tantos nombres de calles atribuidos a hombres célebres de la historia?

», se reprocha la Biógrafa, levantando por unos instantes los ojos de la pantalla y dándose cuenta de que ahora cruza un hayedo, siguiendo por la pista asfaltada que pasa junto a la fuente de la Teresa, que parece un gran abrevadero de animales.

Siguiendo pista abajo, puede volver a poner la mirada en la pantalla porque este camino es muy fácil y pide poca atención.

El Ter queda a mano derecha, pero el margen baja recto y oculta el curso de agua mucho más abajo, un poco lejos.

La Biógrafa todavía lee la ficha de la EDAR de Camprodon y aprende que allí el agua es tratada biológicamente para conseguir eliminar, además de los objetos que le sobran, el nitrógeno.

Pero, más que centrarse en eso, reflexiona sobre el hecho de que «ya hace tiempo que Ter pasa por este circuito y se lo conoce bien.

Quizá por eso ha sido capaz de desbastarse naturalmente, ya ha aprendido».

Para preguntarse, seguidamente, hasta qué punto las aguas tienen memoria y pueden aprender a base de ir repitiendo procesos.

De ser así, querría decir que se las puede domesticar.

Se las enseña a pasar por aquí, a ir hacia allí, a desdoblarse en ese punto, a pararse en aquel otro, a saltar fuerte ahora y, sobre todo, después, a calmarse y a retenerse.

Con los pocos kilómetros que ha recorrido hasta ahora en relación con la longitud del cuerpo de Ter, la Biógrafa ya ha podido constatar que el río ha sido sometido a todo tipo de intervenciones que le han modificado la forma.

Se le han creado brazos nuevos que son canales, se lo ha hecho pasar por tubos, bañeras, carruseles, filtros, se lo ha colectado y decantado y se le ha hecho empujar ruedas de molinos.

Se lo ha murado a lado y lado, se le han hecho pequeñas esclusas y, como sabe que se encontrará más adelante, grandes presas.

«¿Qué formas tendría tu cuerpo, Ter, si los humanos nunca te hubiésemos intervenido así?

», le pregunta la Biógrafa mientras se acerca a unas casas de turismo rural.

En las repisas de las ventanas tienen unas linternas negras, antiguas, de hierro, como aquella que la madre había guardado un tiempo en el garaje, pero que nunca había visto funcionar.

Y entonces recuerda que tiene que llamar a su madre y se da cuenta, también, de que empieza a tener algo de hambre.

Una mujer trabaja cerca del muro que separa la casa del camino.

Dirigiéndose a la Biógrafa, le pregunta si va muy lejos.

Ella responde que se dirige al final de Ter, que lo tiene que recorrer todo y, sin dejarle tiempo a la mujer para comentarle nada, le pregunta qué tipo de linternas son esas que tiene para decorar la fachada de la casa.

La señora le dice: «Uy, ¡qué lejos vas! Pero espera, espera, que te traigo una y te enseñaré cómo funciona».

Se le acerca con una de esas luces en una mano y unas piedras en la otra.

«Esto, muchacha, es una lámpara de carburu .

¿No has visto nunca cómo funciona? No, claro que no, tú eres muy joven.

Me imagino que, como buena excursionista, debes de llevar algún mecheru , ¿no?

Pues mira, mira, te vas a llevar esta linterna, que te irá muy bien.

Pesa un poco, pero no te fallará nunca. Y te llevas también estas piedras, que son el carburu .

Mira, mira, que te explico cómo funciona.

¿Ves que la linterna es como un bote? O más bien, ¿como una cafetera italiana?

Pues tienes que abrirla desenroscándola, como si quisieras separar la parte de arriba de la de abajo.

La parte de abajo es para que pongas las piedras, lo ves, ¿no?

Las pones aquí dentro, así de fácil, y en esta parte de arriba que va enroscada hay un pequeño depósito que tienes que llenar con agua.

No necesitarás demasiada, ¿ves qué pequeño es?

Pues le pones agua, lo enroscas y lo cierras bien.

»Ah, y la lámpara de carburu tiene que ir siempre de pie, con eso no te la juegues, y después, cuando levantes esta tapita, oirás que hace como un sonido así, un poco de “shhhhhhhhh”, como de que algo está pasando aquí dentro, entonces tendrás que coger el mecheru y lo enciendes aquí delante de este pitorro que hay aquí arriba y verás que se enciende una llama blanca que se mantiene viva hasta que se te acabe el agua o se te gasten las piedras.

Lo has entendido, ¿no? No es complicado.

Pues, hale, no te entretengas más aquí, que te queda mucho trozo.

Más abajo ya encontrarás agua, aquí en el acueducto, y coges una poca, con cuidado de no caerte, ¿eh?

Y ya podrás probarlo. O, de hecho, lo mejor es que te esperes a que la necesites de verdad…

», y le deja la lámpara de carburo y piedras sobre el muro y se vuelve adentro.

La Biógrafa mira bien el objeto de hierro.

Parece fácil de utilizar. Le saca una foto y se la envía a su madre.

Lo cuelga de la mochila, que ahora pesa un poco más.

Las piedras, de color gris clarito, dejan un poco de polvo.

Se las mete en el bolsillo y, mientras camina, llama a la madre, que responde al teléfono diciéndole que ya sufría, que son las dos del mediodía y que si está comiendo.

Y la Biógrafa, que no, que no está comiendo, que lo hará un poco más adelante, que de momento avanza en dirección a Sant Pau de Segúries, que está un poco lejos de Ter, pero que le ha dicho una señora que, siguiendo por este camino, muy pronto se encontrará un acueducto, y le cuenta también que esa misma mujer le ha dado una lámpara de carburo y unas piedras para utilizarla.

La madre recuerda que habían tenido una muy antigua en el garaje, heredada de sus padres, y que de pequeña la había utilizado en algunas ocasiones.

«Había que poner aquellas piedras, a las que llamábamos carburus , un poco de agua y ya se podía encender.

¿Sabes quiénes dicen que utilizaban esas lámparas?

Los mineros, que se las llevaban al interior de la mina.

Pues que sepas que tu padre y yo visitamos un día ese acueducto al que vas.

Un día que tú todavía estabas dentro de mi barriga.

El acueducto transporta el agua de un canal, al que llaman Mariner, si no recuerdo mal, y ese canal lleva el agua hasta la central eléctrica que hay a la llegada del pueblo, justo al lado del Ter…

¡Ya te la encontrarás! Ahora bien, si la cosa no ha cambiado, hacia el final del acueducto podrás ver una mina antigua, abandonada, a cielo abierto.

¡Es una mina de carburu ! Tu padre, como te puedes imaginar, se sabe toda la historia de la formación de este material.

La verdad es que a mí me gustó mucho. Había una pared entera de roca hecha de estratos que se iban alternando.

Unos eran blancos y los otros negros. Ve, ve, si puedes.

Y piensa que tú ya estuviste allí. Estuviste cuando estabas dentro de mí.

Esa misma tarde nos fuimos a remojar los pies a la orilla del Ter bajo la central eléctrica del Mariner», le cuenta su madre.