1. El acueducto #2
Entre las hojas, los troncos y todos los tonos de verde, hay un agujero negro rectangular, como una pantalla de cine, que se mete dentro de otra pantalla que a su vez se mete dentro de otra y otra y otra más, y hay hasta siete, o cien, o 2.
874; es la retina de la cabra de hace unos días; una ventana camuflada entre la vegetación con una metralleta que apunta hacia fuera, o quizá es un cañón; un recorte de la noche más oscura; un trozo de nada limitado por cuatro paredes; un fragmento de olvido, una abertura que, si no fuese por la negrura que condensa, sería un portal hacia un millar de otros agujeros como estos, como un tipo de túnel que recorre en primer lugar todo alrededor de Camprodon y que pasa por muchos búnkeres, y que sale del pueblo y recorre muchos otros lugares repartidos por los Pirineos de manera transversal, formando una línea: Portbou, Ribes de Freser, Esterri d’Àneu, Formigal, Monte Azalegi, Quinto Real, Xantelerreka y hasta Donostia; recordando la función fronteriza que los humanos de los últimos siglos han dado a la cordillera milenaria.
Los coches pasan por delante de esta estructura sin inmutarse.
Pasan arriba y abajo emitiendo humos de desmemoria de un proyecto iniciado en 1943 y perdido en la historia pirenaica.
La Organización Defensiva del Pirineo, también conocida como Línea P —de Pirineo—, resultó ser eso: un túnel oscuro y armado para protegerse de aquellos que podían entrar por las montañas que separan, o unen —depende de cómo se mire—, los territorios de Francia y España.
Todo terminó en una línea defensiva que nunca se necesitó, que no tuvo ningún uso, pese a su promesa de defensa perpetua.
Después de su completo abandono, la vegetación se ha ido comiendo lo que queda de proyecto, de la misma manera que se come los caminos cuando ya no se pisan, infiltrando raíces, hojas, troncos y frutos, introduciendo todo su verdor por las grietas y ventanas o agujeros en una noche armada y protegida que resultó inútil.
Y ahora, eso que se esconde entre el zarzal del margen del camino, podría ser un búnker, una guarida, una arquitectura futurista, una barraca de pastores o un reflejo de los miedos del pasado.
La Biógrafa está parada en medio del camino, viendo, imaginando, sintiendo y pensando todas esas cosas.
Por detrás se acerca un rebaño de cabras que la adelanta y cruza la carretera, deteniendo —ellas sí— a todos los coches, y la Biógrafa aprovecha y cruza con ellas, dejando atrás el agujero negro y fundiéndose entre el grupo de animales.
Las pezuñas hacen cloc-cloc cloc-cloc sobre la carretera, que está caliente.
No se ve alrededor a ningún pastor que guíe el rebaño, solo vientres, espaldas, colas, morros y pequeños cuernos de cabras.
Entre los balidos y los cuerpos calientes de unas y otras, palabras e imágenes llenan la mente de la Biógrafa, inmersa en imaginarse la vida dentro del búnker, yendo a buscar agua de Ter para lavarse y beber, pescando truchas o barbos, recogiendo avellanas en la orilla.
Una vida a ratos atemorizada, encerrada en el interior de esa construcción, esperando que llegara algún día el enemigo para que toda esa clausura tuviese un mínimo de sentido.
Mientras tanto, el rebaño va camino abajo, llevando a la Biógrafa.
De pronto, tufos y olores dulces la devuelven al presente.
En el margen izquierdo del camino, dos piscinas; una circular y una ovalada, remueven aguas sucias y las hacen pasar por depósitos a distintos niveles para limpiarlas por medio de la decantación.
También circulan a través de filtros, que permiten separar muchos objetos y materia orgánica: hojas, toallitas, papeles, bolsas de plástico.
Aguas sucias que han pasado por lavadoras, estómagos y váteres; que han circulado por calles de asfalto, aceras de cemento y se han colado por los agujeros de las cloacas; que han llenado bañeras, han fregado platos y han limpiado máquinas y volverán, tras una buena depuración, a perder el color marronoso y el hedor de restos de vida humana que han ganado.
Entonces entrarán de nuevo en el cuerpo de Ter.
Y tal vez, solo tal vez, porque no se puede saber, unos metros más abajo, estas aguas olerán la dulzura que se desprende de la fábrica de galletas.
«Ter, ¿tú puedes oler algo? Aquí hueles bastante mal.
¿Lo notas? ¿Sabes?, me siguen pasando un montón de cosas que me hacen pensar que el hechizo sigue funcionando.
Aun así, Ter, tú todavía no me has dirigido ni una sola palabra, todavía no me has creado ninguna visión, todavía no me has llevado por tus interiores, como en cambio sí que ha hecho el hombre-serafín, llevándome aires arriba con sus alas.
Mi objetivo es escribir tu biografía. Y me iría muy bien que me hablaras, de la forma que tú quieras, pero una forma que yo pueda entender.
Y que me cuentes cosas. Cosas como, por ejemplo, si notas tu mal olor en estos momentos, y si más abajo podrás oler la dulzura de las galletas acabadas de hornear, y si para ti también es placentero notar la lluvia en tu superficie, y si te asustan los relámpagos, y si alguna vez te has enamorado, o si te puedes poner enfermo o si te gusta comer algo…
»Hasta me iría muy bien que me contaras si sueñas y si duermes, si te gusta ver la puesta de sol reflejada en ti mismo, si eres uno o una, si te gusta el nombre que te hemos dado, si puedes entendernos y si nos odias porque, siendo ya muy jovencito, hace años que te hacemos trabajar.
Me he duchado contigo, te he bebido un poco, he puesto mis pies en tu interior y te he mirado desde la orilla con mucho respeto.
Te he visto nacer, he conocido a un montón de seres a los que les das vida y, de momento, voy siguiéndote, pasando unos días a tu lado mientras tú vas a lo tuyo.
Pienso que ahora, que ya me he dejado conocer un poco, podrías decirme algo, ¿no?
¿O es que no quieres que escriba tu biografía?
Si es así, lo siento, pero quiero que me lo digas con claridad. Dame alguna pista…».
Todo eso dice la Biógrafa, con la vista y todo su cuerpo dirigido hacia las aguas sucias que ve a través de la reja de la depuradora y no hacia el cuerpo de Ter, que corre más o menos libre por el lado derecho del camino.
Y le dice todo eso sin darse cuenta de que el rebaño de cabras ha pasado ya entero por detrás de ella, seguido de la pastora solitaria que lo guiaba.
No hay desesperación en su tono, sino impaciencia.
«Te veo y te he visto de tantas formas, Ter, que me da miedo que te me escapes, que me superes, que mi proyecto de escribir tu biografía me ahogue como si yo fuese solo un trozo de granito pequeño pequeño de la cabecera y tú me arrastraras con tus rápidos y tus meandros por las vaguadas de los valles que cruzas, por los diferentes desniveles que superas, con todas tus velocidades y, en lugar de, finalmente, abandonarme en el mar, me quedase atrapada frente a cualquier pared de esclusa o presa insuperable para mí», le confiesa, aguantando el mal olor, y sin quitarle los ojos de encima a todo ese cuerpo marronoso, que hace espumas y se muestra de diferentes densidades mientras serpentea por este carrusel de limpieza que los humanos han creado para separar del agua todo lo que ellos mismos han tirado en ella.
De la bañera que se muestra más densa, el agua se decanta y cae hacia otra, construida a su derecha, que se muestra un poco más líquida.
La Biógrafa mira el barro líquido que parece irse removiendo y arremolinando en la primera bañera.
Siempre había sentido asco por este tipo de lugares, pero ahora siente, más bien, curiosidad.
Curiosidad por saber si el agua lo nota, como quien va a un balneario, o si más bien es como un lavado mecánico, poco agradable, que la deja a punto para poder volver a trabajar y volver a entrar en el ciclo de productividad humana.
«Ter, tú también eres una víctima del capitalismo», le suelta la Biógrafa, empática y resignada.
Y de las aguas enfangadas empiezan a surgir burbujas, primero pequeñas y esporádicas y, en cuestión de segundos, cada vez más gordas y constantes.
Parece que el líquido hierva o que en su interior haya algo respirando…
Tal vez sea eso, tal vez sea esa segunda opción, porque, de golpe, del barro se levanta una masa redondeada, de un metro de altura y de formas cambiantes.
El barro va resbalándole por encima, sin acabar de dejar ver del todo qué hay debajo de esa piel pringosa.
Es como un volcán de barro muy lento, que no erupciona con energía sino que, poco a poco, a ritmo de materia viscosa, sale por arriba de ese cuerpo raro y va patinándole, pegajosamente, por encima.
Se mueve de formas extrañas y huele muy mal.
La Biógrafa no deja de mirarlo, con cierta compasión, y de ese cuerpo empiezan a salir objetos, que primero le resbalan por encima y después caen al suelo, fuera de la bañera.
Todo es marrón, cubierto de barro: un zapato, una máquina de escribir, un puñado de toallitas húmedas, una rueda de bicicleta, un oso de peluche, unos calcetines, unas gafas, otro puñado de toallitas húmedas, una cesta, un palo de caminar, una botella de cristal rota, un tercer puñado de toallitas húmedas, una mochila, una cantimplora…
Todas estas cosas se apilan al margen de la bañera.
Y a medida que crece esta pequeña montaña, mengua la masa enfangada, se reduce.
El agua sucia ha vomitado las cosas que le sobraban, sometiéndose a un proceso de desbaste natural, como si lo eligiese ella misma.
Lo hace de una forma que recuerda a la limpieza por la que pasa el espíritu del río en la película de animación El viaje de Chihiro , de Hayao Miyazaki.
Las aguas enfangadas se calman y vuelven a circular por las bañeras con normalidad.