1. El acueducto
De noche ha llovido. Ter y Ritort tienen los cuerpos más llenos.
Las piscinas de Camprodon quizá estén también más llenas.
Los ojos de la Biógrafa se empiezan a abrir.
Ha oído pasos en el pasillo y ha recordado que llegó aquí sin hablar con nadie del hotel, sin pasar por recepción.
De pronto teme que alguien entre en la habitación, se la encuentre allí y la eche de malas maneras.
La luz que se infiltra por el pequeño espacio que hay entre las cortinas y los cristales de la ventana ilumina sutilmente un trozo de pared, dando vida al tono amarillento del papel que la recubre e informando de que ya es de día.
Ella se levanta, se acerca y aparta un poco una de las telas pesadas, opacas y gruesas de brillante satén verde oscuro que ocultaba las vistas.
El cielo todavía está algo nublado por los restos de la lluvia nocturna.
Ter baja con tono alegre. Hay mucha gente en el césped, que debe de estar húmedo, al otro lado del río.
Se encuentran en el jardín con piscina del hotel, al que se accede por el puente pequeño y privado que hemos visto antes.
En la piscina juegan algunos niños. A su alrededor hay adultos vestidos con ropas frescas.
La Biógrafa busca el móvil para saber qué hora es.
Se encuentra con un mensaje de su madre: «¿Todo bien?
», y un emoticono de una cara que le lanza un beso.
Piensa que tiene que llamarla. Más tarde lo hará.
De momento le responde deprisa: «Sí, ¿y tú?
Te llamo más tarde. Me acabo de despertar en Camprodon».
Descubre que son las diez y once minutos de la mañana y le entran todas las prisas.
Se da una ducha rapidísima. Se seca el pelo —¡la habitación tiene secador!
— e intenta secar, también, la toalla que ha usado.
Se viste veloz y ordena toda la habitación, intentando que parezca que allí no ha estado nadie.
Incluso recoge los pelos que han quedado en la almohada y se los lleva consigo, metiéndoselos en el bolsillo.
Cuando ya está preparada, se acerca a la puerta y pone la oreja.
Saldrá cuando le parezca que no oye a nadie.
Aguarda unos instantes y pasa lo que suena como una familia.
Una voz adulta y masculina protesta, se queja de que se han levantado demasiado tarde y se han perdido el desayuno del hotel.
Una voz más suave y femenina responde que no hay para tanto, que no es nada grave, que huevos con beicon ya se los pueden preparar en casa también cualquier domingo, y una voz jovencita apunta que ella quiere un cruasán de la panadería de la plaza.
El estómago de la Biógrafa parece sentirse atraído por la propuesta, porque se enrosca y emite uno de sus característicos borborigmos.
Ella se impacienta por abrir la puerta y decide actuar como si nada; saldrá de la habitación y se dirigirá a la salida del hotel siguiendo a esta familia, casi como si fuese con ellos.
Así lo hace. Son tres y, por suerte para la Biógrafa, van vestidos de manera similar a ella, como si fuesen de excursión.
Llevan mochilas y, según parece, son de su época.
«Perfecto, ¡he vuelto a mi tiempo!», se dice por dentro.
Bajan las escaleras de madera maciza y barnizada, llegan a una sala de recepción también revestida con placas de madera del mismo tono.
Hay una chimenea y butacas de terciopelo de color grana.
Las baldosas del suelo forman una composición geométrica a base de cuadrados y rectángulos amarillos, negros, marrones y grises.
Hay taburetes frente a la barra de recepción, que es la misma que la de un bar donde no hay ningún cliente.
Del techo cuelga una araña de luces muy tenues, hecha de madera y hierro forjado.
En la pared hay colgados papeles, dibujos, fotografías y partituras, todos ellos enmarcados.
También hay un cuadro pintado al óleo que parece cualquiera de los bulevares de París de principios del siglo XIX .
La joven de la familia se acerca a uno de los retratos en blanco y negro hechos a carboncillo que decoran la sala y le dice lo siguiente al hombre de rostro ancho con bigote y barba poblados que hay ilustrado: «¡Adiós, Isaac!
Hoy abandonamos tu pueblo. Me ha encantado conocerlo, ¡pero ahora nos vamos a comer cruasanes!
Seguro que a ti también te gustaban y también comiste muchos cuando viviste en Francia», se da un beso en los dedos y toca la mejilla del hombre dibujado con esa misma mano, como si le quisiera pegar el beso.
Después se acerca a una de las partituras, titulada Pavana fácil para manos pequeñas , de 1881, para piano, firmada por Isaac Albéniz, y se pone a leerla cantándola.
La Biógrafa, que estudió piano tres años durante su infancia, no recuerda nada de leer partituras como esta.
La observa mientras escucha con atención la melodía que entona esta niña, que tendrá unos diez años.
Sus padres están hablando con la recepcionista, diciéndole que dejan la habitación.
La niña y la Biógrafa salen del hotel discretamente.
La pequeña da vueltas por la plaza sin dejar de cantar.
Salta por la acera y se mueve entre la gente, acercándose a los puestos del mercado que hay instalados hoy.
Se oye mucho jaleo, pero la Biógrafa solo puede escuchar la melodía que entona la niña mientras observa la fachada del lugar donde ha dormido.
Es de color naranja y tiene un cartel donde unas letras en diagonal rezan L ’ HOTEL DE CAMPRODON .
En la plaza de enfrente, que lleva el nombre de Doctor Robert, hay puestos bajo los plátanos.
Venden fruta, verdura, quesos, embutidos, miel, plantas medicinales, y también hay uno de cestas y objetos de fibras vegetales.
Los vendedores de este último son un padre y su hijo.
Hace calor y, sin quitarse de la cabeza la canción que ha entonado la chiquilla, la Biógrafa, que ya se ha despistado de la familia y piensa en buscar algo para comer, se acerca.
Ve unos abanicos redondos confeccionados con una tela muy colorida, con unos mangos forrados con piel de cabra venidos del Senegal.
Tiene calor y se compra uno. En otro puesto, compra un pan de maíz, un cruasán y, en la tienda de al lado, un trozo de queso de oveja curado.
Con la mochila a cuestas y sin dejar de abanicarse, se come el cruasán mientras tararea la pavana de Albéniz, o lo que recuerda de ella.
Se dirige hacia el puente que cruza el Ritort, que baja contento y parece que también entone la misma melodía que ella.
Se detiene en medio del puente, asomándose a la barandilla, como si quisiera ver de dónde viene este río.
Pero es imposible. Está todo canalizado y en cada una de sus orillas crecen edificios de cuatro y cinco plantas.
A la Biógrafa le gustaría poder contar que este hermano pequeño de Ter, y uno de los primeros con los que se encuentra, habla de los trashumantes que ve en su paso por Espinavell y de los rápidos que le salen cuando nace de los pies del Costabona, y de cómo le gusta entrar en las raíces y hojas puntiagudas y tiernas de la Carlina acaulis para evaporarse a finales de septiembre y sumarse a las nubes de arriba, dejando la flor seca, que se empieza a confundir con los colores del otoño.
Tampoco nos puede contar que, pese a ser más joven que Ter y haber trazado un recorrido mucho más corto, ya ha conocido más fauna que su hermano mayor.
Y es que antes de llegar a la población de Molló, bordea una zona donde algunos humanos hacen negocio teniendo a muchos animales propios de esta región encerrados y controlados para que otros humanos paguen para ir a verlos.
Así, en algo menos de tres kilómetros, partes de él —de Ritort— pueden entrar en cuerpos de ginetas, osos, corzos, gamos, muflones, linces, buitres y lobos.
Y pueden, también, sentir cómo nadan por su interior las marmotas y las nutrias.
Y ahora podría entretenerse mucho explicando un sinfín de detalles sobre la vida de Ritort, pero su tarea no es esta, ¿verdad que no?
¡La Biógrafa debe narrar la vida de Ter y no la de otros ríos!
¿Hasta qué punto es preciso mencionar las circunstancias de sus afluentes?
Claro que cada tributario debe de transformar, aunque sea poco, las cualidades de Ter, configurando sus características de la misma manera que los humanos nos configuramos, en buena medida, según las relaciones con nuestros familiares más directos.
Pensando en todo esto, la Biógrafa llega a otra plaza también llamada según un hombre conocido: Cèsar August Torras.
Luego toma la calle que lleva el nombre del compositor Albéniz y, al cabo de pocos pasos, se encuentra el pont Nou, el puente Nuevo, desde donde contempla la afluencia de Ter con Ritort.
Las aguas de uno y otro se muestran iguales.
Se encuentran y se funden, y Ter sigue un poco más ancho, un poco más caudaloso.
Bajo el puente hay una pequeña playa de cantos rodados.
La gente juega a tirarlos sobre el agua y hacerlos rebotar.
El río es como una cama elástica. Si hubiese peces nadando quizá estarían un poco molestos, pero hoy no se ve ninguno.
El camino de la Biógrafa sigue río abajo, pasando por delante de la casa natal de Albéniz, luego junto a un aparcamiento lleno de coches, más adelante por un polígono y, por fin, llega a la rotonda de salida del pueblo.
El camino que debe seguir está alejado de Ter, pero es la vía rápida para dejar el pueblo.
Recorre unos metros por el lado izquierdo de la carretera C-38, cuyo margen está lleno de plantas arbustivas y trepadoras y fresnos de hoja grande.