3. Una energía o una concesión #5
Sobrevuelan Ter desde las alturas y cruzan hacia su lado izquierdo, donde hay muchos muros que cierran parcelas de tierra cubierta de césped en las que hay piscinas cuadradas y azules y casas grandes y árboles altos.
Como si fuese una golondrina sedienta, las alas bajan en picado hasta una de las piscinas de un jardín que parece vacío, de una casa cerrada a cal y canto, como si sus propietarios no estuviesen.
Y a dos dedos del agua, la Biógrafa se pregunta si esas piscinas se llenan de Ter.
Antes de remojarse, alas y ojos vuelven a coger altura y pasan junto a unas antiguas letras enormes clavadas sobre una pared de piedra en las que se lee GALETES BIRBA , vuelven a Ter y enseguida lo ven pasando por en medio de este pueblo, que hoy está lleno de hoteles y tiene las calles medio vacías.
Allí donde está el famoso puente que ilustra las cajas de galletas, Ter se encuentra con Ritort, un río más joven que viene del otro valle, el de Molló, y las aguas de uno confluyen en las del otro.
Lejos de acercarse a los detalles del puente nuevo de Camprodon, de estilo gótico y originario del siglo XII , hoy las alas del hombre-serafín quieren mostrar el último puente que cruza Ter antes de encontrarse con este gótico.
Un puente que es privado, propiedad de un hotel con piscina que tiene las instalaciones distribuidas a lado y lado del río.
Ahora no vemos a ningún cliente, pero deben de cruzar el puente para ir de un lado a otro.
Y mientras observan eso, la Biógrafa oye unos pasos y, de inmediato, las alas vuelven a la fuente donde se han encontrado, la de Forcarà.
Al devolver los ojos de la Biógrafa a su lugar y abrirse con normalidad, el hombre-serafín ya no está.
Decepcionada por esta visita tan fugaz y por no haber podido alargar la conversación, la Biógrafa observa a su alrededor.
Al cabo de unos segundos, aparecen unos buscadores de setas que vienen por el camino que ella ha hecho.
Son dos hombres de unos setenta años. Caminan algo encorvados.
Uno se ayuda de un bastón y el otro lleva la cesta llena de ceps y alguna Amanita muscaria , que destaca claramente por sus tonos rojos y los puntitos blancos.
Visten muy elegantes como para haberse metido en el bosque, y todavía sorprende más que traigan ejemplares de la seta alucinógena.
Pasan por delante de la Biógrafa y ni la ven.
Ella los saluda, pero nada, ni se inmutan.
Siguen por el camino que acaba llevando a Camprodon.
De la cesta cae un polvo que va manchando el suelo.
Son las esporas que se dispersan, y nacen así nuevas setas.
Al tocar las piedras y la arena, ese polvo brilla y llama la atención de la Biógrafa.
Ella interpreta que debe seguirlo y así lo hace, concentrada en observar el suelo que, ahora que los rayos de sol llegan cada vez más sesgados, brilla de una manera nunca vista con todas estas esporas.
Esos misteriosos centelleos son tan fuertes que la deslumbran y forman en su retina extraños patrones de colores que no sabría cómo pintar.
Y es en esas visiones donde la Biógrafa ve cómo unos hombres construyen una esclusa que detiene las aguas de Ter, un poco más abajo de la fuente de antes, y que lo hacen por vías de construcción un poco antiguas.
De esta esclusa sale una acequia que a saber dónde va.
Aprovechando las aguas mansas previas a la pequeña presa, hay un grupo de mujeres y niños que se bañan.
Por su indumentaria, todo indica que son de economía modesta.
Un niño muy pequeño le tiene miedo al agua, una chica lo sostiene en brazos con ternura y se mete con él en el río, diciéndole que le irá bien, que ahora todo el pueblo sabe que estas aguas son curativas.
Le moja los piececitos y la criatura solloza, al cabo de poco ríe y lo hace todo a la vez.
Las chispas del polvo de las setas siguen iluminándola y ahora le muestran unos jardines absolutamente lujosos.
Hay claros de hierba rectangulares limitados por caminos de arena y cipreses recortados de forma piramidal.
Después de unos setenta metros de jardinería geométrica, un discreto puente cruza Ter y conecta con la terraza de un gran edificio.
En la planta baja tiene unas vidrieras reticuladas.
En su interior hay una piscina con algunos hombres y mujeres flotando tranquilamente.
La ropa de baño que llevan es por lo menos de hace cien años.
Pasan tres hombres jóvenes muy elegantes y uno le dice al de en medio: «Como puede ver, doctor Robert, la pasada primavera modernizamos nuestro edificio, que antiguamente había sido solo una modesta fonda regentada con esfuerzo y sacrificio por mis queridos padres.
Ahora la hemos adaptado a sus investigaciones médicas más recientes sobre salud e higiene.
Nos complace ver que durante los últimos meses, los veraneantes de siempre y también curiosos esporádicos llegados de las grandes ciudades han venido a comprobar cómo el agua que tenemos en nuestras instalaciones y el aire puro que nos rodea en este valle no solo benefician al cuerpo, sino también al espíritu, limpiándolos por dentro y por fuera de los humos grises de las fábricas que pueblan las urbes».
Y entran por una puertecita al interior del edificio.
Desde fuera se ve cómo sobre ese ventanal se suman tres pisos de balcones todos ellos muy iguales.
Las esporas de las setas se introducen por ahí y, mágicamente, la Biógrafa se encuentra en una habitación.
Tiene dos camas individuales, con un palmo de separación entre ambas.
Hay dos mesitas de noche de madera oscura.
La luz que entra por el balcón es absolutamente fuerte y brillante y ciega a la Biógrafa que, tapándose el rostro, desea que esta visión se acabe porque empieza a ser algo incómoda.
Se acerca al balcón y corre las cortinas.
Se echa en la cama más próxima. Está mareada.
Se queda unos instantes así, quieta, mirando al techo, asumiendo que acaba de tener otro de esos viajes en el tiempo que la hacen ir adelante y atrás.
«¡Qué tarde más fuerte!», se dice. Y la verdad es que sí, entre el fugaz reencuentro con el hombre-serafín y ahora esta iluminación, llega a la conclusión de que el hechizo no acaba de dejarla tranquila.
Saca de la mochila la bolsa de fruta que le han dado en Setcases.
Come un poco y cae en un sueño profundo mientras la noche lo cubre todo, como hace siempre, como una manta.