El Ter: una biografía 3. Una energía o una concesión #3
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3. Una energía o una concesión #3

Lo que sigue es un rato de improperios y deseos de que su difunto marido se encuentre en las profundidades del infierno, hasta que la nieta la medio interrumpe para despistarla —le sabe mal haberle hecho pensar en el abuelo— y le comenta que el rebaño está lleno de terneros que ya están creciendo, y que ha tenido mucha suerte al conocer a los del hostal de Setcases, que la han acogido e incluso le han dado comida para el viaje.

Y así la conversación vira hasta concluir en que el mundo está lleno de personas con buenas intenciones y que las cosas buenas no se ven, pero están.

«Ay, sí, abuela. Estoy aprendiendo que hay tantas cosas que no vemos pero que están…

¡Cosas y seres fantásticos!», añade la Biógrafa.

Le cuenta que pronto llegarán a Vilallonga de Ter y que este rebaño parece no tener dueño ni quien lo pare.

La abuela añade que, si es así, el rebaño es más bien como el río.

Y mientras se despiden, la Biógrafa lo anota en el cuaderno emocionada porque le parece que su abuela ha hecho una comparación brillante.

El río como un rebaño. O el rebaño como un río.

Una familia de seres que se trasladan de un lugar a otro, que trazan caminos, que buscan comida y buen clima.

De las cimas pirenaicas a las costas mediterráneas.

En Vilallonga de Ter el rebaño pasa por la calle del Ter, que está junto al río.

Allí se oyen unos silbidos y las vacas se detienen.

Causan bastante sensación porque son un buen grupo.

Hay un trocito de prado cerca de la depuradora, al final del pueblo ya.

Algunas vacas se echan, otras comen un poco.

Han bajado unos cuantos kilómetros Ter abajo.

La Biógrafa se acerca al río por una palanca pequeña que hay.

En ese punto Ter mide unos dos metros de ancho y unos cincuenta centímetros de profundidad.

Se muestra transparente. Se pueden ver todos los cantos rodados de su fondo.

Todavía hay muchos puntiagudos, a los que la erosión ha redondeado poco.

Algunos avellanos crecen cerca. También hay una pasadera de hormigón, rota y abandonada, a unos ocho metros.

Quizá fue algún temporal tan fuerte como el Gloria, de 2020, el que se la llevó y la dejó del todo dañada.

Es imposible volver a la orilla izquierda del río por este paso, lleno de barro, estiércol y huellas de vaca.

Hay también una estructura metálica llena de paja.

Se pregunta si eso no altera también el estado natural de Ter, pero los cencerros de las vacas y los silbidos de algunos hombres le recuerdan que ella estaba siguiendo al grupo trashumante, así que retrocede y se dirige al lugar donde pastan los bovinos.

Sentados sobre el muro de cantos rodados y cemento del jardín de la última casa de la calle del Ter, hay dos hombres que parecen ser los pastores que guían el rebaño de vacas.

La Biógrafa se acerca poco a poco mientras, primero, disfruta de todo el repertorio de colores que tienen detrás.

El jardín de esta casa es esplendoroso. Hay flores que no había visto nunca.

De tonos granates, rosas, naranjas y amarillos; grandes y brillantes.

La mayoría de ellas son dalias de distintos tipos.

Están las que tienen el centro amarillo y van tiñendo de un rosa chillón sus pétalos más externos.

Las que son como puntos de fuego, con la parte central de un naranja vivo y el exterior de un amarillo más suave.

En esas dos, los pétalos se enroscan un poco, como si fuesen lenguas que forman una U.

También se ve otra distinta, que es totalmente granate y cuenta con un botón central de un llamativo color amarillo.

En la de ese tipo, los pétalos son más bien como unas lenguazas abiertas y planas.

Tanto unas como otras crecen en gran número en lo alto de tallos largos, de los que salen hojas en dos o tres direcciones.

De tanto observarlas, sus colores y sus formas se entremezclan en un caleidoscopio que, bajo la luz tan clara y vertical del mediodía, empiezan a girar muy lentamente ante los ojos de la Biógrafa.

En esta visión creada por las ondas de luz de distintas frecuencias que emite cada colorida flor, divisa extensos ramilletes de dalias que crecen desordenadamente.

Parece que allí, en medio de un bosque de secuoyas, cedros y tejos enormes un poco distintos a los que ella ha visto a lo largo de su vida, estas plantas crecen de manera silvestre.

Aunque solo lo parece. La realidad es que se han plantado allí a conciencia, de manera ornamental, cerca de un manantial de agua que parece buena.

En la visión, la Biógrafa distingue el inicio de lo que aparenta ser un acueducto muy rústico, hecho de piedra, barro y cañas que se lleva el agua.

La escena se sitúa en lo alto de una colina y el acueducto baja hasta lo que se percibe de lejos como una enorme ciudad construida sobre un lago inmenso.

Una especie de Venecia, pero mucho más grande, con un gran paseo central que conduce hacia un tipo de templo triangular.

A la Biógrafa no le queda duda de que se trata de Tenochtitlán, la que fue capital del Imperio azteca hasta la llegada de los colonizadores españoles, a mediados del siglo XVI , que la convirtieron en Ciudad de México.

Alcanza a oír unas delicadas voces que cuchichean «xicaxochitl, xicaxochitl», como si intentasen despertar a alguien muy dormido, y ahora los colores le muestran los rostros de unas mujeres jóvenes y morenas, de cabello largo y castaño oscuro.

Visten blusas largas y faldas hasta casi los tobillos.

Se acercan a las flores que están más secas y, con una delicadeza muy entrenada, extraen de los pétalos las pequeñas semillas que hay incrustadas.

Las guardan en unas bolsitas de tela. Mientras llevan a cabo esta tarea, pacientemente y con gran habilidad, no dejan de cuchichear «xicaxochitl, xicaxochitl… ».

Aparece un señor de piel blanca y rostro sudado, con bigote fino y barba recortada.

Luce un sombrero plano con una pluma y viste una especie de chaqueta roja de la que sale un cuello blanco de camisa.

Va con pantalones cortos y abombachados y con unas mallas finas puestas por debajo.

Se acerca a una de las dalias, la observa y dice «qué bonita…

», y después habla con las chicas en una lengua que la Biógrafa no ha oído nunca.

Una de ellas le ofrece el saquito de semillas mientras le responde poco a poco, en una lengua que domina y que debe de ser el náhuatl.

Ahora la visión de las dalias entra en el saquito y todo va oscureciéndose hasta que la Biógrafa vuelve a ver el jardín de Vilallonga de Ter, lleno de estas flores que quizá acaben contándole que su primer nombre fue «xicaxochitl» y que vienen de México.

Entre todas ellas también hay especies más discretas y más comunes aquí, como los claveles y la caléndula.

En el muro que las protege del mundo externo y también les impide que se esparzan, están sentados los dos pastores que dirigían el rebaño de vacas.

La Biógrafa los observa. Uno de ellos es un hombre mayor, que esconde los ojos bajo la visera de una gorra verde, y lleva un bastón de madera.

A sus pies, hay un perro echado. El otro hombre es más joven.

Guarda parecido con el mayor; sus abiertos y oscurísimos ojos parecen dos agujeros que chupan toda la luz.

«¿Eres tú la que nos sigue desde Setcases y que se ha infiltrado entre el rebaño?

», salta el joven, dirigiéndose, sin duda, a la Biógrafa.

«¿Quieres comer algo?», pregunta ahora, más amable, alargándole el zurrón.

Y sin esperar a que ella le responda, el señor más viejo añade: «Cuando yo era joven no comíamos así si nos convenía pasar por el medio de un pueblo a mediodía.

Cualquier masía nos habría abierto las puertas y nos habría ofrecido un buen trozo de butifarra.

Pero, en cambio, ahora, en este pueblo donde la gente viene solo a pasar las vacaciones, todo el mundo les hace fotos a las vacas y nadie nos ofrece nada de comer».

Y el joven le pide que no proteste, que el día anterior, en Setcases, los trataron muy bien y, mirando a la Biógrafa, le dice: «Tú ayer no estabas en el baile Cerdà, en la plaza del ayuntamiento de Setcases, ¿no?

». Al final, ella, que ya los tiene cara a cara, les cuenta que no, que llegó por la tarde, cuando parecía que casi todo el mundo ya terminaba el día, y que no sabía nada de que se hubiese hecho ningún baile.

Patllari, el mayor, y Jep, el joven, empiezan a contarle que ayer era un buen día para parar en Setcases porque se celebraba la fiesta de Sant Miquel, en que siete parejas bailan una versión del Ball Cerdà, un baile tradicional de la Cerdanya, adornados con flores y follaje.

Se conmemora la fundación del pueblo de Setcases a manos de un padre ciego y sus siete hijos, ganaderos, que escaparon de las nieves de las cotas más altas y construyeron una barraca para cada uno de los hermanos en un terreno llano, cerca de Ter, donde crecía saúco.

«Hacían también la trashumancia, pero el rebaño era de ovejas.

Con el tiempo, los trashumantes hemos tenido que irnos pasando a la ganadería de vacas porque las ovejas no dan suficiente.

Es así», añade Patllari, con su voz antigua y los ojos todavía escondidos.

Van bebiendo vino y comiendo pan y longaniza.

La Biógrafa les ofrece las rebanadas de pan con tortilla, las manzanas y las avellanas que le ha dado el señor del hostal.

Y mientras comen, van charlando del delicioso manjar de cabeza de cordero que se sirvió ayer a mediodía en la comida popular de la fiesta.