El Ter: una biografía 3. Una energía o una concesión #2
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3. Una energía o una concesión #2

Viendo que no se pondrán de acuerdo, y para no tirar más de la cuerda, la señora le dice que, en cualquier caso, si le interesa saber cosas que le hayan sucedido a Ter, ha ido a parar a un buen lugar.

Porque este hostal, antes de ser lo que es ahora, había sido uno de los tres molinos del pueblo de Setcases, el de la Tiranda.

Este fue quizá el molino más antiguo y el que más duró.

Hay documentos del siglo XIX que hablan de él, y funcionó hasta 1971.

«Durante años, en el molino de la Tiranda, entraba agua por el canal que seguro que habrás visto al llegar al pueblo, y de él salía luz y electricidad para todas las casas», comenta el hombre.

Este fue, en efecto, el primer canal y el primer molino del curso de Ter.

No hay ninguno más arriba. Allí donde empieza el primer pueblo empieza la que quizá sea la primera experiencia laboral de Ter: ceder su fuerza a los humanos para hacer corriente eléctrica.

Y el proceso es el siguiente: el río llega al pueblo con la energía que ha ido cargando a lo largo de su descenso.

En un momento dado, se encuentra con que el camino se bifurca, alguien le ha añadido a su lecho un brazo nuevo, construido a la manera en que los humanos construyen sus pueblos.

Sin que Ter pueda controlarlo, su cuerpo se reparte entre uno y otro.

Este brazo es un canal, y se encontrará muchos más a lo largo de su recorrido.

Sin quitarle la potencia acumulada hasta ahora, el canal lo lleva hacia debajo de un edificio de piedra y, allí dentro, sin poder evitarlo, mueve una rueda de madera que hay instalada.

Esta ha sido colocada estratégicamente como un obstáculo en medio del curso de agua, de tal manera que Ter no pueda obviarla.

Con toda la energía concentrada que lleva, la hace girar para poder pasar y sigue en su recorrido por ese canal estrecho que, más adelante, devuelve ese brazo de agua al lecho del río.

Entonces se reencuentra, un poco más cansado, porque la rueda lo ha frenado, con las otras aguas de las que ya formaba parte.

Cuando acaban de cenar, recogen la mesa y cada uno se retira a su estancia.

La Biógrafa anota lo que le han contado en el cuaderno.

Saca el móvil y le escribe a su abuela: «¡Yaya, estoy en Setcases!

¿Cómo estás? Mañana te llamo y hablamos.

Que pases buena noche». Y al poco se queda dormida y sueña que es una minera que extrae minerales brillantes de una cueva que queda cerca del río.

Va apilándolos junto a ella, limpiándoles la arena de vez en cuando y admirando el tesoro que acumula.

De pronto la pila de relucientes piedrecitas tiembla, generando un sonido como el que seguro producirían cien campanas pequeñas.

Tiembla también el suelo y la Biógrafa se despierta.

El sonido de un centenar de cencerros y los mugidos esporádicos de un rebaño de vacas acaban de entrar en el pueblo y recorren la calle del hostal.

Los ve por la ventana y un ternero que la mira le pide con los ojos que los siga.

Ella baja las escaleras y entra en la cocina disparada, donde ya está el cocinero.

Le dice que se quiere ir, que quiere seguir al rebaño, que ya volverá otro día a ver el molino y que cuánto le debe.

Él se sorprende y envuelve con un paño la rebanada de pan con tortilla que se estaba preparando para desayunar y se la ofrece, junto con una bolsa llena de manzanas y avellanas, mientras le responde que «con el pedazo de cep que nos diste, del que aún me queda una mitad para preparar hoy un arroz, y la buena compañía que nos ofreciste, no hace falta que nos pagues nada.

Pero llénate la botella, que si quieres seguir a esos, necesitarás agua.

Se encaminan hacia Torroella de Montgrí.

Hacen la trashumancia siguiendo a este Ter que tanto quieres conocer.

Haces bien en querer acompañarlos». Agradecida y cargada, sale corriendo a encontrarse con las vacas.

El rebaño parece infinito. La Biógrafa busca a algún humano de referencia entre el ganado, pero no lo encuentra, así que empieza a caminar a su lado y va siguiendo su camino.

Enseguida salen del pueblo, por la orilla de Ter, donde las vacas parecen más felices, dando algunas lamidas al agua, remojándose un poco las patas y rezongando de vez en cuando.

La Biógrafa se ha integrado del todo en el interior del grupo de bovinos; parecen ser todas hembras, acompañadas de algún ternero ya algo crecidito.

Todo alrededor se muestra silencioso, salvo los cencerros y los berridos que puede pegar esta cuadrilla. Parece que ya se saben el camino.

El sol todavía está muy bajo y, en este caminar lento pero sin pausa, en medio de un entorno todavía ennegrecido por la nocturnidad, ella va notando los cambios en la temperatura del aire.

Si camina en medio del rebaño, nota el calorcito de estos animales.

Si se va más hacia un lado, siente la humedad de los árboles y las plantas que los rodean.

Cuando se acerca a la orilla de Ter, nota una humedad fresquita y una brisa suave.

A medida que llegan más rayos de sol, cada vez todo va cogiendo, muy poco a poco, más colores, tonalidades más vivas y calidez.

A la Biógrafa le llega el sueño que no ha tenido de madrugada y decide desabrigarse y ponerse en medio del rebaño.

Las vacas la llevarán mientras da una cabezadita, está convencida de ello.

Y sin saber si está en el sueño de esta siestecita, o si el paso firme y el sonido constante de los cencerros la han hipnotizado, o sí quizá simplemente lo que le pasa es que está muy despierta, un ternerito que se pone a su lado empieza a contarle que es la primera vez que recorre este camino, que su madre y sus tías le han hablado mucho de él, y que está emocionado.

Nació en un prado de hierba fresca y noches frías la pasada primavera, la misma época en que muchas plantas florecen, y no ha visto nunca más mundo que las montañas que lo rodeaban cuando salió del vientre de su madre.

Y le encanta ese lugar, y no tenía ningunas ganas de andar tanto, que él también se cansa pues tiene las patas más cortas, pero lo han avisado de que, si se quedaban allí, corrían el riesgo de morir porque no tendrían comida.

Las nieves y las temperaturas bajas dejan la hierba seca, como de un color amarillento, y no es ni la mitad de buena que la que él ha podido probar.

«La verdad es que a mí, mientras esté mi madre cerca y pueda seguir mamando de vez en cuando, ¡me da igual el lugar donde estemos, o si hay o no hierba!

Pero mi madre ya me ha advertido de que dentro de unas semanas se acabará esto de mamar, porque me hago mayor y tengo que acostumbrarme a comer las deliciosas hierbas que crecen a nuestros pies.

También me han avisado de que tendré que aprender a diferenciarlas, porque las hay tóxicas para nosotros y nos sientan mal.

Por eso, voy mirando qué come mi madre, aprendo los olores de la comida que nos gusta y nos va bien», explica el ternero.

Dicho todo esto, se detiene —buscando a la madre—, mientras las otras lo adelantan por el costado y, cuando la huele unos metros más atrás, mueve la cola y da un saltito.

La Biógrafa sigue con todo el grupo mientras el ternero intenta beber un poco de leche de su madre caminando torpemente.

Cada vez el sol los observa desde más arriba.

La Biógrafa para un momento, ha recibido una llamada de la abuela.

Se aparta a un lado del grupo y responde al teléfono.

Le cuenta que está siguiendo a unas vacas que dicen que van hacia Torroella de Montgrí y que ha hecho noche en Setcases.

La abuela le dice que ella tenía una amiga de allí y que, de jóvenes, ella y las otras mujeres del pueblo lavaban los platos en un sitio que ahora llaman «la playita», que está en el río Ter, claro, y que es donde todo el mundo se baña.

«¡Pues sí, sí! Allí lavaban los platos Antonia, sus hermanas, su madre y medio pueblo.

Y ojo que no lavaran la ropa también. El río era lavavajillas, lavadora, ¡lo era todo!

Aunque también debían de bañarse cuando tenían tiempo…

», comenta desde el otro extremo del teléfono.

La Biógrafa sigue caminando y le describe lo que ve: muchas vacas.

«Abuela, ahora me parece que estamos cerca de Tregurà.

Me suena haber estado cuando el abuelo nos obligaba a venir para ver justamente a las vacas».

Y la mujer le responde que ya puede ser, ¡pero que ni a las vacas, que según él tanto le gustaban, las trataba bien ese hombre!

Y que eso es algo que no ha visto hasta que se ha hecho mayor, que no se puede fiar de nadie que no trate bien a los animales, porque esa es una señal de que se es un desalmado.