3. Una energía o una concesión
Si el canto rodado de XPS era algo, claramente era la señal de la construcción de otro refugio.
Esta es la conclusión (o una de ellas) a las que llega la Biógrafa en este punto, cerca de Setcases, tras haber visto las cabañas de piedra seca antiguas de las Cabeceras del Ter y del Freser, tras haber dormido en el refugio antiguo de Ulldeter, haber desayunado en el nuevo y, después, al final, haber encontrado los restos de ese material aislante.
Un material que la deja con la duda de si es vegetal, mineral o animal.
O quizá no sea nada de eso. Y aquí la Biógrafa recuerda a su amiga Blanca, que un día escribió:
Quizás es que vivimos en continuidades materiales que ignoramos. O que no nos interesa reconocer. Vivimos en interdependencias y tránsitos que van de lo vegetal a lo mineral y lo animal…
vegetal-mineral-animal…
mineral-animal-vegetal…
animal-vegetal-mineral… [25]
El petróleo es un claro ejemplo de estas continuidades en que un tipo de materia se transforma en otra.
Y en todas esas transformaciones, ¿qué está vivo y qué no?
El canto rodado que ha recogido se muestra claramente inerte.
Se movía porque el agua lo arrastraba y lo hacía girar.
Él solo era incapaz de saltar los cantos rodados de piedra más grandes que le obstaculizaban el paso y se fue erosionando hasta que la Biógrafa lo ha recogido.
Las partículas de XPS que ha ido perdiendo a lo largo de estas semanas quizá serán engullidas por algún pez río abajo, pasarán a ser parte de un cuerpo animal que, al morir, se descompondrá y cuya espina se convertirá, al cabo de muchos y muchos años, en calcio que conformará nuevas capas minerales de la litosfera.
Y así sucesivamente. Viéndolo desde este punto de vista, se hace difícil no entender incluso las piedras como «animales», esta palabra que utilizamos para nombrar a los seres que se muestran animados por sí mismos y que, por otro lado, nos extraña aplicarla a las existencias que se muestran inertes.
Un animal muerto pasa a ser inerte para transformarse en materia vegetal y mineral a lo largo del tiempo.
Y con todos estos quebraderos de cabeza ocupándole la mente, la Biógrafa ha ido caminando sin haber prestado la más mínima atención al entorno que la ha rodeado en los últimos tres kilómetros.
No se ha dado cuenta de que, de pronto, ha dejado de ir por la orilla de Ter y el único curso de agua que ahora se muestra a su lado es un canalito, ay, madre, pequeño pequeño, con el que entra hacia el interior del pueblo de Setcases.
Está oscureciendo y se acuerda de Verònica, la mujer que le ha ofrecido un techo cuando llegara a este lugar.
¿Dónde podría encontrarla? Y ¿por dónde correrá Ter?
Dobla por la primera calle a mano izquierda buscando a Ter y a Verònica indistintamente.
Y, al cabo de pocos pasos, unas letras blancas de hierro clavadas en la fachada de una casa igual que todas las demás le indican que ha llegado al Hostal El Molí.
La Biógrafa entra y le pregunta por la tal Verònica a la mujer de la barra.
La señora está poniendo anchoas sobre unas rebanadas de pan con tomate y, muy simpática, le dice que «yo no conozco a ninguna Verònica aquí, en el pueblo».
La Biógrafa le cuenta que se la ha encontrado bajando de Ulldeter, que parecía una pastora, que vestía con falda larga y llevaba un pañuelo en la cabeza que le cubría el pelo, que rondaría los cuarenta y cinco años y que tenía buen conocimiento de la flora y la fauna de la zona.
«Y me ha dicho que, cuando llegara a Setcases, preguntara por ella, que en su casa me podrían acoger, darme una cama y cena», añade.
La señora la escucha con atención, interesada, y mirándola con ternura le dice que descuide, que si necesita un techo, en el hostal tienen todas las habitaciones libres, que hay lugar de sobra para pasar esta noche.
Que no le saldrá gratis, pero que «ahora todavía estamos en temporada baja».
Por unos momentos la Biógrafa duda y piensa que quizá la mujer solo quiera conseguir una nueva clienta, pero no tiene ganas de seguir dando vueltas.
Su espalda le reclama una cama decente y su estómago, ahora que se ha activado por los olores que salen de la cocina, un plato caliente.
Así que hoy dormirá aquí, en el primer hostal que ha encontrado en el pueblo, y mañana será otro día.
La mujer acaba de emplatar las tostadas con anchoas y las coloca en la vitrina de la barra.
«Sígueme, que te llevo a la habitación», le dice.
Y mientras la conduce por unas escaleras que suben al piso de arriba y cruzan un largo pasillo lleno de puertas, la hostelera le informa de que la cena será a las ocho de la tarde.
La Biógrafa se acuerda del cep que se ha encontrado más arriba, lo saca de la mochila y se lo muestra.
«Mira, ahora que mencionas la cena, hace unas horas me he encontrado este cep tan grande en el camino que viene de Ulldeter.
¡Toma, para vosotros!». Y la mujer lo coge, lo admira y lo lleva muy agradecida hacia la cocina, donde se lo ofrece al cocinero.
Él, que a estas horas ya no quiere cocinar un arroz con ceps, lo lamina y lo pasa por la plancha.
Toda el agua que contenía el cuerpo de la seta, crecida a la orilla de Ter, se evapora con el calor del hierro ardiendo y la chupa la campana extractora sobre los fogones.
Al cabo de unos instantes, sale en forma de vapor por la chimenea de la casa y el olor sutilísimo a cep se dispersa entre otros muchos que habitan los aires de Setcases en las noches de septiembre.
Mientras sucede eso, la Biógrafa se ducha.
Tiene la sensación de que han pasado años desde la última vez que lo hizo.
Le van cayendo gotas cuerpo abajo y se pregunta si esta agua también es Ter.
Se imagina los tubos y las oscuras y estrechas cañerías por donde debe circular.
Aunque se encuentra en el primer pueblo de Ter, el río ha conocido ya este tipo de canales y pasos fabricados por los humanos gracias a toda la infraestructura de la estación de esquí que hay instalada en su cabecera.
La Biógrafa mira sus pies y los agujeros por donde el agua, después de rodarle por las rodillas y las piernas, entra y desaparece llevándose algunos pelos, restos de jabón y seguro que algo de piel.
¿Hacia dónde irá? ¿Por qué son tan invisibles estos caminos tan cotidianos que las personas hemos montado para el agua?
¿Le gustará pasar por ahí a Ter? ¿Puede gustarle algo?
¿Puede ser que sea un ser para quien nada es agradable o desagradable, simplemente es?
No lo sabemos y las gotitas de agua no muestran ningún interés en responder a estos interrogantes.
Ellas solo siguen el camino que les muestra la fuerza de la gravedad.
A las ocho en punto está en el comedor. La mujer que la ha recibido lleva a la mesa el plato de antes con las rebanadas de pan con tomate y anchoas, una fuente con el cep laminado con parmesano y un chorrito de aceite, una bandeja de embutidos y tres platos calientes, de barro, llenos hasta arriba de trinxat , elaborado con patata y col trituradas, y coronados por dos trozos de tocino y uno de butifarra negra cada uno de ellos.
La señora y el cocinero se sientan frente a la Biógrafa.
Ambos son mayores y parecen cansados, pero alegres al mismo tiempo.
Tienen las manos robustas de haber trabajado toda la vida cocinando, limpiando y manteniendo el hostal con buen aspecto.
Ella lleva un moño que recoge todos sus cabellos blancos.
Él es completamente calvo y le salen unos pelos grises de las orejas.
Hace tiempo que trabajan en este oficio y están acostumbrados a tratar con gente de todo tipo.
Le cuentan que hoy esto es como una cena privada, que los martes son los días de la semana más flojos, que en Barcelona son las fiestas de la Mercè y, encima, «ya sabemos qué pasa en septiembre, que todo el mundo vuelve al trabajo, todos están estresados…
Por eso, entre semana no hay ni un alma en este pueblo por estas fechas, ¡con la de gente que había venido hace unos años!
Has tenido suerte de encontrarnos abiertos —dice el hombre—.
Nosotros dependemos completamente de la temporada turística: o pleno verano o pleno invierno.
El resto del año podemos descansar, aunque hay cada vez más demanda en otoño, con el afán que tienen algunos urbanitas de venir a buscar setas».
Le preguntan por la excursión que está haciendo y si no trabaja.
La Biógrafa les cuenta que se ha propuesto escribir la biografía de Ter.
Obvia la parte del hechizo, no vaya a ser que sean supersticiosos y quieran echarla.
Pero el hombre la corrige y le dice que quizá quiera decir «la historia del Ter» y no «la biografía de Ter».
La Biógrafa, muy paciente, aprovecha la pregunta, un poco condescendiente, para preguntarle cuál sería la diferencia entre una y otra cosa.
Tanto el señor como la señora están de acuerdo en que se puede escribir la historia de un río, pero no la biografía.
Básicamente porque las biografías hablan de una vida, de las experiencias personales de alguien que es o ha estado vivo.
Normalmente personas famosas. «Y la verdad, ¡el Ter no es ni persona ni famosa! », exclama la señora.
La Biógrafa les cuenta más o menos que, para algunos habitantes de otros países, los ríos sí que pueden ser como personas.
«Pensad en el Ganges, por ejemplo —se le ocurre decir, por mencionar un caso fácil y muy conocido por todos—, que bien que es un río famoso y que para mucha gente de la India es como un dios de quien seguro podría escribirse la vida, si es que no está ya escrita… ».