El Ter: una biografía 2. Unas palabras #3
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2. Unas palabras #3

Admirada por esta reflexión y todavía procesándola, la Biógrafa es sorprendida por una excursionista que pasa y se detiene a su lado para advertirle: «No te dejes engañar, ¡que esto es el falso azafrán!

Si usaras estas flores para preparar alguna receta culinaria, ¡te intoxicarías de mala manera!

Ya ves que ni siquiera las vacas se las comen.

Cuanto mayor me hago, más me emociona la inteligencia de los animales.

¡Podemos aprender tanto de ellos!». La Biógrafa le pregunta si es así, «falso azafrán», como se llama este tipo de flor.

Y la mujer venga a decir que sí, que sí, que ella siempre la ha conocido por este nombre que ya avisa de que no debemos fiarnos de ellas.

«Vaya, gracias, no tenía ni idea», añade con tono final la Biógrafa, a la que ahora no le apetece entrar en conversación con esta caminante.

Quiere seguir charlando con este falso azafrán que tan real sonaba hace unos instantes.

La mujer sigue su camino y se despide: «De nada, de nada…

Hala, que tengas buen día. Y cuidado, que quizá llueva hacia el atardecer.

Si necesitas algo, yo estoy en Setcases.

Pregunta por Verònica, del hostal. Te podremos ofrecer cena y cama».

La Biógrafa responde con agradecimiento, anota «Verònica» en la misma página donde había dibujado el ejemplar de falso azafrán y ahora parece que haya bautizado esa flor.

Qué fácil es poner nombres. «Y ¿a vosotras ya os gusta que os llamen “falso azafrán”?

», les pregunta, y se vuelve a concentrar en escuchar esa voz.

Ha parado un poco la brisa y parece que ya no se mueven tanto.

Espera pacientemente hasta que vuelve otro golpe de aire y ellas responden: «A nosotras nos da igual cómo nos llaméis los humanos.

Hay seres que nos han dado nombres diferentes y hay muchos que no necesitan llamarnos de ninguna manera.

Nos saben, nos reconocen y, aunque no nos han dado ningún nombre, conviven con nosotras».

La Biógrafa se pregunta si los humanos también seríamos capaces de hacer eso.

Si podríamos convivir con alguna existencia a la que no llamásemos de ningún modo. Si ya tenemos alguna.

Recuerda que hay culturas, como la griega, en que las familias pueden llegar a tardar un año en ponerle nombre a su recién nacido.

También hay pueblos, como el yanomami, de las regiones amazónicas de Brasil, para los que el nombre propio es un apodo que te ponen los demás para hablar de ti pero por el que nunca te llaman, o solo cuando quieren hacerte enfadar.

Así que la gente vive sin saber —o intentando no descubrir— qué nombre les han puesto los demás y dirigiéndose a ellos sin llamarlos nunca por el apodo que les han puesto colectivamente. [23]

La Biógrafa vuelve a mirar el dibujo de la flor que ha hecho antes, con las letras «Verònica» escritas al lado.

Piensa que quizá, dentro de muchos y muchos años, alguien encontrará su cuaderno y pensará que aquella flor se llama así, Verònica.

Y que a las flores, como ellas mismas han dicho, les dará igual.

Tal vez la cultura de los nombres de los yanomamis se parezca un poco a nuestra forma de nombrar lo no humano.

Al falso azafrán lo hemos bautizado así para recordar que nos resulta tóxico.

Es como un alias que le hemos puesto, que nos sirve más a nosotros que a ese tipo de individuos.

A lo largo del siglo XX , ha habido pensadores tan importantes como Ludwig Wittgenstein que han afirmado que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro pensamiento.

[24] Por tanto, bajo esta lógica, parecería que no podemos pensar ninguna cosa para la que no tengamos una palabra.

Sin embargo, las vivencias que la Biógrafa está experimentando le demuestran que el lenguaje de las letras y las palabras no es lo único que tenemos, sino que hay otros.

A primera hora de la mañana, ha podido percibir claramente la historia del refugio antiguo de Ulldeter gracias a las vibraciones de una piedra que no ha pronunciado ni media palabra.

Ahora el ramillete de falso azafrán le ha hablado a través de sus movimientos. ¿No son eso lenguajes también?

Piensa en su día a día de antes, previo al hechizo.

Le parecía que el único lenguaje que sabía leer y en el que sabía expresarse era el de la palabra.

Bueno, pensándolo bien, quizá también tenía algunos conocimientos sobre lenguaje corporal, pero no demasiados.

Y está convencida de que la gente con la que convivía, sus vecinos y vecinas, tampoco sabían muchos más.

¿Podría haber alguien cuyo nombre no fuesen unas letras que pronunciamos sino un gesto?

Qué pregunta, ¡en el lenguaje de signos ya es así!

Y también está el lenguaje en braille, especialmente para la gente que no ve, que son unos puntos en relieve y que se lee a través del tacto.

Pese a eso, seguramente porque la mayoría de los humanos vemos y oímos, nos hemos concentrado en los lenguajes orales que hemos trasladado a escrituras visibles.

Aun así, hay lenguajes que funcionan de otras maneras, que interpelan a otros sentidos y que se estructuran bajo lógicas no necesariamente humanas.

La Biógrafa empezó a sentirlo así aquel primer día, cerca del Ges, cuando fue consciente de la asemia que sufrimos los humanos, incapaces de entender el lenguaje de las hojas cuando caen, el de las distintas direcciones de los troncos de algunos árboles y ramas, el del olor de las plantas…

Quizá, pues, los límites de nuestro pensamiento sean los límites de nuestros lenguajes, así, en plural, y no en singular.

Si tenemos la posibilidad de ir ampliando los conocimientos y las experiencias que tenemos, quizá podremos pensar cosas que ensancharán nuestros lenguajes.

O, del mismo modo, quizá podremos decir (en el lenguaje que sea) cosas que ensanchen nuestro pensamiento.

Con estas ideas en la cabeza, de pronto la Biógrafa vuelve a escuchar el rumor de Ter y se acuerda de él.

Se despide del ramillete de falso azafrán y se pone de pie para seguir caminando río abajo, dispuesta a intentar mantener con él una conversación que empieza así: «Oye, Ter, ya hace un buen rato que camino a tu lado.

Te he visto nacer o, como mínimo, digamos que te he visto salir a la superficie que yo habito.

Te he visto recién nacido, he presenciado tus primeros rápidos y cojinetes, he conocido algunas de las primeras plantas y flores que crecen a tu vera, he dormido cerca de tu primer terreno llano y he ido contemplando cómo te ensanchabas.

También me han hechizado tus primeros meandros.

Y mientras ocurría todo eso, ha habido un montón de seres que me han hablado en lenguajes que ahora puedo entender.

Unas olas, los chirridos del telesilla, los glaciares, el pic de la Dona, una cabra, una flor de silene, las ruinas de piedra del refugio de Ulldeter, el falso azafrán…

Y tú, Ter, ¿cuándo me hablarás? ¿Cuál es tu lenguaje?

¿Es que quizá no te gusta que te llame por este nombre y por eso no me dices nada?

¿O es que has intentado dirigirte a mí de alguna manera que yo todavía no he sabido entender?

¿Puede que el hechizo no estuviese del todo bien hecho y no tenga esa habilidad?

¿O es que todavía eres demasiado joven y te vence la timidez?

¿O quizá todavía no sabes cuál es tu lenguaje porque eres como un recién nacido de año y medio? ».

Y mientras ella se refiere a él con todas estas palabras, nada varía en el comportamiento de Ter.

Salta piedras, se ensancha poco a poco, amplía sus meandros en algunas partes, se mueve más suavemente en otras, transporta algunas hojas y troncos por su superficie y algunas arenas por su fondo.

No parece que se haya inmutado ante la interpelación de ella.

Un poco frustrada, se acerca, se agacha y toca su superficie.

Está muy fresca. El sol todavía se filtra por las ramas de algunos árboles e ilumina la piel de agua, tan frágil, tan fácil de cruzar por las manos y los cuerpos humanos.

La Biógrafa lo acaricia, como si intentase hacer un contacto de piel con piel, sin hundirse en él.

Todavía no ha visto ningún pez. ¿Cuándo se supone que empieza a haber?

¿A qué altura de Ter encontrará los primeros peces?

Mira hacia abajo, todavía agachada. Hay unas cuantas piedras que componen una pequeña esclusa natural que envasa por unos instantes el agua de Ter.

Entonces ve, entre dos de esas piedras que hacen de presa, atrapada y dando vueltas y vueltas sobre ella misma, lo que parecería una pastilla de jabón.

Es un canto rodado de color azul pastel que flota.

«Perdona, los cantos rodados no flotan, ¡es imposible! », exclama la Biógrafa.

Se acerca y lo coge. Saca del agua al pobre guijarro mareado.

No pesa nada. No es de ningún mineral precioso.

Más bien parece un tipo de espuma industrial.

Pero una modelada en forma de canto rodado.

No había visto nunca un objeto así. La Biógrafa se preguntaba por los peces, pero Ter, en lugar de eso, le ha dado una extraña piedra que le cabe en la palma de la mano.

La observa por todos lados, dándole la vuelta.

En las líneas horizontales que la rodean se adivinan las marcas de la erosión que la ha ido modelando.