El Ter: una biografía 2. Unas palabras #2
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2. Unas palabras #2

Willy deja de hablar y la Biógrafa ve cómo va apareciendo la «J» que faltaba en la inscripción.

Las otras letras van definiéndose más y encima de la roca ya no está Willy, sino tres niños excursionistas que la observan quietos, como si esperasen que les hiciese una foto.

En su lugar, la Biógrafa, que tiene el móvil y la mochila dentro del refugio, se acerca a la piedra y toca la pintura.

Es industrial, resistente, brilla con la luz del sol y huele, todavía, a las resinas o el disolvente que debe de llevar.

El agua resbalará por encima cuando llueva, pero es un misterio cuánto tardarán la radiación solar y las inclemencias del tiempo invernal de este lugar en llevarse, poco a poco, pequeños trocitos de este material ya solidificado que en algunas partes irá quedando mezclado con la tierra y, en otras, bajará empujado por algún torrente de escorrentía hasta Ter y llegará a Ripoll, a l’Estartit o a Barcelona.

Es muy cierto que en el último siglo ha ido todo muy rápido.

El ascenso de cada vez más humanos a las alturas ha supuesto un intercambio bastante injusto entre ellos y los seres de este ecosistema.

Mientras los primeros han obtenido conocimiento científico y experiencias que los han enriquecido personalmente, y a algunos de ellos también económicamente, a las existencias de la montaña les ha supuesto un desgaste y la entrada de unos elementos que no siempre contribuyen al bienestar del entorno.

Todo eso piensa la Biógrafa mientras observa la suela de sus botas de montaña, que es de plástico.

Se pregunta si es demasiado radical pensar que es posible que la erosión de esta parte de los zapatos que lleva deje un rastro de fragmentos de goma negra en cada piedra que pisa.

Cuando levanta la cabeza para comprobar cuál es el material de la suela de los zapatos de los niños, ellos saltan de la roca y se van corriendo sendero abajo sin dejárselo ver, siguiendo la misma pendiente que debe de hacer Ter.

Así es como desaparecen. La Biógrafa retrocede unos pasos y, mientras anota en el cuaderno todo lo que Willy ha contado, la pintura de la piedra se va desvaneciendo y enseguida vuelve a ser tal como se ha visto al principio.

Willy también se esfuma y la Biógrafa sigue camino abajo sin despedirse de nadie.

El camino es fácil y muy agradecido. La Biógrafa se cruza con varios caminantes y también con el olor a setas que se desprende de debajo de un pino.

Siguiendo el rastro, cruza Ter de una zancada.

Aquí es un torrente estrecho que se abre, se cierra y se separa en brazos que más abajo se unen de nuevo para superar las piedras y vegetaciones y árboles.

Y allí, a dos metros del camino, al otro lado del joven río, lo ve: ¡un cep!

Es como si el hongo la hubiese llamado. Es grande y se lo ve esplendoroso.

Al tenerlo tan cerca y pensar que podría cogerlo se le hace la boca agua.

Pero antes duda, porque con eso de sentirse tan afectada por el impacto de los humanos en la naturaleza, no sabe cómo es mejor actuar.

Con mucha suavidad, acaricia un poco la tierra y la vegetación de alrededor del cep para ver el micelio adhiriendo todo aquello que constituye el suelo que pisamos.

Y esa red de hilitos blancos que se puede ver en la superficie del suelo no es tan diferente —según afirman micólogos como Paul Stamets— a las neuronales que tenemos los organismos humanos.

Tal vez por eso se produce la siguiente situación.

Al ver el micelio, a la Biógrafa le viene a la cabeza, de manera inevitable, como si alguien lo hubiese introducido de pronto en su mente, un extracto del Manifiesto Animista que escribió Graham Harvey en 2013.

[22] Ese manifiesto que tradujo la propia Biógrafa unos años atrás y que empieza así:

Todo lo que existe vive.

Todo lo que vive merece ser respetado.

No necesariamente te tiene que gustar lo que respetas.

Que alguien no te guste no es motivo para que

no lo tengas que respetar.

Y aquí la Biógrafa oye de manera muy clara, dentro de su cabeza, infiltrado entre sus pensamientos, al micelio terminando la cita:

Respetar a alguien no es motivo para que

no te lo tengas que comer.

En este momento el tiempo se detiene unos instantes para analizar bien esta situación y es que ha ocurrido algo realmente importante: Biógrafa y micelio, en este encuentro íntimo y escondido de los grandes públicos, han constatado que la telepatía parece ser una vía de comunicación real para organismos que, como ellos dos, tienen redes neuronales.

Una lástima que el objetivo de la Biógrafa sea el de escribir una biografía, y que todavía le quede tanto trabajo por hacer, porque ahora ve que se podría entretener un buen rato con este tema y podría aportar interesantes contribuciones a la ciencia.

Pero bueno, el caso es que la alegría de haber encontrado un cep es mayor que la de haber confirmado la existencia de telepatía entre micelios y humanos, y por eso la Biógrafa se repite, por dentro y por el micelio: «¡Exacto!

Respetar a alguien no es motivo para que no te lo tengas que comer».

Saca la navaja de la mochila, hace palanca con el cuchillo para recoger la seta y, una vez que la tiene en las manos, la levanta y la mira por debajo y por todas partes, contemplándola y sintiéndose verdaderamente afortunada.

Con mucha delicadeza la mete en un bolsillo con rejilla de la mochila y sigue caminando.

Llega a un aparcamiento de coches lleno hasta la bandera y se concentra en buscar las marcas del GR-210 que llevan por el lado de la serpiente de asfalto que parecería esta carretera si pudiese verla desde el aire.

Superados los aparcamientos, el sendero sigue por el margen izquierdo de Ter y el lado derecho de la carretera.

El desnivel va disminuyendo, Ter empieza a ensancharse y a profundizarse.

En algunos puntos podría meter los pies y su agua le llegaría casi hasta la pantorrilla.

Se le muestra bien transparente, dejando ver su fondo, que está lleno de piedras grandes, todavía un poco puntiagudas porque se han erosionado poco.

La vegetación es frondosa, el aire es fresquito, el sendero se enrosca entre los árboles y, en algún momento, se pierde, pero Ter va marcando la dirección con su canto constante.

Hay avellanas en el suelo y la Biógrafa va recogiéndolas hasta que a estas las reemplazan unas flores preciosas, justo allí donde el camino se abre paso por el margen de un pequeño prado de pasto.

La Biógrafa se agacha y las mira de cerca.

Cada flor corona un solo tallo corto, de no más de quince centímetros de altura y de color verde claro.

Eso les da un aspecto un poco solitario; cada una de ellas parece un individuo separado de los otros.

La mayoría tiene unos cinco o seis pétalos de tonalidad violeta y totalmente translúcidos y delicados.

En su interior se levantan tres estambres de color amarillento y un tipo de pelos alargados de un tono algo más anaranjado que son sus estigmas.

Le recuerda mucho al azafrán, pero esta flor tiene algo distinto. Es como si le faltase algo.

Aún agachada, mira y remira ese claro de flores violáceas hasta que cae en ello: juraría que la planta del azafrán real tiene unos estigmas todavía más largos, que sobresalen de los pétalos y que son de color grana.

Concretamente son estos estigmas lo que se comercializa como azafrán.

¿Podría ser que esta fuese una flor disfrazada de azafrán?

¿Puede ser que las flores nos engañen? ¿Por qué tendrían que hacerlo?

¿Puede que quiera que la cojamos, pensando que es azafrán, para que así la ayudemos a reproducirse?

O quizá nos quiera intoxicar. Por el tipo de prado donde se encuentra este grupito de flores de azafrán, parecería que pudieran ser alimento de pasto de las vacas, pero en cambio están intactas.

Así que no, definitivamente las vacas saben que no se las deben zampar.

Corre algo de airecito suave que las mueve delicadamente, como si hiciesen un bailecito.

Parecen unas alegres bailarinas. «¿Vosotras sois falsas?

», les pregunta la Biógrafa mientras dibuja un ejemplar en su cuaderno.

Y no sabemos si es con la brisa fresca o con el movimiento de pétalos y estambres y estigmas que la Biógrafa oye muy claramente cómo esas flores le responden a la vez, como si fuesen una sola voz, que para ellas no existe la verdad ni existe la mentira.

Para una flor nada es verdadero ni nada es falso.

Simplemente todo es y basta. Y, a pesar de eso, nada es, quizá, tal como se presenta a los ojos de quien mira.

«Nuestro aspecto te hace pensar que somos solitarias, pero no sabes que cada una de nosotras sale de un bulbo y que cada bulbo tiene unos tallos que van por debajo de la tierra y se conectan con otros bulbos.

No sabes que por eso todas juntas somos una colonia clonal o un ramillete.

Desde tu punto de vista, nuestro aspecto te hace pensar que somos solitarias, pero no lo somos en absoluto.

Todas somos una sola y al mismo tiempo cada una de nosotras es única y valiosa por sí misma.

¿Eso quiere decir que somos mentirosas? Para nosotras no existe ni la verdad ni la mentira; quizá sí te engañemos, pero a la vez decimos la verdad, porque somos realmente así.

Somos falsas y reales a la vez. ¿Cómo lo ves? ».