2. Unas palabras
La roca es como la primera pasadera natural sobre este río y la Biógrafa está exactamente encima, mirando hacia delante, hacia la fuerte pendiente que se abre ante ella.
Siguiendo el agua de Ter, los ojos le bajan, bajan, bajan…
El camino da rodeos para salvar el desnivel, bordeando el río ahora sí ahora no y, cruzándolo por el primer puente de madera, de poco más de dos metros de largo, que los humanos han construido encima de él.
A estas alturas, Ter muestra sus rápidos y sus cojinetes, y se estrecha y se ensancha según la verticalidad del terreno.
Así como al cabo de unos meses de nacer un bebé empieza a hacer fuerza con los brazos, las piernas, el cuello e intenta darse la vuelta solo, aquí Ter muestra los que quizá sean los primeros meandros de este río recién nacido.
Unos meandros pequeños que, como si apenas comenzara a practicarlos, se presentan a la Biógrafa como unas eses dibujadas en el suelo que quieren imitar la voz de Ter.
Si a menudo los bebés empiezan a balbucear pronunciando sílabas como «ba», «pa», «da» o «ma», parece que Ter ha empezado por hacer la S.
«¿Una S de qué?», se pregunta la escritora.
Captura con la grabadora de sonido estas primeras eses de Ter que se acompañan, de manera puntual, de los cencerros de las vacas y los terneros de alrededor.
Deja el aparato grabando unos minutos mientras dibuja en su cuaderno los meandros y escribe a su alrededor las palabras que se le ocurren que empiezan por ese:
Y que empiezan con la cadena «ese» solo escribe una: «esencia». Se pasa un rato pensando en que desde que ha llegado aquí ha encontrado muchas esencias.
La Biógrafa se sienta y busca el cargador y el móvil en la mochila mientras da largos tragos a la botella de agua.
Enchufa el teléfono, apoya la espalda en la silla, deja caer la cabeza un poco hacia atrás y cierra los ojos mientras respira profundamente.
Cuando vuelve a abrirlos, se fija en las paredes amarillentas, el techo de madera del mismo tono que las mesas, la estufa de leña y las fotografías en blanco y negro del antiguo refugio cubierto de nieve.
No tiene fuerzas para levantarse e ir a verlas de cerca, pero no les quita el ojo de encima mientras espera el bocadillo.
Se pregunta cuál de las piedras de esa pared debe de ser la que esta madrugada le ha contado la historia de la decadencia de ese edificio.
Lo revive todo en la imaginación. Primero la inauguración del chalet-refugio con aquellos hombres importantes y, después, visualizando cómo las sucesivas nieves, vientos, temporales y cambios de temperatura van destrozándolo.
Termina viendo también su propio despertar sobre una montaña de ruinas.
Y al final de la historia, la aparición del chico de la barra con el bocadillo la devuelve al presente.
«¿Estás bien? Hace rato que te llamo…», dice él.
«Ostras, disculpa, estoy muy distraída últimamente».
Él se presenta, se llama Willy y, desde hace más de catorce años, es el guarda del refugio.
Hablan un buen rato sobre los cambios en los excursionistas a lo largo de los años, mientras el cuerpo de la Biógrafa va absorbiendo todos los nutrientes del bocadillo de tortilla y se va recuperando un poco.
Al final, ella le revela que, en realidad, el excursionismo solo le interesa por lo que respecta a su proyecto: «Quiero escribir la biografía de Ter».
Willy se entusiasma, se levanta de golpe y exclama muy animado: «Si es así, ven, ¡que tengo que enseñarte algo! ».
Salen del refugio y caminan unos metros hacia el oeste, donde hay unas rocas grandes.
Willy señala unos tonos de gris oscuro sobre la piedra: «Fíjate bien.
¿Ves algo?». Parece que haya una capa de algún material medio plasticoso y muy desgastado.
Luego pregunta: «¿Puedes leer algo?». La Biógrafa hace un gran esfuerzo por ir encontrando las diferencias entre los tonos de grises y el tipo de material y, al cabo de poco, entrevé una «P» de un metro de altura sobre la superficie pétrea.
Entonces empieza a balbucear «p… p… p… o…
», porque ha descubierto una «o» después de la «p» de antes, sobre la misma roca.
Unos segundos de silencio. Willy deja que se concentre, convencido de que conseguirá leer más letras.
Y ella sigue: «¿Pu… o? Parece que hay una letra más al final…
¿pu ol? ¿Pone pu ol ? ¡¿Qué quiere decir?
! ¡¿Qué es pu ol ?!». Willy se ríe y exclama: «¡Pujol!
». La Biógrafa se acuerda enseguida del telesilla de Vallter 2000 y del esquiador de Camprodon, pero Willy ya se ha subido a la roca y le cuenta una historia sobre el otro Pujol, el presidente.
Resulta que en 1896 el poeta Joan Maragall escribió el poema «Cant de la Senyera», que el compositor Lluís Millet musicalizó expresamente para convertirlo en el himno del Orfeó Català.
Los versos de ese canto se podrían resumir en que sus autores querían que la bandera catalana volase para llevarla a todas partes, contemplarla y crear algo de fraternidad entre todos los catalanes.
En 1939, el régimen franquista prohibió el canto porque lo interpretó como un enaltecimiento de la identidad catalana de cariz separatista.
Años más tarde, todavía bajo la dictadura franquista, el Orfeó Català organizó una celebración del centenario del nacimiento del poeta Maragall.
Ese acto se llevó a cabo el 19 de mayo de 1960 en el Palau de la Música Catalana, en Barcelona.
Entre todas las personas invitadas, había gente de todo tipo y de todos los bandos, como suele pasar cuando la situación política de un país está del todo polarizada.
Bien, el caso es que entre los asistentes, según contaba Willy, había tanto ministros de Franco como una serie de personas que, para protestar contra la prohibición de aquel himno del Orfeó, se dedicaron a cantarlo en medio del acto.
¡Y no solo cantaron! También hicieron volar por el patio de butacas un panfleto titulado «Os presentamos al general Franco», que Jordi Pujol había publicado un mes antes y en el que algunos seguidores del dictador interpretaban un tono insultante contra el jefe del gobierno estatal.
Lo que pasó a la historia como «Los hechos del Palau» tuvo como consecuencia la detención de varios miembros del movimiento cultural catalanista Cristians Catalans, entre los que se encontraba Pujol, que había sido uno de los organizadores de la cantata prohibida y que fue condenado a siete años de cárcel.
«Ya sabes que en tiempos del franquismo las noticias no circulaban como ahora y, de hecho, mucha gente de fuera de Barcelona que no leía la prensa clandestina tardó mucho en enterarse de lo que había ocurrido», cuenta Willy.
Pero resulta que, además de la prensa clandestina, también había un grupo de amigos y fieles de Jordi Pujol que pusieron en marcha una campaña para que la información del encarcelamiento llegara a lugares muy distantes de Barcelona, como por ejemplo el Matagalls y…
¡Ulldeter! «Sí, sí, aquellos amigos y fieles de Pujol debían de ser unos buenos elementos excursionistas ¡porque hicieron llegar las nuevas hasta aquí! ».
Uno de los instigadores de esa campaña fue Xavier Polo i Ribas, que tenía una furgoneta tan manchada de pintura que parecía la de un pintor profesional.
Con aquel vehículo cargado de botes, cubos y pinceles, Polo se iba al monte a hacer pintadas en refugios y senderos.
Una afición a la que se sumaron otras personas.
Y mientras Willy narra esta historia, sale del refugio un compañero suyo y, sin bajar de la piedra de pu ol , él le grita: «¡Josep, tráenos aquella fotocopia del secreto de las actividades separatistas del 61! ».
En menos de un minuto lo tenemos allí con la fotocopia de lo que se encontró la policía el 27 de septiembre de 1961 en el término de Setcases: «Por la pista que conduce al chalet-refugio de Ull de Ter, empiezan a aparecer unos letreros pintados en color negro, en piedras planas y macizos rocosos, y de un tamaño de letras de un metro aproximadamente que dicen: “ PUJOL — PUJOL LLIURE — ESTIMEM CATALUN YA ”.
Estos letreros toman más profusión en el chalet refugio de Ull de Ter, donde aparecen en todos los planos de piedra de su alrededor», nos lee. [21]
La Biógrafa observa con pena la gran piedra todavía medio pintada.
Se pregunta qué sabría ella, en el momento en que la pintaron, de todo lo que había sucedido tan lejos, y si entendería algo de por qué la pintaban e, incluso, si le gustó que la pintasen así.
Se imagina un trocito de ella rompiéndose y llegando a Ter, rodando y empequeñeciéndose río abajo hasta terminar, muchos años más tarde, quizá justamente hoy, con forma de pequeña partícula de algún mineral en las cañerías de agua del Palau de la Música, y saliendo por algún grifo mientras alguien se lava las manos…
Pero la voz de Willy la interrumpe. Después de leer la nota policial, afirma que, en efecto, «todo aquello trajo problemas a Pep, el fraile, que en aquel momento hacía de guarda de este refugio, que fue entrevistado y declaró no haber visto a nadie haciendo aquellas pintadas».
La dirección del Centre Excursionista de Catalunya emitió un comunicado en que se dijo que ningún socio del CEC haría nunca unas pintadas como aquellas, ya que al margen de la ideología política, por encima de todo, su voluntad era la de cuidar de la belleza del paisaje.
No lo estropearían nunca de esa manera. El caso es que han tardado muchos años en desaparecer, y lo que seguro no ha desaparecido nunca son los escritos catalanistas de los cuadernos que hay en las cimas de estas montañas.