1. Un refugio #4
Primero siente la forma del refugio antiguo al que llegó ayer.
No le duele, pero percibe claramente sus líneas afiladas, como si se las dibujasen con la arista de un fragmento de cuarzo.
Después crecen densos nubarrones de nimboestratos en la parte de arriba.
Los reconoce porque tienen un tacto esponjoso y son húmedos.
En la punta de los dedos, concretamente, puede sentir los pinchacitos muy fríos de los cristales de hielo.
Sopla un viento fuerte que los mueve y los hace crecer, y eso lo nota la Biógrafa como si alguien soplara entre sus dedos, desde la mano derecha hacia la izquierda, o de oeste a este.
De pronto los nimboestratos empiezan a precipitar primero agua y después nieve que tapa el refugio y deja las palmas de la Biógrafa completamente mojadas y frías.
Está a punto de quitar las manos de allí encima, porque es realmente incómodo, pero las mantiene, porque dura poco.
Las piedras le hablan; le están contando cosas a toda velocidad a través de esas pequeñas vibraciones y siente que debe aprovecharlo.
Así que aguanta y ahora vuelve a notar la piedra del principio, aquella grande sobre la que ha colocado las manos.
Está congelada y mojada. La cubre una capa de cemento que se ha agrietado y que deja gotear por las fisuras que se le han abierto todas las moléculas de agua que caen de las nubes.
Todo espacio posible entre cemento y piedra queda lleno de agua.
Un agua que está cada vez más fría y se congela.
Sus moléculas se están organizando en nuevas estructuras, formando posiciones casi militares y pasando así del estado líquido al sólido.
Van cogiendo más espacio entre ellas, apretando con fuerza todo lo que las constriñe.
Y es tan grande esta fuerza, tan intensa la manera de apretar, que esta piedra, que desde su nacimiento tiene una pequeña grieta, siente cómo se abre, se parte y explota, como también lo hace la capa de cimiento que la rodea, que se convierte en trocitos que caen al suelo y ¡ BUMMMMM !
Se hace un agujero en la pared, y la amiga piedra y las compañeras que están a su lado y un montón de fragmentos de cemento ruedan hacia abajo por la fuerza de la gravedad y rozan el suelo. El refugio ya se está derrumbando.
El famoso arquitecto barcelonés y sus obreros no pensaron bien que el edificio debía ser impermeable, que de ninguna manera podía filtrarse agua entre el cemento y las piedras.
Habría sido más útil que hubiesen aprendido de las cabañas de pastores y los abrigos que hay más arriba, repartidos por estas montañas y que hace siglos que aguantan.
Pero, claro, ¿quién iba a saber todo eso si ese era el primer refugio de montaña de España?
Cometieron los errores propios de quien es primerizo, joven y moderno.
Todo esto piensa la Biógrafa, que siente lástima por el destino de aquel refugio, en el que ahora nota, de manera clara, cómo todo él se vuelve migajitas de piedra que se apilan una sobre otra.
Resisten unas pocas paredes y techos. Alguien que de verdad lo necesitase aún podría medio esconderse y pasar la noche a cubierto.
La piedra que vibra no le habla de ningún humano durante todo este tiempo en que expresa cómo el edificio fue decayendo.
Pasan inviernos y primaveras por las palmas de la mano de la Biógrafa y, al final, aparece en escena un grupito de hombres.
Van armados y encuentran cobijo en lo que queda del chalet-refugio.
Al cabo de unos segundos, que en las manos de la Biógrafa y a través de la piedra representan horas, se van por donde han venido.
¿Quiénes eran? ¿Cuándo ocurrió todo esto? No se sabe.
La piedra, que la Biógrafa nota ahora muy desmenuzada, va dejando de provocarle el hormigueo, como si la historia llegase a su fin.
Justo antes de que levante las manos, oye carreras y rápidamente un gran temblor, fortísimo, que le quema las palmas, como si le hubiese explotado un petardo.
Se separa de golpe reaccionando al susto.
La piedra se muestra hecha añicos. Ahora ya no es una, son centenares.
Recuerda que alguna vez había oído contar que aquel refugio había sido dinamitado por el ejército franquista durante la Guerra Civil para evitar que se escondieran en él los maquis.
¿Sería eso lo que la piedra le contaba? ¿O simplemente había sido un golpe de viento el que había provocado el impactante destrozo?
Cansada, acaricia las piedrecitas que se le han roto en las palmas, las cubre con la piel de cabra, recoge sus cosas, se pone de pie sobre el pequeño cúmulo de ruinas y baja por él como quien baja unos escalones.
Por la posición del sol deben de ser las nueve de la mañana.
Camina hasta cerca de Ter, para refrescarse las manos y la cara.
También se lleva un poco de agua a la boca.
Está muy fresca y se muestra activa. Viene de arriba y se mueve hacia abajo sin parar.
Es como una gran flecha que indica el camino que debe hacer la Biógrafa, como si le pidiera que la siga.
Y así lo hace hasta encontrar, al cabo de pocos metros, una gran roca que se aguanta por presión encima de Ter.
El desnivel es fuerte. Ante ella, el joven río cae en picado por una acusada pendiente que hace aflorar pequeños rápidos, con su espumita blanca y brillante característica.
La roca parece flotar sobre el riachuelo.
La Biógrafa se echa sobre ella, saca el cuaderno y empieza a escribir algunas notas sobre todo lo que ha pasado hasta ahora.