El Ter: una biografía 1. Un refugio #3
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1. Un refugio #3

Finalmente, con entusiasmo y adoptando ya un cariz más personal, Torras expresa el deseo de que el nuevo chalet-refugio promueva aún más el turismo excursionista procedente de Barcelona en este valle, resaltando la belleza de la naturaleza que se puede descubrir en estos rincones y que benefician a las motivaciones científicas que empujan a muchos compañeros excursionistas.

Unas intenciones que él mismo vive e impulsa, no solo como excursionista nato, sino también como presidente del Centre Excursionista de Catalunya y como autor de los volúmenes Pirineu català .

Especialmente, de hecho, con el ejemplar dedicado al valle de Camprodon, subtitulado Guia itinerari de l’excursionista a Camprodon.

Con todo, Cèsar August no muestra dudas en afirmar que, en consecuencia, traerá, también a estas tierras, el glorioso renacer social y político que el país vive en este momento.

Aquí respira y mira a todos, pero sus palabras solo van dirigidas a los camprodoneses de adopción (la mayoría son de Barcelona).

Los anima a seguir cuidando el pueblo, que durante los últimos años se ha convertido en símbolo de higiene y salud gracias en especial a las estancias veraniegas del doctor Robert.

Este médico y exalcalde de Barcelona supo encontrar en los aires y las aguas de Camprodon las propiedades necesarias para el buen vivir.

Todas las ventajas para la salud que destacó de estas tierras resultan muy fácilmente hermanables con el amor por la montaña catalana.

«Y no olvidemos —dice Torras— que esas aguas y aires que cruzan Camprodon provienen de aquí arriba, y que este lugar exacto es la primera meseta donde el Ter descansa.

Las aguas frescas de este río han modelado la orografía de este precioso valle y baña el pueblo de Camprodon, llevando salud y dicha a todos los hombres.

Que sea pues este primer descanso del Ter también un buen descanso para nosotros, donde todo el mundo sea bienvenido y nunca falte el calor, sobre todo en las noches más frías entre expedición y expedición».

Acto seguido, todo el mundo aplaude y grita y los camprodoneses de adopción dicen que sí, que viva el valle de Camprodon y este refugio.

Muchos alargan el brazo levantando el porrón, echándose el vino directamente a la boca durante un buen rato antes de pasárselo de uno a otro.

Hay algunos que empiezan a cantar y parece que pasarán la noche en vela.

La Biógrafa se acerca a las mulas para comprobar si todavía funciona el hechizo y si alguna de ellas quiere contarle algo de su experiencia en la construcción de este edifico.

Quizá estén muy cansadas, o quizá indignadas porque a ellas nadie les ha agradecido nada. El caso es que prefieren callar.

Su cansancio se le pega a la Biógrafa. Ha sido un día largo.

Todos entran dentro, empieza a refrescar de verdad.

Sigue la juerga alrededor del gran fuego en el suelo que hay en el comedor.

Pero la Biógrafa, que está cansada y teme que la descubran como una extraña de otro tiempo, encuentra una cama libre al fondo de un cuarto de la segunda planta (la primera está toda ocupada por los operarios que deben terminar el segundo edificio).

Se va para allá y deja la mochila en el suelo.

Saca el móvil y descubre que se le ha agotado la batería.

No se agobia. Aquí tampoco podría cargarlo.

Así que se echa y se duerme esperando que el sueño la ayude a asimilar todo lo que está viviendo.

Una pequeña araña curiosa se pasea junto a ella y lanza hilos de telaraña por el hueco que ha quedado entre su mochila y la pared.

La Biógrafa no la ve porque se ha dormido y ya sueña que es una mula de las que durante los últimos años han cargado piedras y comida desde Setcases hasta aquí arriba.

Las mismas que esta noche descansan y esperan no tener que subir tanto y tan cargadas nunca más.

En el sueño, siente intensamente el peso en las piernas y el dolor en la espalda y las caderas, casi como si fuese la realidad y fuese cargada como aquellos mulos.

A la mañana siguiente, le ilumina los párpados el primer rayo de sol que sale de detrás de la Portella de Mantet y la despierta dándole los buenos días.

Aún dolorida por el esfuerzo onírico, se incorpora a medias sobre un lecho de piel de cabra blanca que no recuerda haberse preparado, colocado entre una pila de piedras.

¡Cómo ha sufrido con esos intensos dolores!

El techo del refugio se ha convertido en el cielo, que sigue sereno como la pasada noche, y la cama en que se había tumbado es ahora un roquedal del que solo la protege la mantilla seca y rígida de la pobre cabrita.

Aún medio dormida y fascinada por los colores que el sol va haciendo aparecer poco a poco, mira todas las piedras que hay a su alrededor.

Son las que componían las paredes del refugio, del que solo queda una medio en pie a unos metros.

Coloca las manos sobre una de las piedras que le quedan más cerca, junto a las rodillas, y empieza a notar un hormigueo, no sabe si por el sueño o por los dolores musculares que siente.

Aparta las manos levantándolas y dirige las palmas hacia su rostro para verlas bien.

No hay nada, tienen el mismo color de siempre.

Luego mira las piedras donde tenía las manos puestas.

Ni rastro de hormigas ni de ningún otro insecto que pudiera vivir allí.

Vuelve a probarlo, esta vez colocando ambas manos sobre una sola piedra.

Enseguida vuelve a sentir el cosquilleo anterior, que empieza suavemente.

Las vibraciones no le llenan la palma, sino que parecen dibujar líneas.

Como si alguien le trazara formas con un dedo delicadamente en la piel.

Cierra los ojos para concentrarse bien y poder ver con la vista interna.