1. Un refugio #2
Conforme avanza en el descenso, nota que, pese a oscurecer, la temperatura va subiendo.
Le estorba la capucha que se ha puesto hace un rato.
Al poco se quita el abrigo. Tal vez alguna corriente extraña le traiga el calor que debe de salir de la casa de formas redondeadas que ha aparecido más abajo.
Poco a poco el cielo se va mostrando más sereno y le presenta un sinfín de estrellas ante los ojos.
Reconoce la constelación del cisne, desde la que encuentra con mucha facilidad el triángulo de verano, formado por las estrellas Vega, Deneb y Altair.
La Biógrafa se siente muy confundida. Quizá todavía no haya logrado salir de la película de la cabra a la que, por cierto, ha perdido de vista en la noche.
Ter y la gravedad van llevándola hacia abajo y, al cabo de poco, llega a la casa.
Hay gente fuera, de celebración. Tienen velas y comida.
Las ventanas dejan ver un interior repleto de gente, mesas, un fuego en el suelo y algunas literas.
De lejos la Biógrafa lo mira bien y reconoce el edificio.
Lo ha visto en imágenes antiguas, en blanco y negro.
Es el refugio antiguo de Ulldeter, inaugurado en julio de 1909.
Se acerca medio distraída, poniendo los pies en el riachuelo, bajito, que ya mide algo más de un metro de ancho y que aquí, por primera vez, no debe superar ninguna verticalidad.
La Biógrafa se detiene en medio del joven Ter.
Permite que el agua fresca le entre en los zapatos, que Ter le acaricie los pies cansados.
Los calcetines gruesos de invierno son como esponjas que chupan el líquido y se hinchan.
Observa el terreno llano ocupado por el refugio, veinte mulas y gentío.
Ni rastro de la cabra. Camina adelante y sus pies, saturados de agua, cantan «chof» a cada paso.
La Biógrafa se pregunta si eso es también otra tonalidad de la voz de Ter, pero no tiene tiempo de pensar demasiado en ello.
Ve enseguida que ha llegado a una fiesta, que hay gente hablando francés y catalán, y que hay banderines de agrupaciones excursionistas.
Aunque la mayoría son hombres, también hay alguna mujer y algunos niños. Parecen contentos.
Se acerca a un tronco donde están sentadas, alrededor de un fuego, unas mujeres con faldas largas y el pelo recogido con moños.
Rebanan pan, lo tuestan y cortan queso. Miran a la Biógrafa de una forma un tanto extraña, pero la invitan a sentarse con gesto amable y le ofrecen una tostada.
Ella acepta y decide actuar con naturalidad.
Por cómo viste esta gente, deduce que se encuentra en el pasado.
Sabe que al cabo de unos años esta construcción se derruirá porque los materiales con que la han levantado no son los más apropiados para este tipo de emplazamientos.
Pero es que resulta que este es el primer refugio de montaña de España y también de la red de refugios de montaña de los Pirineos Catalanes fundada por el Centre Excursionista de Catalunya.
La Biógrafa le da un bocado a la tostada, que ha aliñado con un poco de aceite, mientras observa la casa a la que la gente de aquí llama chalet-refugio.
Las mujeres junto a ella se preguntan si la suelta de palomas mensajeras que han liberado al mediodía habrá llegado ya a su destino.
Llevaban distintos aerogramas para anunciar la inauguración a distintas entidades y corporaciones de Barcelona, París y otros lugares.
«Qué bonito ha sido ver todo ese despliegue de palomas que, sin dudarlo, han salido en diferentes direcciones», dice una.
«Sí, sí… Una estampa inolvidable. Ver palomas aquí arriba llevando la noticia a lugares que ahora están tan lejos…
Pero ¿vosotras de verdad creéis que cada paloma sabía adónde ir?
», cuestiona otra. «Sí, mujer, hay que tener fe.
Y, si no, a algún lugar u otro llegarán de todas maneras».
Mientras las escucha, la Biógrafa se imagina a centenares de palomas mensajeras como nunca ha visto saliendo disparadas en todas las direcciones del cielo.
«¿Qué mensaje llevarán exactamente? —se pregunta—.
¿Se lo habrán atado a una de las patitas?
¿O lo llevan bien sujeto con el pico? O ¿quizá lo han traducido al arrullo propio de estos pájaros y, al llegar a su destino, los recibirá un traductor pajarero?
». Este último interrogante la hace reír.
Mira el chalet-refugio y repasa sus formas.
Toda la estructura vertical está compuesta de unas naves de arco parabólico.
Estas hacen pensar en una especie de campanas y son una geometría propia del estilo modernista.
Recuerda el colegio y todas aquellas clases dedicadas a ver fotos de las obras de Antonio Gaudí.
Todas las paredes son grises, construidas con las piedras que habrán encontrado cerca.
La Biógrafa se levanta para acercarse a una pared y tocar una de esas piedras, unidas con mortero.
Las ventanas están rodeadas por unos marcos rojos.
De una de las puertas sale un hombre muy bien vestido para estar a tanta altura.
Lleva gafas y corbata. Parece joven, de unos treinta años.
Detrás de él, personas excursionistas de la época: nada de colores llamativos, pantalones cortos y calcetines largos.
Lo rodean. Algunas se sientan en el suelo.
Parece que el señor encorbatado tenga que dar un parlamento. Y así es.
Se presenta como Jeroni Martorell y enseguida empieza un discurso de tono alegre en el que agradece a toda la concurrencia haber venido a celebrar la apertura del nuevo chalet-refugio de Ulldeter.
El hombre afirma que para él, como presidente de la Sección de Arquitectura del Centre Excursionista de Catalunya, ha sido un reto y un honor a partes iguales trabajar en el diseño y la construcción de este edificio, que espera que sea de referencia para el elemento excursionista.
Una empresa difícil que no habría sido posible sin la iniciativa del señor Cèsar August Torras, presidente del Centre Excursionista de Catalunya, que contagió su entusiasmo a la Junta Directiva del Centro y, en consecuencia, a sus socios.
Al mismo tiempo destaca que el proyecto habría sido absolutamente irrealizable sin la gran generosidad de la Sociedad General de Asfaltos y Cementos Portland de la Pobla de Lillet, también conocida como Asland, que donó doscientos kilos de cemento para la construcción.
«Con este cemento se pudo rejuntar la obra de piedra del exterior, acción esencial e imprescindible», asegura Martorell.
El material llegó a 2.391 metros de altura y se utilizó también para construir la cubierta de este refugio, reforzada con vigas de hierro parecidas a raíles de una vía de tren.
El arquitecto sigue explicando: «Este lugar fue escogido por nuestro consocio el padre Norbert Font i Sagué por ser una faja de tierra firme y consistente, cuya constitución geológica es garantía segura de su estabilidad y, además, por estar un poco resguardado de las corrientes de viento que dominan aquí.
Además de que el lugar es indicadísimo para su utilidad, al pie de las elevadas cimas de Gra de Fajol, Bastiments y pic de la Dona». [19]
Se había construido el edificio con ciento sesenta metros cuadrados en la planta baja, y tenía dos pisos, una espaciosa sala-comedor, cocina, lavabos y dormitorios para una veintena de camas.
Además, contaba con un segundo edificio, también de dos plantas: una destinada a los mozos y arrieros y la otra a las cabalgaduras.
«La obra ha sido costosa, no solo en términos económicos, sino también por el esfuerzo físico de todos aquellos que han trabajado en ella», comenta Martorell.
Seguidamente agradece al señor Pagès, maestro de obras, y a sus quince trabajadores, que, «después de construirse una barraca donde alojarse, iniciaron las obras sin pereza, aprovechando el buen tiempo todo lo posible.
El transporte de los materiales también ha sido laborioso, se ha traído con reatas de mulos desde Camprodon hasta aquí arriba».
«Muchas gracias por sus palabras, don Jeroni Martorell», dice un señor mayor de bigote pulcro y barba blanca de un dedo.
La gente aplaude y empieza a hablar él, que también viste con corbata y americana.
Se lo ve alto, delgado y fuerte como para subir montañas.
Se presenta como Cèsar August Torras y empieza por elogiar enormemente la obra de Martorell, destacando su estética moderna y los materiales más innovadores, símbolo del progreso de la nueva industria catalana y, no menos importante, de los gustos alineados con el modernismo arquitectónico que vive Catalunya.
Como ha hecho el mismo Martorell, agradece en esta línea a Eusebi Güell la activa participación y el compromiso por levantar este atrevido e importante edificio situado en tan particular paraje, de condiciones como las que ha sabido apreciar el arquitecto en su parlamento.
Sigue los agradecimientos con un larguísimo recital de nombres de personas, empresas privadas, entidades y órganos de gobierno implicados en este proyecto.
La Biógrafa no sabría decir si la cosa dura cinco minutos o media hora.