3. Un agujero y un charco #4
Abajo, junto a la fuente, la Biógrafa y el serafín siguen comiendo macarrones y Ter sigue naciendo como si nada.
Alas y ojos viajan un buen rato entre velos, vapores fríos y luces azules, blancas y grises.
Cuando las nubes se lo permiten, divisan otras cimas, cerros y valles de estos hermanos pirenaicos que se extienden a lado y lado.
Justo debajo, entre tonos de grises marronosos, negros y verdes más claros y más oscuros, bajo la sombra, ahora sí y ahora no, de las nubes que los sobrevuelan, están los caminos que los humanos han dibujado y que se dedican a recorrer desde hace algunos milenios… poco para toda esta familia geológica.
De pronto las alas bajan en picado a toda velocidad.
Vuelven a cruzar gotas grandes y pequeñas y también algunos cristales de hielo ligerísimos que antes no habían visto y que cuchichean todos a la vez cosas que la Biógrafa no logra entender porque ahora viajan demasiado deprisa; un descenso de cuatrocientos metros en menos de cinco segundos.
Para protegerse, la Biógrafa cierra los ojos y no ve que, al poco, ya casi está rozando todas las piedras del pedregal que cubre el primer tramo de Ter y se pierde también la esponjosidad de los musgos que crecen en sus orillas y no se ve a sí misma a un palmo, ahora de pie, esperando que la vista regrese a su cuerpo.
Pero ha oído cómo las alas salvaban la caída y ha notado en la oscuridad de los ojos cerrados el aligeramiento de volver a estar en el lugar que les corresponde.
Cuando los abre, está de pie, enfocada al mar.
Lo que han usado para comer está guardado en la mochila que ya le cuelga de la espalda y, con algún gesto instintivo, se ha puesto la capucha.
Todo esto ha hecho y ha ocurrido sin que ella se percatara.
Se vuelve para ver otra vez al hombre que tiene alas por ojos, y resulta que ya no está.
Se estremece. Ahora el aire es frío y el cielo se muestra en gran parte gris.
Ter aún nace, sigue naciendo. Y ella, como él, decide que quizá ha llegado el momento de abandonar esta fuente.
El pícnic ha terminado. Hay que dejar que el nacimiento siga con tranquilidad porque, en pocas horas, la oscuridad empezará a llegar y quizá madre e hijo, quién sabe, necesitarán descansar.
Así que empieza un nuevo descenso, muy vertical, este a pie, mucho más tranquilo, guiado por el burbujeo sutil de este Ter recién nacido y siguiendo las marcas rojas y blancas del GR-210.
Salta por las piedras de esta morrena, algunas más grandes y otras más pequeñas.
La mayoría de ellas están bien sujetas, montadas unas sobre otras.
A medida que baja y se aleja de la fuente, hay cada vez más verde a su alrededor.
Un montón de hierbas, plantas, musgos y arbustos aglutinan las partes de morrena y crecen entre medio.
A algunos los reconoce, como los arbustos amarillentos de abaleo y los rústicos rizomas de zaragatonas mayores.
Repasando esta vegetación se fija en que, entre un pomo de hierbas, han crecido unas pequeñas flores liláceas que no conoce.
Las mira de cerca y encuentra, camuflado en una de ellas, a Sileno, aquel sátiro griego o divinidad de las montañas y bosques.
El mismo que adoptó a Dioniso y el que posiblemente le enseñase a gozar de la abundancia del vino, ya que todos los artistas a lo largo de la historia lo han representado muy ebrio.
Y este diosecito pequeño le devuelve la mirada desde el prado verdoso donde bebe y yace y le cuenta que es por él por lo que esta planta tan bonita del paisaje subalpino se llama Silene acaulis .
Da un trago y se ríe de manera estridente.
La Biógrafa ríe con él y, cuando vuelve a buscarlo, ya no está.
Tampoco se ve el agua, pero se puede oír el chapoteo, a poca profundidad, bajo las piedras.
Quizá se roza y se choca con todas ellas.
Las acaricia y quizá les dice «hola», o las avisa para que se aparten, que su constancia, a la larga, tiene un efecto fuertemente erosionante.
Y todos los cuerpos litológicos se muestran inertes, como si no pudiesen tomar la decisión por sí mismos de dejar paso a la criatura fluvial en sus primeros pasos.
Sigue bajando mientras el verde va infiltrándose cada vez más entre las piedras, abrazándolas, aglutinándolas y viviendo encima de ellas.
Pequeños fragmentos del cuerpo de Ter se muestran muy transparentes en algunos rincones y se le distinguen cada vez más partes y colores.
Es como si el riachuelo aprendiera a hacer reflejos a medida que va creciendo.
Tiene piedrecitas y algunos musgos en su interior.
La Biógrafa se agacha para mirarlos de cerca y una de las piedrecitas le dice, con su movimiento guiado por la rapidez con que corre el agua, que a partir de aquí el cuerpo de Ter es una casa.
Ella y las suyas habitan la vaguada del Ter más fresco, vertical y ágil.
La Biógrafa lo anota todo. Levanta la vista para mirar abajo y ver con perspectiva esta vaguada.
Desde este punto resulta imposible. Ya no distingue el mar y en el último trozo de tierra visible por donde parece que pasa el camino encuentra un prado verde, con Ter que corre por allí más ancho de lo que se ha mostrado hasta ahora y unas piedras grises amontonadas a su izquierda en lo que tal vez un día fue, también, una casa.
No ve a nadie allí abajo, pero oye un jaleo festivo.
Antes de seguir bajando, encaminada hacia la casa, mira atrás una última vez para despedirse de ese agujero que es una madre eterna, una diosa, que da vida constante y reposadamente.
Le desea una vida infinita mucho más larga que la de toda la humanidad.
Y mientras le envía este deseo, ve bajando por un sendero que proviene del coll de la Marrana a una cabra muy alocada que corre hacia ella.
Es solo una y sus balidos, a medida que el animal se le acerca, le piden a la Biógrafa que la espere y ella, que no tiene prisa, así lo hace.