3. Un agujero y un charco #3
Y ella haría fuerza para remontar el camino adentro, intentando ser también un poco de ese oxígeno que se filtra a veces por dentro de los canales subterráneos y crea burbujas de aire allí donde los túneles son más grandes y anchos, y forma cuevas submarinas.
Y ese poco oxígeno, comprimido por la presión del agua de debajo y por la tapa de roca durísima de encima, se arrastraría contra la fuerza de la gravedad, utilizando la pared de la cadena guía que la llevaría hasta la profundidad más profunda o quizá hasta otro agujero de luz que finalmente reconduce afuera.
Un agujero por el que se cuelan todas las gotitas de lluvia, toda la nieve o los trozos de hielo y también el agua en todas aquellas formas que quizá los humanos todavía no conocemos.
Piensa y siente y se imagina todo eso mientras se mantiene con las ganas de desmontar esto que le parece un decorado.
Pero sabe que no puede, que el hechizo no la protegerá si comete algún delito, que se encuentra en un parque natural y que, independientemente de su decepción, hay gente que cuida de este lugar y —¿quién sabe?
— quizá la verdadera apariencia de este punto ha sido siempre esa, por antrópica que le parezca a ella ahora.
Una de las piedras que hace de banco y que se ha filtrado en sus pensamientos le insiste en que sí, que eso siempre ha sido así, que ella lo ha visto, y empieza a relatarle muy lentamente la leyenda que los humanos que la cogieron y la colocaron allí cuentan de la fuente de Ter.
Habla de un pastor sediento y de una cantimplora compartida que, por el poder de la solidaridad y la generosidad entre los hombres, se volvió mágica y quedo aquí enterrada y hoy todavía mana de ella un agua imparable y fresca y milagrosa…
La piedra se enrolla y la Biógrafa no sabe si le toma el pelo o se ríe de ella.
Tal vez sea por el hambre, que la pone de mal humor, pero de pronto se encuentra reaccionando con cierta violencia, diciéndole a la piedra que se calle, que ya ha oído muchas leyendas humanas y que el hechizo no se lo hizo para seguir escuchando esas historias, que busca otras, que quiere otras voces y que ella, pedazo de roca manipulada, no debería ir difundiendo esos relatos.
Tal es su enojo que incluso la amenaza, siente muchas ganas, le dice que la arrancará y la sacará y la desterrará de este lugar que debería ser de todo menos construido por los humanos.
Pero cuando se da cuenta de que está amenazando a un trozo de piedra, respira hondo, se frota los ojos y se contiene para no gritar más y enfadarse tanto.
Intenta tener compasión del pobre ser pétreo que no ha podido escoger si estar aquí o en otro lado.
Recordando el mensaje de las olas de la Bardissa, pone la mano en el lugar oscuro de donde proviene el agua.
Sus dedos no son como los de un hombre fuerte, ni mucho menos, y en el agujero cabe casi toda su mano.
Lo toca con cuidado, acariciándole todas las paredes internas hechas de piedra.
Saca la mano un poco hacia fuera y de nuevo constata que esta criatura es muy distinta a las humanas.
Es fresca, como debe de serlo el vientre del que proviene o el camino que ha recorrido, y es transparente porque todavía no ha podido recibir ninguna partícula de nada y porque, famélica como nace, absorbe todas las frecuencias de onda que los rayos de sol le regalan.
No llora espumas porque sale constantemente de forma mansa.
El punto de nacimiento de Ter es así, decepcionantemente rutinario.
A su alrededor está el silencio y la poca euforia que rodea a las cosas que pasan cada día.
Su vocecita no es un «Sí» entusiasta de la vida, sino más bien un mantra ligero y persistente cantado a más de una voz.
La Biógrafa recibe en la memoria las palabras de Perejaume, el poeta que escuchó, entendió y escribió las fuentes.
Las encontró de todo tipo. Algunas le dijeron cosas como: «Palabras, palabras», y más adelante: «Blablablá, palabras y más palabras».
Otra: «Mire donde mire, hay fuentes». Y la Fontfreda de pronto le gritó: «Ay, narrador, ¡y ahora qué más me harás decir!
». [17] La Biógrafa envidia esa capacidad del poeta y, desde la distancia, le pregunta: «Perejaume, ¿cómo te lo has montado para transcribir la voz de tantas aguas?
», pero él no le responde. Estará escuchando a otras fuentes.
Resignada, se sienta en el banco de la fuente y, para regocijo de su cuerpo, saca por fin la fiambrera de macarrones a la boloñesa.
Observa el valle y el mar al fondo. Mientras mastica y traga el primer bocado escucha un zumbido como de diez mil avispas asiáticas invisibles que se le acercan.
Se le pone la piel de gallina, nota sobre la cabeza un aire frío y rápido que la despeina.
Se cubre rostro y cabeza con manos y brazos, y cierra los ojos medio asustada, como si así se pudiese proteger.
Cuando el rumor se detiene y los vuelve a abrir, entrevé sentado frente a ella, justo encima del pequeño anfiteatro, a un hombre vestido todo de negro.
La Biógrafa lo mira poco a poco, medio temerosa, empezando por los pies, recorriendo las piernas cruzadas, los brazos reposados, las manos y el cuello abrigados…
Y, al final, cuando se atreve a mirarle la cara y enfrentarse a sus ojos, descubre que no tiene.
En lugar de ojos, tiene unas alas que, alborotadas, empiezan a batir fuerte, alzan el vuelo rápidamente y se llevan cielo arriba la vista de la Biógrafa mientras sus cuerpos permanecen sentados con los pies a la vera del charco de Ter recién nacido.
Las manos de ella mantienen el recipiente de macarrones en el regazo y el tenedor bien sujeto.
Sus bocas se dedican sonrisas recíprocas y ella lo invita a comer macarrones, que tiene de sobra.
Le ofrece otro tenedor, él lo coge y pincha un poco de su pasta, ambos mastican y tragan.
Lo cual sería muy normal, excepto por el hecho de que los ojos de ella, mientras sucede todo esto, vuelan por el cielo llevados por las alas de este hombre-serafín que al principio parecía ciego, pero que ahora, en cambio, todo él es ojos y alas, y vuela alto y la eleva hasta quinientos metros por encima de sí misma.
Desde allí arriba divisa todo el circo glacial.
Las cimas y cerros que antes le hablaban ahora la ignoran.
Ve sus cuerpos enormes cargados de piedras, se ve a sí misma y al hombre, desojados, comiendo macarrones y haciéndose pequeños, y ve, también, la desaparición del agujero y del charco en medio de todo el pedregal.
Ya es incapaz de distinguir ningún rastro de Ter.
Mira arriba, mientras siguen subiendo, y encima de ella, muy cerca, crece una masa gris de límites vaporosos que se transforman constantemente.
Cuando se da cuenta ya está dentro. Sus ojos han entrado en el interior de unos estratocúmulos orográficos bajos, enormes, que han venido del oeste y, allí dentro, donde los tonos de azul y blanco del fondo se intuyen en algunos instantes, los rayos de sol intentan filtrarse por estas densidades de humedad.
Pero por más que lo prueban, no lo consiguen.
Las gotas de agua de esta nube son tan gordas que hacen que los rayos de sol reboten al encontrarse con ellas y envían esta luz, de nuevo, hacia el espacio exterior en forma de reflejo.
Por eso la nube se ve gris, porque las gotas actúan aquí como escudos de los rayos de la luz.
Todos aquellos que no consiguen esquivarlas no pueden bajar más; las gotas les impiden seguir su camino y los devuelven cielo arriba.
Mientras pasa todo esto, las moléculas que conforman estas gotas de agua anuncian, cuchicheando, la llegada de nieblas a la cordillera.
Ahora que las tiene tan cerca, la Biógrafa aprovecha para preguntarles si están a punto para dejarse caer y convertirse en lluvia, ellas que van tan llenas, o si todavía pueden esperar un poco, dejarles terminar de comer tranquilos y empezar el camino de descenso.
«¡Nosotras todavía no hemos crecido suficiente!
Ahora te parecemos grandes, y es cierto que lo somos; mucho más que las de los altocúmulos de aquí encima.
Nosotras pesamos más que ellas y por eso vamos más bajas.
Pero ¿quieres saber algo? ¡Podemos crecer más aún!
Ahora estos vientos nos conducen hacia el mar, donde el calor nos traerá más moléculas de las nuestras y nos haremos un poco más grandes.
Entonces sí; la gravedad nos hará caer y seremos lluvia quién sabe dónde, quién sabe encima de qué.
Ahora estamos aquí así, y quizá esta noche seamos mar, o mañana por la mañana una pequeña niebla o, dentro de unos años, quién sabe, quizá salgamos por ese agujerito de allí abajo… ».
Y antes de que haya podido terminar de escucharlas y darles las gracias por las explicaciones, las alas ya baten fuerte, combatiendo las corrientes de aire testarudas que las empujan a un lado y a otro, hacia arriba y hacia abajo, y salen por el otro lado de la nube un poco mojadas, enfocadas hacia el cielo que, desde aquí arriba, parece de un azul mucho más profundo de lo que se ve desde abajo.
Frente a ella, los altocúmulos blanquecinos se forman y deforman como masas de algodón que han cobrado vida.
Son castillos de aire. Las alas hacen rápidas acrobacias, como un pájaro que juega a subir y a dejarse caer y envolverse en espiral por las corrientes de los vientos que pasan por este lugar.