El Ter: una biografía 3. Un agujero y un charco #2
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3. Un agujero y un charco #2

Esta diferencia entre las expectativas y la realidad quizá se deba a que los nacimientos humanos son momentos únicos, ¿no?

Momentos que envolvemos de una clase de épica que nos emociona y nos hace estar al quite.

Vayan como vayan, todos ellos conllevan algo de riesgo porque suponen el paso de un pequeño ser por un umbral brutal.

Y todos ellos conllevan también algo de sorpresa porque aquellas que esperan fuera, aun con las herramientas médicas de las que disponemos ahora, no han podido verlo así antes, no han podido tocarlo así antes.

Y cuando el recién nacido sale del vientre de la madre desnuda se encuentra muchas veces en un ambiente absolutamente estéril, descolorido, y rodeado de cuerpos mucho más grandes que él que visten batas y llevan mascarillas y que, cuando él aún tiene apenas un minuto de vida, lo agarran bien y rápidamente lo examinan: ¿Respira de manera regular?

¿Llora bien? ¿Le late el corazón? ¿Con qué frecuencia?

Y los músculos, ¿cómo le funcionan? ¿Puede mover el cuerpo?

¿Gesticula? ¿Tose? ¿Qué color tiene su piel? ¿Azul pálido? ¿Rosado?

En cosa de quince minutos la cría queda sometida a la primera evaluación de las muchas que le esperan a lo largo de su vida y recibe una nota del uno al diez.

Y entonces se lo abriga y se lo cuida porque, ay, Dios mío, qué delicado es este animal, tan nuevo, tan indefenso, tan extraño y desconocido, y está tan expuesto a un mundo viejo que puede hacerle daño, es tan vulnerable…

que si lo dejamos solo, ay, Dios, volverá al mundo de donde viene, el mundo que está más allá de esta vida.

Todo esto ocurre muy poco con otros animales.

Como la vaca, que deja caer al becerro sobre el mismo prado donde se encuentra mientras las compañeras siguen pastando y ahuyentando moscas, y sí que lo lame, lo limpia, lo alimenta y lo mima, pero es que al cabo de poco rato la criatura vacuna ya está de pie, ya nos mira curiosa, ya sigue mamando y ya todo le da igual.

[16] Aunque en caso de que muera, la pobre madre vaca llorará de tal manera que sus gemidos resonarán por todo el valle y, con un poco de suerte, incluso más lejos, y algunas piedras, al oír tanto dolor, también temblarán, y en la piel de algunos torrentes, al recibir tanta desesperación, también se producirán escalofríos que las truchas notarán por encima de sus cuerpos relucientes y moteados.

La empatía no solo es algo humano. De hecho, a veces la empatía parece más propia de otros seres que de los humanos.

En cuanto al nacimiento de Ter, es de una realidad absolutamente diferente.

Allí no hay gritos, ni riesgo ni sorpresa.

Ter surge con discreción. La madre, tranquila y despreocupada, parece que abra, simplemente, un paso hacia una nueva dimensión más luminosa y aireada, menos mineral.

Y lo hace con suavidad, desde poca altura, a ras de suelo, donde las primeras aguas que no paran de manar no cogen rapidez, ni forman espuma ni deben saltar hasta llegar al suelo.

Solo deben formar un charco a ras del agujero oscuro.

Un charco de unos cinco centímetros de profundidad, siempre mojado y plácido, sobre un lecho lleno de piedrecitas de color tierra.

Concretamente del mismo tono que las siete piedras más grandes que dan estructura a la fuente y del caminito que lleva hasta aquí.

¿Cuándo llegaron los primeros humanos aquí arriba?

¿Cómo era esta surgencia hace dos mil años?

¿Cómo nacía Ter 2,5 millones antes del presente?

¿Quién construyó este pequeño lugar que hoy abraza al charco?

Incapaz de responder a estas dudas, la Biógrafa contempla el suelo.

Parece como si en algún momento, dándose cuenta de que corría agua por debajo de las piedras, alguien hubiese excavado un poquito y hubiese movido todo el pedriscal para descubrir el pequeño torrente que se despierta aquí perezoso ante los rayos solares.

Y con ternura ese alguien lo ha dejado a la vista, pero a la vez lo ha protegido haciéndole un pequeño muro de media luna, de metro y medio de altura, que le procura una buena sombra —todo el mundo sabe que la piel de los más pequeñines es muy sensible al sol—, con las mismas piedras que antes le hacían de manta.

Un poco más abajo del charco —nada, pocos centímetros—, Ter vuelve a filtrarse entre ellas como si buscara que vuelvan a cubrirlo.

Aunque no se lo distingue, su fina vocecita lo delata y ahora mismo la Biógrafa es incapaz de decir si con estos gemidos el recién nacido le pide que lo siga o implora que se lo deje en paz.

Mientras lo escucha y asume que no entiende a la pequeña cría fluvial, tiene ganas de empezar a desmontar la fuente piedra a piedra y descubrir qué hay debajo.

Quiere ver de dónde viene toda esta agua que debió ser llovida hace unos cuantos meses, o quizá años, sobre Bastiments y sobre el coll de la Marrana, les mojó las cimas y los caminos, se filtró por sus pieles rocosas y se escurrió por entre todos sus órganos litológicos.

Allí, fue cogiendo su poco de feldespato y su poco de cuarzo que se iba encontrando por los caminos interiores de esta cordillera, como si fluyera por sus venas y arterias.

El agujero es una puerta al charco y es el punto de encuentro de las gotas que mojaron el coll de la Geganta y que resbalaron por encima del pic de la Dona, juntándose con otras muchas gotitas y haciéndose un cuerpo más grande, un poco más pesado, un poco más resbaladizo, que baja y llega a esta fuente, que es como una herida abierta, y que no para de brotar, brotar y brotar, y Ter no para de nacer, salir y brillar con todo el aburrimiento que conllevan las prácticas más cotidianas.

Aquí la Biógrafa recuerda al grupo de señores holandeses que conoció en Francia, por casualidad, en la fuente de la Douix, una afluente de Sena.

En Francia es conocida como una de las más bonitas del país, ya que proyecta el agua desde bajo tierra por un sifón de unos ciento cincuenta o doscientos metros de largo que sube hasta la superficie terrestre para salir de debajo de una pequeña gruta que ella misma ha ido excavando a lo largo de los siglos bajo un gran bloque de piedra calcárea.

Allí, las fuentes como esta son descritas como resurgimientos de tipo valclusiano, haciendo referencia a la surgencia de agua subterránea más importante de Francia, la de Valclusa.

El caso es que el canal subterráneo de la Douix, en su mayor parte, es tan ancho que los holandeses con los que la Biógrafa coincidió iban con el objetivo de entrar en él protegidos con bombonas llenas de una mezcla entre oxígeno, helio y nitrógeno.

Esos gases ayudan a los espeleobuceadores a no caer en la narcosis profunda a la que podría conducirles el descenso por esos caminos acuosos.

Los holandeses calzaban pies de pato, vestían un doble neopreno y, una vez equipados, se dirigían al interior de la gruta que, aunque parecía poco profunda, acababa con un agujero enorme en el suelo del que salía y sale agua sin parar, pacíficamente.

Para los buceadores, ese agujero era una entrada que aprovecha la diáclasis natural de la piedra.

Desde fuera se veía cómo aquellos hombres preparados como para ir a otro planeta eran engullidos por la pequeña cueva.

«Y ¿cómo sabéis el camino? ¿No os da miedo perderos?

», les preguntó, y ellos le contaron que superan la posibilidad de desorientarse con la ayuda de una cadena de hierro que algún otro aficionado a la espeleología subacuática había instalado previamente.

En general, pueden pasar por todas partes.

El punto más estrecho es un pequeño túnel por el que no cabe más de una persona a la vez.

Y solo de vez en cuando se encuentran el paso limitado por pequeños desprendimientos.

Además de todo el pesado y aparatoso equipo, los holandeses también llevaban linternas para combatir la oscuridad y cámaras para registrar la experiencia que después compartirían entre ellos y con la Biógrafa por internet.

Cuando llegasen al fondo de todo, pondrían en la cadena de guía una pieza de plástico en forma de escudo de color naranja, que es el símbolo con el que identifican a su grupo.

La colocarían junto a otra pieza igual, de color verde, que ya fue instalada allí hace un par de años por algunos de ellos.

Y es que cuando ella los encontró, no era la primera vez que venían a explorar esta surgencia.

Ya habían hecho la excursión otras veces y, en alguna ocasión, incluso se habían encontrado con la obligación de abortar la misión porque algunos días el agua sube con tanta fuerza de este manantial, sale con tanta presión, que los escupe fuera, hacia la superficie.

Hay días en que la fuente de origen no quiere dejar entrar a ningún humano.

La Biógrafa mira el agujero de Ter y sabe que por este no pasarían.

Desea ser una pequeña molécula de agua o tan solo un átomo de hidrógeno, y poder nadar hacia el interior del agujero, hacer el viaje en sentido contrario y entrar en la oscuridad de la madre circo glaciar, recorriendo sus caminos internos y sintiendo el frío más grande.

Y allí dentro desearía ver igual que las moléculas, moverse y enlazarse igual que los átomos, que la narcolepsia o quizá las bajas temperaturas la llevasen a cambiar de estado y convertirse en un poco de hielo agarrado entre alguna grieta de un gneis fuerte, grande y aparentemente indestructible, y a la mañana siguiente oír los crac crac de la roca rota dejándose ir.

Quizá solo se desprendería un trocito muy pequeño y lo vería, ella molécula, ella átomo, dejándose llevar por las otras compañeras, embrión de Ter abajo hasta el agujero de luz.