3. Un agujero y un charco
Son casi las dos del mediodía. El cielo está cubriéndose a una altura de unos seis mil u ocho mil metros con un velo suavísimo típico de los cirrostratos.
A pesar de encontrarse tan y tan lejos, todos los cristales de hielo que lo conforman gritan desde allí arriba su noticia: «El tiempo cambiará».
Eso es lo que hacen ese tipo de nubes, aunque la Biógrafa nunca antes lo ha podido sentir.
Quizá porque rara vez se ha encontrado tan arriba y tan cerca de ellas: hoy ha subido hasta unos dos mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, mientras que normalmente se encuentra a unos quinientos.
O tal vez por el hechizo que se ha hecho que, a pesar de tener el objetivo de hacer reconocer a Ter como un ser vivo más de quien se puede narrar la biografía, parece que también esté logrando que muchas otras existencias que nunca antes había podido percibir se manifiesten ahora vivamente.
Y junto con estos mensajes que le llegan y que entiende, también intuye muchos otros que, de momento, permanecen misteriosos, quizá por su propia asemia humana, o quizá porque simplemente hay existencias que prefieren callar.
A ratos esta situación la inquieta un poco porque todavía es muy nueva y, sobre todo, porque no sabe si será capaz de controlarlas y no escucharlas cuando tenga que comunicarse con otro humano.
Desconoce también si tal vez algún otro hombre o mujer oyó el hechizo cuando ella se lo aplicaba y si hay alguien más que ahora percibe la vida como ella.
Además de todas estas voces, se ha dado cuenta de que el tiempo le pasa más lento, o quizá sea ella que vive más poco a poco porque presta atención a muchos estímulos nuevos.
Ahora se puede pasar largos ratos muy quieta, contemplando, escuchando y atendiendo a todos estos seres que se le presentan de formas más o menos sensibles ante ella.
En todo caso, no es en ese preciso instante cuando da vueltas a esas ideas, porque hay una parte de ella que tiene una urgencia.
Ante la nueva que han traído los cristales de hielo de los cirrostratos, el estómago de la Biógrafa se ha impacientado y ha empezado a reclamar un poco de alimento.
Cegada de optimismo, ella le recuerda mentalmente su propósito de comer allí donde encuentren el primer Ter.
Se ha propuesto hacer un tímido y personal pícnic en la fuente en homenaje a esta tierra maternal y a este bebé que nace constantemente.
Y no solo a ellos, sino también a todas las familias que en un pasado, cuando aún eran novios, salían a las fuentes, y a sus amigas del Grup de Defensa del Ter, que anualmente, cada otoño, celebran la vida y el agua organizando un pícnic en una fuente.
A pesar de la estima que les tiene, no les ha comentado nada del hechizo, ni de sus intenciones ni de este viaje que acaba de empezar.
Ya se lo contará más adelante, quizá, si hace falta, si todo va bien.
Su propósito no es activista, o eso piensa en este punto.
No tiene una voluntad de salvar el planeta ni de cambiar nada…
No, no, no… Ella escribe, tiene curiosidad y siempre ha sido vecina de Ter, que pasa por su pueblo.
Y, últimamente, con las ideas que le han llegado de otros países, siente que hay otras gentes que conocen sus ríos de una forma mucho más personal, mucho más cercana de lo que ella ha podido conocer nunca a Ter, a pesar de haber vivido siempre a su lado.
Y es por eso, por este afán curioso, de querer saber cosas de su vida, que se aplicó ese hechizo ahora ya hace unos días.
También fue por esa razón que pensó que escribirle una biografía podría ser una buena manera de documentar lo que va descubriendo a medida que la relación entre ella y Ter va creciendo.
Y, si todavía no se lo ha dicho a ellas, a las chicas del GDT, es porque tal vez todavía no sabe muy bien qué está haciendo ni si tiene algún sentido al fin y al cabo.
Con los picnics, ellas intentan recuperar la tradición casi olvidada de encontrarse en las fuentes.
Lo hacen incluso si estas no manan, están contaminadas o son el hábitat de algunas hadas y otros seres de bosque, de fantasías y de río.
Y hablando de fantasías, la Biógrafa decide impacientar un poco más a su estómago y hacer un pequeño juego de imaginación.
Antes de llegar al famoso agujero que busca, antes de ver el nacimiento de Ter, se lo quiere imaginar y dejarlo por escrito.
De esta manera quizá podrá comprobar si todo lo que ha aprendido hasta ahora, escuchando tantas historias que desconocía, la ha influenciado bien y la ha llevado a entender cómo debe ser este manantial.
Así que cierra los ojos y ve el agujero.
Lo mira bien. Es negro, redondeado y está situado en medio de unas grandes piedras que lo sostienen.
Quizá es uno más de aquellos orificios creados por las lágrimas y el sudor del larguísimo parto litológico de las placas africana y euroasiática que dio a luz a esta cordillera.
O quizá simplemente sea el hijo de los glaciares o de la lluvia.
Sea como sea, de pronto, medio inconsciente, medio despistado, pero empujado por la inercia propia de la vida en la Tierra, salió el Sí.
Y, para sorpresa de todos, en su imaginación, la Biógrafa lo llama Sí porque se imagina el sonido que hace.
El primer sonido que Ter emite. Y oye claramente que fue este.
Un gran Sí, con tanta fuerza como el llanto de un recién nacido, que afirma la vida porque se oxigena todo él, se mezcla con el aire que lo rodea y deja que este le entre dentro, después de haber deformado y disuelto la dura y acogedora musculatura materna.
Es un Sí que explota en la superficie terrestre tras haberse abierto camino desde la oscuridad interior hasta la luz del Sol.
Un Sí de cuerpo blanco, espumoso, porque es agua que salta hacia abajo por el agujero hasta las primeras piedras, donde poco a poco va formando un charco.
Un charco que es otro agujero, más suave y grande, que le marca el camino de bajada.
La Biógrafa se imagina que Sí nació —y todavía nace— así, de manera no muy distinta a la que podemos haber nacido cada uno de nosotros.
Y después de esos momentos de encuentro con la nueva realidad, agarrándose fuerte al cuerpo enorme y redondeado del que ha salido, medio abrazándose, medio mordiéndolo y buscando nutrirse famélico, Sí quizá dejaría de llamarse así y su voz podría empezar a decir «La».
El tono de la determinación, el tono que afirma que esta aquí, que es una. «Soy La»…
El estómago la despierta de ese sueño de mediodía con violencia y un gran gemido que se le retuerce por dentro.
Ella responde abriendo los ojos y caminando por encima de unas piedras especialmente bien puestas.
Marcan una especie de camino llano y amable que se integra en el terreno a la perfección porque está hecho de la misma materia que nos rodea.
Se acerca a un cartel que de lejos parece tener tonalidades verdosas.
Fue instalado por humanos en 2013, dos años antes de que se aprobara el decreto que reconoce las cabeceras de Ter y Freser como parque natural.
Se ocuparon el Consorci del Ter, el Ajuntament de Setcases y Vallter 2000.
Instituciones, estas, que representan algún tipo de autoridad humana sobre este lugar y, ante todo, sobre el nacimiento de Ter.
Y este objeto lo situaron entre los tramos superiores de dos pistas de esquí alpino para avisar a todo el mundo que pase por allí de que en ese punto exacto está la surgencia.
En él también se explican, a grandes rasgos, las características del recorrido de Ter hasta llegar al mar y se apela especialmente al elemento excursionista, anunciándole la posibilidad de recorrer a pie o en bicicleta todo el curso del río por el camino llamado «Ruta del Ter», también conocido como GR-210, desde aquí arriba donde nos encontramos hasta abajo de todo, allí donde está ese mar que se esconde ahora detrás del cartel.
Pocos metros más adelante las mismas piedras que pisamos han sido acumuladas con cuidado unas sobre otras para construir lo que podría ser un pequeñísimo anfiteatro encarado al mar o un banco de forma semicircular.
En medio del semicírculo hay un pequeño charco que queda en la sombra y de él surge un ruido suave, como de agua que se cuela entre piedras.
La Biógrafa se acerca todo lo que puede.
Nada se parece a lo que se había imaginado.
Esta primera voz que ahora escucha no dice ningún «sí» entusiasta y efervescente.
Se agacha para tocar la superficie del charco y entonces ve, debajo de todo, soportando el peso del anfiteatro construido encima de él, un espacio negro que se adentra en esta pared.
Es oscuro y está mojado, y es hijo, quizá, de manos humanas.
No es un agujero pétreo, ni glacial, sino antrópico.
Todo el presente construido a nuestro alrededor intenta convencernos de que es de este agujero de donde empezó a salir, de repente —y aquí decimos «de repente» porque la Biógrafa no ha averiguado realmente cuál fue el momento preciso, no ha encontrado documentada la fecha exacta en ningún lugar de forma fidedigna—, este pequeño charco.
La Biógrafa lo contempla y se siente decepcionada.
Tal vez se sentiría mejor si supiese que no es la primera vez que alguien llega aquí y se desilusiona.
Ya han sido muchas las criaturas que, al hacer una salida escolar hacia el nacimiento de Ter, se imaginaban una cosa y se encuentran con otra.