El Ter: una biografía 2. El valle #4
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2. El valle #4

Desde el extremo izquierdo, los hermanos Gra de Fajol Gran y Petit se sitúan históricamente.

Según ellos, y también según los geólogos partidarios de la teoría poliglaciarista, el continente europeo habría vivido cuatro grandes glaciaciones a lo largo de los últimos 1,2 millones de años.

Parecería que los glaciares del Pirineo Oriental que tuvieron impacto sobre el relieve montañoso que vemos hoy, se formaron al final de la glaciación de Würm, la cuarta de esas grandes glaciaciones.

Eso nos hace saltar hasta alrededor del año 11.

000 AP. En otros puntos del Pirineo más central y occidental, los glaciares pudieron mantenerse hasta la hermana menor de las edades glaciales, la llamada «pequeña edad de hielo».

Pequeña porque, a diferencia de sus hermanas, ella no duraría millones de años, sino solo unos cuatro siglos.

Asimismo, aquí, todo apuntaría a que la joven de la familia no provocó ningún glaciar.

Las que modelaron este lugar que la Biógrafa divisa lentamente con vista panorámica fueron las de la «glaciación de Würm», también llamada simplemente «edad de hielo», y que duró desde el 110.

000 AP hasta el 11.650 AP, y que llegó a su punto culminante hace veinte mil años.

Y ahora, todos los hermanos montañosos recuerdan que, en aquel momento, Amor, que ya hacía un tiempo que veía cómo los hijos pétreos pirenaicos iban madurando, empezó a manifestarse de nuevo, esta vez pegando fuerte un montón de capas de hielo y nieve durísimas y gruesas a toda piedra, roca, granito de arena o partícula de vete a saber qué que pudiese haber en las cimas y partes superiores de las faldas de la cordillera pirenaica.

Todo este material transportado lentamente y depositado por los glaciares se amontonaba en algunas zonas, formando esos volúmenes que los humanos reconocemos como morrenas.

La familia pirenaica tiene muchas ganas de seguir contando con todo detalle el porqué de sus formas —no están acostumbradas a que los humanos las escuchen—, pero el suelo se acerca a los pies de la Biógrafa indicando que el telesilla ha llegado a su fin.

Da un saltito ágil y la recibe la puerta cerrada de la cafetería de Les Marmotes y un balcón con vistas: en primer plano, las pistas, y al fondo, el mar.

Recuerda que el telesilla se ha puesto en marcha por arte de magia y no porque estuviese funcionando con normalidad.

La Biógrafa se pregunta si este mismo conjuro es el que le hace escuchar las voces de tantas criaturas y que, al fijarse, resulta que le hablan.

Lo curioso es que algunas voces le llegan pero otras no, de manera que todavía no entiende la lógica de estas magias que tan temerariamente se aplicó y que la afectan.

No sabe tampoco hasta cuándo le durarán.

Pero de momento celebra que no le lleguen a la vez las voces de todas las existencias que percibe, porque sería un buen follón en medio de este lugar que, por otra parte, parece bastante silencioso.

Aunque es 1 de enero, casi no hay nieve.

Las pistas de esquí presentan un color amarillo seco y el cielo es tan claro que, al mirar a lo lejos, el horizonte indica claramente dónde está el Mediterráneo.

El sol lo hace brillar y se ven algunos puntitos que quizá sean las barcas de los pescadores de l’Estartit y Pals.

Este mar se ve a través de una gran V y de muchas hermanas gemelas suyas que se abren paso entre las cordilleras y montañas que hay por delante.

Unas V que quizá fueron escritas por Ter a lo largo de milenios, desde su existencia glacial hasta hoy.

Y aquí la Biógrafa se emociona. Se emociona porque había tenido grandes dudas sobre cómo empezar esta biografía; sobre si tenía sentido iniciar el relato hablando del lugar donde este río nace según los humanos.

En la práctica, ¿seguro que Ter nace exactamente en este lugar?

¿No podríamos decir también que nace cuando muchas gotitas de lluvia se precipitan sobre alguna zona cerca de aquí, y que estas se filtran a través de las grietas del suelo y acaban saliendo allí donde los humanos decimos que nace?

Y, si fuese así, ¿no pasaría que Ter también es estas aguas de escorrentía que van bajo tierra vete tú a saber durante cuánto trozo hasta que, al final, salen en un punto donde son visibles para nosotros?

Estas preguntas pierden sentido cuando la Biógrafa piensa de nuevo en los nacimientos y piensa también en las gestaciones.

Es como si las nubes gestasen la lluvia que, al caer, entra en la tierra y esta, a su vez, gesta una corriente de agua hasta que sale a la superficie por donde habitamos los humanos.

Una vez fuera del cuerpo materno, el río corre libre y marca las formas de su madre o, como mínimo, de una de ellas.

Y, desde aquí arriba, la partera le da a luz y le ve el fin o, al menos, la que románticamente pensaríamos que es la última transformación; allí donde se vuelve mar.

Con este tono emocionado, idílico y un punto ingenuo, la Biógrafa observa todo lo que tiene delante.

No recuerda lo que ha leído antes, en el decreto de este parque natural, sobre el hecho de que la cuenca de Ter es la «proveedora de agua de abastecimiento urbano en todo el nordeste del país y la zona metropolitana de Barcelona».

No, no piensa todavía en las múltiples transformaciones que tendrá Ter a lo largo de su camino, ni en los lugares lejanos a los que, por efecto humano, podrá llegar.

Si decidir por dónde empezar a narrar la vida de Ter le ha traído ya algunos momentos de inquietud, no se puede imaginar todavía las dudas que la inundarán cuando quiera abordar la vida del tramo más bajo de Ter.

Pero ahora está contenta y convencida de que encontrará la manera de hacerlo.

Siente que está en el sitio que toca y está satisfecha de haber hecho caso a las olas de la Bardissa torellonense.

Confía en la vida, deja Les Marmotes y, siguiendo el plano y la señal que indica que el nacimiento de Ter es hacia el otro lado de unas pistas, se encamina con paso alegre, firme y tranquilo.

Ni los rebecos corren ningún riesgo de ser disparados, ni ella de ser atropellada por ningún esquiador.