2. El valle #3
Desde el punto más bajo de la estación, la Biógrafa contempla toda esta área que, con suerte, debe de ser la más derecha de todas las que recorrerá Ter a lo largo de su vida.
Debe de bajar por aquí saltando rápido entre una piedra y otra, dejándose llevar por todos esos desniveles animado por la gravedad.
Como todos los valles, este es una gran V.
Las aguas, en su estado salvaje, buscan la vaguada.
Es decir, el punto más bajo. Un punto que, a veces, se esconde bajo pedriscos y vegetación.
Pero las aguas siempre lo encuentran y lo afilan poco a poco.
La Biógrafa recorre con la mirada todos los bajantes de estas montañas, busca Ter y no lo encuentra por ningún lado.
Aún no sabe que, este año que acaba de empezar, no será la única persona preocupada por encontrar a Ter.
Apenas lloverá casi nada en ningún punto de la cuenca y la población humana vivirá bajo la amenaza de entrar en un plan de emergencia por sequía que supondrá una reducción de las cantidades de agua que utilizan.
En algunas poblaciones incluso habrá que hacer llegar camiones cisterna llenos para asegurar el suministro de agua de boca a sus habitantes.
Tampoco se imagina que a finales de año, cuando se acerque la próxima temporada de esquí, se volverán a activar los cañones para producir nieve artificial y, por los mismos medios en que se proclama la emergencia de sequía, también se anunciarán las pistas de esquí y sus actividades invernales relacionadas con la nieve.
Unos dirán que esta nieve se hace con agua recogida en unas balsas privadas y aisladas de la red de agua potable.
Afirmarán que «No se gasta ni un litro, ni un solo litro de agua de beber, ni esta agua podría ser utilizada para nada más si se volviera a echar a la red».
[14] Otros responderán denunciando estas balsas como formas de retención de agua para unos intereses particulares y no generales.
En estas circunstancias nacerá el Laboratorio de la Nieve, donde científicos y empresarios utilizarán minerales del grupo de los feldespatos, abundantes en la cordillera pirenaica, para generar nieve artificial de una manera más «sostenible» [15] que antes.
Es decir, consumiendo menos energía en el proceso de producción de esta nieve.
A pesar de que eso animará a centenares de familias a coger el coche para desplazarse hasta las pistas de esquí, se publicitarán las estaciones de deportes de invierno como una muestra de estructura verde y sostenible a nivel medioambiental, energético y económico.
También habrá quien lo ponga en duda, claro.
En todo caso, la Biógrafa todavía no sabe nada de todo eso porque, de hecho, mientras ella está sentada en el telesilla parado de Vallter 2000, aún no ha pasado ninguna de esas cosas.
De hecho, se recuerda a sí misma que el objetivo de venir hasta aquí era el de encontrar el agujero de donde sale el primer cuerpo reconocible como Ter.
Podría subir caminando por las pistas, pero le espera un largo viaje, así que prefiere reservar energías para más adelante.
Disfrutando de los efectos del conjuro al que se ha sometido, decide valerse del encantamiento para pedir por favor a los chirridos que tanto charlaban antes que la ayuden a llegar hasta arriba.
«¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…!», exclaman sin parar.
Quizá sea porque hipnotizan a la Biógrafa con tanta repetición o porque la enérgica y sonora cadencia realmente enciende la máquina, pero cuando se da cuenta ya está a unos diez metros de altura, y pronto más arriba, con las piernas colgando, sostenida por un cable elevado en toda una serie de torres metálicas.
Cada vez que llega a una torre, los cables se tambalean un poco e informan: «Te llevamos a Les Marmotes, ya queda menos para Les Marmotes».
Sabe, porque lo ve en el mapa, que Les Marmotes no es otra cosa que la cafetería que corona la cima del telesilla.
Durante el ascenso sobrevuela vacas que pacen, pistas de esquí peladas, rocas, rocas y más rocas, algunos pinos negros y puntuales abetos blancos.
Pero ninguna marmota. Las formas sinuosas del relieve montañoso de este circo glacial que se transforma en valle y todas las morrenas que, conforme cogemos altura, se ponen cada vez mejor, cuentan que ellas son de tipo «glacial» y «periglacial»; es decir, que fue el agua congelada en forma de grandes glaciares lo que las modeló.
«Y ¿cómo pasó?», se pregunta la Biógrafa mientras observa todos los volúmenes rocosos y vegetales y todas las pendientes fuertes que hay por debajo de ella.
Sin pensárselo ni un momento y mirando fijamente a la Biógrafa, el pic de Bastiments se presenta como uno de los hijos más interesados en la anatomía y el funcionamiento de los cuerpos geológicos.
Ahora adopta un aire técnico y responde, agudo, que «con la edad que tengo he podido conocer algunos glaciares de esta zona y puedo asegurarte, no solo por lo que he visto y oído en mi propio cuerpo, sino también por lo que me han contado ellos mismos, que entiendo perfectamente su lógica».
Empieza una clase magistral en que cuenta que los glaciares, cuando reciben el calor del sol, puede ser que se derritan un poco, de manera que esa agua tiene los átomos de oxígeno e hidrógeno muy juntos, y muchos se pueden filtrar a través de las grietas y entre medio de todas las piedras que pueda haber debajo.
Cuando de noche bajan las temperaturas, los átomos de esa agua se separan para ordenarse con actitud casi militar en estructuras cristalinas.
Entonces parecen un ejército practicando diferentes formaciones de defensa contra la oscuridad y el frío nocturno.
Entre las formas más habituales que exhiben los cristales de hielo del agua congelada, están las famosas dendritas estelares, formadas a partir de un hexágono de cuyas puntas salen brazos que acaban dando al cristal una apariencia del típico copo de nieve de los dibujos animados o de las decoraciones navideñas.
También son conocidas las columnas, que se presentan alargadas y con los extremos planos, representando bien lo que les da nombre.
A veces esas columnas se apilan unas sobre otras y pueden construir pilares de hielo.
Otro caso de estas diminutas formaciones es aquel en el que cada cristal parece un plato plano pequeñísimo de seis lados que, al acumularse, dan a la capa de hielo un aspecto brillante.
Y, por último, el que resulta más espectacular de todos es el caso de los cristales de aguja que, como su nombre indica, parecen agujitas que se alinean de manera paralela al suelo y que resultan, dicen, del todo maravillosas cuando les da la luz del sol, por no hablar del momento en que les llega la luz de la luna.
Toda esta fascinante variedad de cristales es la que pueden presentar las moléculas del agua según la temperatura y la humedad que encuentren en el ambiente.
Y todo eso se traduce en el hecho de que el agua, al construir mediante su congelación estas formaciones totalmente sólidas, gana volumen y empieza a aplicar presión en todo lo que tiene alrededor.
Sus ejércitos son fuertes y aprietan contra los materiales que los rodean, creando nuevas fisuras en aquellos que son más blandos.
Cuando llega el momento en que esta agua vuelve a deshacerse es como si sus átomos se relajasen, los ejércitos descansasen, dejasen de hacer gala de sus formaciones cristalinas y las moléculas se juntaran de forma más desordenada e informal entre ellas.
«Entonces el agua arrastra consigo por donde puede, siempre por la pendiente más fuerte o por el camino más fácil (llámalo como quieras), todo el material posible —añade Bastiments—.
¡Y mira! ¡Míranos a nosotros, qué laderas tan derechas tenemos!
Ya te imaginarás la rapidez con que bajan las aguas líquidas y la fuerza que cogen, ¡se nos llevan muchas partes!
Poco a poco, todas las aguas nos van gastando.
Pero es cierto que pocos fenómenos son tan abrasivos como los glaciares».
Por eso, por el paso firme de todos estos ejércitos, son característicos los relieves montañosos suaves y redondeados como el coll de la Marrana en las zonas deformadas por esos lentos ríos gélidos, porque el glaciar ha sido como una manta pesada y abrasiva, calmada y fuerte a partes iguales.
Esta manta de erosión sucesiva podía llegar incluso a formar agujeros muy grandes y no necesariamente profundos que, en el deshielo, quedaban llenos de agua y ahora son pequeños lagos.
Los parientes aragoneses los llaman ibons , pero, que Bastiments sepa, ni en catalán ni en castellano se les ha puesto ningún nombre concreto.
La Biógrafa se imagina grandes nevadas que provocaron el nacimiento de aquellos glaciares, pero lo cierto es que no, apunta ahora el pic de la Dona, más interesada en la meteorología.
Ella informa de que en ese tiempo no es que nevara mucho, quizá sí un poco más que ahora, pero que la madre más clara de los glaciares fue la baja temperatura.
Aunque los días eran soleados, ningún termómetro humano habría pasado por encima del cero en temporadas larguísimas.
Incluso los veranos eran gélidos. «El clima era árido, pero glacial.
Aunque no había humedad, de inmediato la poca que había se helaba y hacía crecer los glaciares, que se movían, con sus estructuras cristalinas, lentísimamente», afirma la Dona