2. El valle
La Biógrafa recorre la línea verde que representa a Ter.
La raya pasa por los refugios de Ulldeter y se transforma más bien en una única línea azul, finísima y corta, que sale de la estación de esquí y se desvía por la montaña pintada de verde hasta el pie del pico de Bastiments.
Esta es la manera como aparece Ter en este mapa: oculto por una carretera, bordeado por un sendero y acogido por un parque natural.
Vuelve a observar el plano y se intenta ubicar.
Claramente se encuentra lejos de Barcelona, que queda fuera del mapa.
Intuye que debe de encontrarse en el lugar marcado con una P blanca dentro de un cuadrado azul y que quiere llegar al punto exacto donde la línea de Ter empieza a ser azul.
De allí, intentará subir hasta el lugar donde empieza la línea.
Seguro que es allí donde está el agujero del que le hablaron las suaves olas que había sobre el barro de la Bardissa torellonense.
Mira el cielo, no hay ninguna nube. Ojalá pudiese ser una partícula de polvo en suspensión que empujada por las corrientes de aire acabara llegando a lo alto de las montañas y allí, donde las temperaturas son más bajas y a veces se condensa el aire y deja caer todas las bolsas de agua helada que llevaba, allí se dejaría caer ella también.
Así, sin ningún tipo de esfuerzo, podría seguir el curso del agua y esta la llevaría —¡seguro!
— fácilmente al agujero que está buscando.
Pero eso no pasa, ella es humana y su cuerpo pisa el asfalto y camina entre los coches.
En aquellos años se abrieron más pistas esquiables, que son cruzadas, cuando les parece que no los ve nadie, por rebecos, cada vez más acostumbrados a la presencia de humanos vestidos con colores chillones.
En este momento no vemos a ninguno, pero de ser así seguro que nos podrían hablar de los cambios en la indumentaria de las gentes que recorren estos parajes.
Y es que seguro que muchos de los que viven por estos territorios han tenido que acostumbrarse a reconocer las tonalidades y los movimientos del peligro.
La dictadura franquista también afectó a los rebecos.
En 1966 se vieron mencionados, junto con los urogallos y los jabalíes, en la hoy todavía vigente «Ley 37/1966, de 31 de mayo, sobre la creación de Reservas Nacionales de Caza», firmada por Francisco Franco.
Ese texto está dedicado a señalar los núcleos de «excepcionales posibilidades cinegéticas» y a ordenar una serie de medidas para la conservación y el fomento de especies, según la ley, «tan características de la fauna ibérica como son la cabra montés, el rebeco, el corzo, el oso, el urogallo y otras».
Como toda ley, esta también tiene una serie de artículos que explican exactamente cómo se aplica, como si fuese una receta de cocina.
Así, en el primero, se dice que se crean las «Reservas Nacionales de Caza», entre las que encontramos la del «Fresser y Setcasas (Gerona)», cuyos límites están descritos en el documento de anexos con tanta precisión como las palabras permiten.
Si vamos a buscarlo, porque queremos saber por qué zonas los rebecos, que quizá de vez en cuando se acercan a beber agua del primer Ter, son susceptibles de ser presas de caza y por qué otras se pueden relajar, nos encontramos con el texto que se reproduce a continuación.
La Biógrafa ha decidido presentarlo aquí con exactitud porque, con tanta subordinación sintáctica como hay, podría llegar al punto de ser considerado poesía conceptual.
Dice, pues, que la «Reserva Nacional de Fresser y Setcasas» queda delimitada al norte por la frontera francesa, desde Finestrelles hasta la línea de términos de Setcases y Molló, y al este por:
La línea de términos antes citada a la de Llanás; la de Setcasas y Llanás hasta Vilallonga de Ter; la de Setcasas y Vilallonga de Ter hasta el río Ter; este río hasta la riera del Catllar; esta riera hasta el Clot de Plató; este Clot hasta la divisoria de aguas que baja del pico de Castell del Mozo hacia Tragurá; esta divisoria hasta el nacimiento del barranco de Patet; este barranco, pasando por la Font Sana y continuando por él al Oeste del pueblo de Tragurá de Abajo, hasta la riera de Tragurá, subiendo después por la divisoria de aguas que termina frente a la desembocadura del barranco de Patet al límite entre las fincas particulares y el monte público número 51 de Gerona, situado al Oeste de aquéllas, siguiendo este límite hasta el barranco que baja de la ermita de San Bernabé, subiendo hasta dicha ermita y al pico de San Sió, para bajar por el barranco que nace en este pico y llega a la riera de Avella. [13] [*]
¿Quién debió de ser el primer humano que puso nombre a un lugar?
¿Cuál fue el primer lugar que recibió un nombre?
¿Cuál fue el primer topónimo? ¿Debió de dar nombre a una montaña?
¿O quizá a un valle rocoso con un generoso río que lo cruzaba y una cueva escondida?
Hace tiempo que el mundo está lleno de espacios con nombre; así nos ponemos de acuerdo, sabemos dónde encontrarnos y también dónde no debemos ir.
¿Es posible que eso sea una evolución más de nuestra animalidad?
Quizá sí y quizá no. Pero lo que está claro es que hay algunos lugares a los que ciertos animales no han dejado de ir nunca.
De alguna manera se lo deben de comunicar entre ellos, y por algún motivo será.
En algunos casos, ese motivo es el agua.
Así pasa, desde hace siglos, en el Parque Arqueológico de Arte Rupestre de Campo Lameiro, en Galicia.
Hace más de cuatro mil años, los humanos neolíticos que vivían por aquella zona grabaron en las rocas una serie de dibujos de cuerpos de ciervos, todos ellos mirando en la misma dirección, junto con otros símbolos geométricos como círculos y espirales.
Intrigados por el significado de aquellos petroglifos, los arqueólogos contemporáneos han elaborado a lo largo de los años toda una serie de hipótesis.
El caso es que hay quien se ha dado cuenta recientemente de que los caballos salvajes que habitan por esos terrenos siguen las rocas, como si estas marcasen un itinerario que los lleva hasta un curso de agua que hay más abajo.
Sería posible que hace cuatro milenios no fuesen caballos sino ciervos los que también iban a beber de esas aguas.
Aunque no pueden comunicárselo entre ellos por la distancia temporal, sus sentidos les permiten descifrar los caminos que deben recorrer para ir a encontrar el buen lugar para beber al que ya iban sus antepasados.
Sería divertido pensar que los dibujos hechos por los humanos en las rocas los han ayudado a mantener esa ruta, pero lo más probable es que, en todo caso, sea a nosotros a los que nos han permitido entender que esos comportamientos animales son milenarios y esenciales.
Es posible que los caballos y los ciervos no hablen de Campo Lameiro; quizá sea el agua de allí abajo que, de alguna forma, los llame.
Que hubiese humanos viviendo por aquellas tierras debe de significar que, en algún momento, nosotros también supimos tener esos sentidos que nos permitían percibir el reclamo de las aguas.
Más tarde nuestros dibujos se fusionaron con los sonidos que hacíamos, desarrollamos la escritura y también empezamos a poner límites entre tierras, primero sobre piedras y después sobre papel, con palabras y con líneas de colores.
Los topónimos son palabras que llevan implícitas unas fronteras sobre unos espacios.
Si pensamos en el caso de Campo Lameiro, quizá podamos imaginarnos fácilmente que alguno de aquellos primeros símbolos, alguna de aquellas primeras palabras, nos servían para señalar el agua, sus formas y sus recorridos.
La escritura nos ha llevado a redactar leyes donde todos estos nombres aparecen, donde se marcan sus límites y donde se dice qué se puede hacer y qué no.
Con estas leyes pasan varias cosas. Una de ellas es que, a veces, con el tiempo, los topónimos desaparecen, se olvidan o se transforman.
Otras veces es la tierra lo que cambia: nacen nuevas montañas y mueren rieras, se crean nuevas islas y algunos estanques desaparecen.
Y ahora, casi sesenta años después de la ley de las reservas nacionales de caza de Franco, la Biógrafa lee el texto, mira el mapa actual y hay emplazamientos que no encuentra.
No sabe dónde está el «barranco de Patet», ni el «pico de San Sió», ni el «Clot de Plató» (aunque podría ser el Clot de Pletó).
Las palabras, como los lugares y como todo lo vivo, se transforman.
Otra de las cosas que ocurren con las leyes es que solo las entienden los humanos que saben leer ese lenguaje, aunque también afecten a los rebecos, a los jabalíes y a los urogallos.
Se ve en la ley del 1966, por ejemplo, donde se señalan a esos animales entre las especies de interés cinegético de la Reserva Nacional de Caza de Freser y Setcases.
Pero ¿cómo se traduce todo eso al lenguaje de los rebecos, de los jabalíes y de los urogallos?
¿Cómo se enteran esos animales de la ley?
¿Cómo sabe un rebeco que si, de pronto, va a beber agua entre la riera de Catllar y el Clot de Pletó se encuentra dentro de una Reserva Nacional de Caza y también dentro de un Parque Natural y que tiene más puntos de ser disparado por un cazador que si sigue la riera un poco más hacia abajo, hasta pasada la ermita de Santa Maria del Catllar, donde se encuentra con Ter?