El Ter: una biografía 1. Al principio, #4
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1. Al principio, #4

Cada vez más especies de seres vivos iban ganándole terreno al planeta, tanto en el medio submarino como en el terrestre.

Dejaron restos de sus cuerpos en lugares como, por ejemplo, el canal marino bastante profundo entre Iberia y la placa europea conocido también como Surco Pirenaico y formado por una distensión de la falla norte-pirenaica.

Iberia y la placa euroasiática quedaban allí separadas por aquel pequeño mar en el que vivieron, entre otros, los ammonites, unos antiguos tatarabuelos de los actuales caracoles marinos, muchos de los cuales quedaron fosilizados en el fondo de ese canal.

Las lluvias bajaban por las montañas de Iberia y se convertían en ríos que animaban a las rocas a bajar con ellos por aquellas laderas: unos toboganes terrestres hasta el mar.

Eso implicó un desplazamiento de todos esos descendientes de piedras montañosas que, pequeños y convertidos en comunidades multitudinarias de arenas de todo tipo, se acumulaban bajo el mar de Tetis, en las costas orientales de Iberia.

Un caso especialmente relevante por su elevada presencia es el de las calcáreas, que se acumularon unas sobre otras en llanuras submarinas que restaban profundidad al mar.

En aquella Iberia jurásica vivieron, entre bosques de coníferas y helechos cruzados por ríos tranquilos, costas suaves de playas de arena y deltas, los destacables saurópodos, que caminaron invisiblemente hasta el presente, llegando con sus huellas en forma de extraños agujeros a una tierra que había sido una llanura fluvial hace ciento sesenta y cinco millones de años.

Y es aquí, sí, entre ammonites del Surco Pirenaico y saurópodos de Fumanya, en un lapso de tiempo que, explicado así, puede parecer que fuese rápido, pero que en total casi duró unos cien millones de años, donde empiezan a suceder hechos que es posible que definan, por poco y sutilmente que lo hagan, algunos de los rasgos característicos de Ter. ¿Por qué?

Pues porque a mediados del Cretácico Superior, Amor, Odio y las otras cosas que se nos escapan volvieron a manifestarse haciendo converger las placas africana y euroasiática.

Entre otras consecuencias, eso provocó que la falla norpirenaica, que había estado descansando bajo el agua tranquila de los ammonites, empezara a comprimirse.

De esos acercamientos salieron otras fallas más pequeñas.

Todas ellas eran hijas de Amor y Odio, que actuaban entre dos placas tectónicas, chocando muy poco a poco; de manera especialmente lenta si comparamos la velocidad de ese choque con una pasión humana, pero no hay duda de que extraordinariamente rápida si la valoramos desde un punto de vista galáctico.

El choque del que hablamos es una anécdota dentro de la historia del universo, como lo son los relatos de nuestras propias concepciones.

En todo caso, para la vida que se contará aquí, ese momento de pasión desenfrenada, más allá de que podamos juzgar si fue rápido o lento, fue muy importante.

Para empezar, toda la placa ibérica vio nacer montañas que tomaban altura sobre el nivel del mar.

El Surco Pirenaico emergió de debajo de las aguas.

Esas dos existencias abismales —las dos placas tectónicas, la africana y la euroasiática—, adoptaron la forma, en su punto de encuentro, de cordillera montañosa a la que los humanos hemos llamado Pirineos, y allí se engendraron incontables hijos e hijas litológicos.

Los primeros en nacer fueron los más cercanos al golfo de Vizcaya y después llegaron aquellos más orientales, los mediterráneos.

Un parto de sesenta millones de años de duración, en medio del cual aparecieron cuencas de ríos como el Ebro, que conectaba el océano Atlántico con el Mediterráneo, y en el que habitaban, entre otros, el pez sierra ( Mesopristis osonensis ).

En gran parte, las tierras por las que pasaría Ter todavía estaban bajo el agua, pero poco a poco iban emergiendo.

El clima era tropical, la flora abundaba gracias a las lluvias generosas y casi constantes, proporcionando alimento a los pequeños y grandes herbívoros, como los saurópodos de antes.

Quizá fuese el sudor de la madre parturienta lo que hizo que el clima se volviese cada vez más cálido, hasta que, sesenta y cinco millones de años antes del presente (a partir de ahora AP), un asteroide atraído por tanta fuerza amorosa chocó contra la Tierra, provocando un invierno de treinta días y quizá más que cubrió el planeta con una fina capa de sedimento cargado de iridio metálico y que también puso fin a los dinosaurios.

Ese hecho liberó a todos los otros seres esmirriados —solo sobrevivieron los de menos de veinticinco kilos— de los terroríficos depredadores.

A la vez, generaciones y generaciones de peces sierra morían en las playas poco profundas de la cuenca ebrense, dejando que sus esqueletos se fosilizasen o, simplemente, se convirtieran en esta tierra calcárea que vemos ahora.

El larguísimo parto petrológico de las placas africana y euroasiática no se interrumpió por tal anécdota —¿qué son treinta días y una nueva extinción masiva para un alumbramiento tectónico de más de cincuenta millones de años?

— y dio lugar a una camada de picos, valles, cerros, barrancos y otros seres de tipo litológico.

Algunos de ellos fueron fuertes como el granito, quebradizos como la pizarra, brillantes y místicos como el cuarzo, avariciosos como la pirita, elegantes y sofisticados como el mármol y flexibles y adaptables como la arcilla.

También hubo alguno de los más jovencitos que se mostraba más viscoso, como la marga antes de quedar cocida, y algún otro traidor, como esta misma cuando ya es vieja.

Podríamos pensar que después de eso llegaron las lágrimas del agotamiento, la alegría, la rabia o el esfuerzo de ser parte de una familia geológica tan grande.

Pero quizá simplemente fue la lluvia la que llegó.

Una lluvia que les cayó por la cara, les patinó por la piel de sus cuerpos variados, sinuosos, cambiantes, inalcanzables.

Eso ocurrió, en buena medida, en medio de la edad de hielo que dio lugar a la glaciación antártica.

Por eso podemos imaginarnos que, quizá, esas gotas se congelaron formando los glaciares que fueron tapando, cual mantas para abrigar a la pequeña criatura, parte de esa cordillera recién nacida.

Quizá eran los llantos de Amor y de Odio, o quizá eran los efectos de la evaporación, la condensación y la congelación de las aguas del planeta los que fueron permeando en las vidas de todos aquellos hijos e hijas innombrables.

Como en toda camada numerosa, algunos desaparecieron, adquiriendo formas extremadamente pequeñas o directamente transformándose en otras vidas.

Otros resistieron, aún viven hoy en día, y sus cuerpos ahora tienen agujeros.

«Agujeros, algunos, del ancho del dedo índice de un humano adulto acostumbrado a trabajar con las manos.

Y, si vas hacia allí arriba, podrás ver el lugar de donde venimos algunas de nosotras y podrás poner el dedo dentro del agujero», dicen animadamente las suaves olas que se dibujan en el barro de las orillas.

Pocos metros después reciben a las del Ges con ganas de contarles su viaje —se les ve— y hablarles de todos los otros afluentes que han conocido antes.

Todo eso sucede en la zona torellonense de la Bardissa, donde este día la Biógrafa recuerda la primera pregunta que, con sensación extraña, hizo a Ter después de someterse al hechizo; lo miró y le dijo: «Y ahora que ya veo que estás tan vivo como yo, ¿qué?

¿Por dónde empezamos?». Y se da cuenta de que a pesar de no haber sabido reconocer en Ter ninguna voz, muchas otras existencias se le han presentado para ofrecerle respuestas o, como mínimo, comentarios a las preguntas que ella se hacía.

Con todo, comprende que, si bien tenía dudas sobre cómo empezar, la primera parte de su narración de la vida de Ter ya está hecha.

Y es que la vida parece ser así; mientras te decides hacia dónde ir, ella va pasando.

Relee este principio, lo acepta y decide dejar su pueblo, se abriga bien, porque acaba de empezar el invierno, y nos propone encaminarnos hacia el noroeste, aguas arriba, a buscar el agujero del que hablan las olas.