1. Al principio, #3
Y pese a eso, pese a los principios dialogados, pese a las teorías sobre Amor y Odio, todavía hay algo que deja inquieta a la Biógrafa.
Sentada sobre el canto rodado pensador, ve la explanada de plátanos.
Todo es naranja, las hojas caen poco a poco.
En este punto, las aguas del Ges bajan tranquilas, y cuentan algo al pasar entre las piedras grandes como las cabezas de las vacas adultas que hay en algunas partes de su glera.
¿Qué os contáis, aguas? Y ellas, sin inmutarse, mantienen la misma cháchara.
La Biógrafa cuelga una hamaca entre el tronco oscuro de un fresno y el cuerpo blanco de corteza pelada de un plátano.
Se tumba en ella y mira hacia arriba, su vista va de una rama a otra, de una hoja a otra, de un árbol a otro.
Todos ellos tienen las ramas orientadas hacia el sudeste.
Algunas de las hojas, las más altas, están inmóviles.
Otras parecen saludar empujadas por el viento.
De vez en cuando, cruzan el cielo del fondo algunas palomas torcaces y, de un tronco a otro, conversan esos pajarillos llamados mitos.
Mientras tanto, Ges no calla. La Biógrafa lo escucha atentamente y no lo entiende.
¿Cómo se llama este lenguaje? ¿De qué palabras carece nuestro vocabulario?
¿Cómo nombramos lo que no sabemos, lo que permanece misterioso?
Está muy claro que la teoría de Amor y Odio como fuerzas fundadoras del todo nos puede convencer, pero ¿no podríamos asumir que hay algunas cosas más para las que, simplemente, no tenemos nombre?
Hay existencias que se manifiestan de formas asémicas, es decir, mediante lenguajes no humanos, para los que no tenemos traducción y que, justo por eso, a menudo nos pasan por alto.
La Biógrafa se da cuenta de que no tenemos la costumbre de reconocer como lenguaje esas expresiones que proceden de seres o existencias a los que no consideramos inteligentes.
Y parece que es aquí donde la Biógrafa se percata de que ella, y puede que muchos otros de su tipo, sufrimos una fuerte asemia; nos resulta imposible entender y articular signos, símbolos y otras formas expresivas procedentes, en especial, de los seres no humanos.
Ante eso la Biógrafa intenta hacer un listado de todas las manifestaciones que ha percibido en poco rato: la verbosidad del Ges, la conversación de esos pajarillos que son los mitos, la dirección del tronco de algunos árboles y de algunas ramas, los cambios en el olor de las plantas, el baile de los rayos de sol filtrándose entre la hojarasca, la presencia escondida de las raíces en la oscuridad subterránea, la aparición aparentemente espontánea de algunas plantas verdes en algunos lugares en concreto y no en otros, las diferentes formas de las hojas y su transformación cromática, el redondeo de los cantos rodados y su disposición, los trazados dibujados por el agua en las losas que forman el lecho del río, los colores de las aguas y lo que reflejan, la caída de la luz, los animales que no vemos, los dibujos de las hojas acumuladas sobre la superficie de Ges…
¿Cómo entender todo eso? ¿Es realmente necesario? ¿O tal vez bastaría con asumir la grave asemia personal y aceptar, sin necesidad de descifrarlo ni de ponerle palabras y lógicas humanas, que todo lo que existe está vivo y se manifiesta por más que lo haga de formas indescifrables?
Asumiendo esta condición, la Biógrafa cierra los ojos mientras se pone el sol y ve a una persona de espaldas bajo los plátanos de sombra a unos cincuenta metros, cerca del Ges.
Tiene el torso descubierto y está de cara a los últimos rayos de luz.
Está absolutamente quieta y silenciosa. En un momento dado parece que fume, en otros murmura alguna melodía lejana.
No se podría decir si medita o si simplemente se entrega a los misterios de este lugar.
[11] La Biógrafa pierde la cuenta de cuántos días y cuántas noches pasan.
Cuando finalmente abre los ojos, salta de la hamaca y se atreve a acercársele, el humano desaparece y lo único que encuentra en el lugar donde estaba son algunas cenizas sobre las hojas húmedas y, un poco más adelante, el hueso pélvico de una oveja que debió de morir hace pocos días.
Hace frío. Recoge y se va, todavía más dudosa del número de principios que podría tener esta historia.
Habitar la duda. Reconocer la incertidumbre y no querer penetrarla también es una posición.
Así pues, una vez que se ha aclarado el tema de si esta historia tiene un principio, dos o unos cuantos, y una vez que la Biógrafa ha aceptado ya que no solo las fuerzas de Amor y Odio, sino también lo impronunciable, son ancestros, camina por la orilla del Ges, deja Sant Pere, ve los caballos de la Hípica d’en Manubens, pasa por debajo del puente de Malianta y entra así en Torelló, donde pisando ya el asfalto y viendo el río flanqueado por unos altos muros de cemento en los que alguien escribió el lamento « GES , QUÉ TRISTE FINAL », llega por fin al lugar donde el río de Sant Pere se encuentra con Ter y se disuelve en él.
Allí, donde ambos ríos dibujan una V y se termina la tierra superficial, hay un monumento a la afluencia; una piedra grande parecida a un extraño menhir de marga azul que quizá quedó colocado aquí al iniciarse el primer encuentro entre Ges y Ter.
«Un momento lejano», dicen las raíces del aliso y de otras plantas que, desde hace tiempo, han ido abrazando el monolito accidental.
La Biógrafa observa bien la piedra y, al tocarla, le nota un sinfín de marcas que tanto podrían ser fósiles como cicatrices de la erosión milenaria que sufre hace tiempo.
Heridas antiguas recorridas por las raíces amorosas de la vegetación de este lugar.
Todas ellas cuentan, formando un canon lento y alegre, que si se quiere conocer el origen de Ter, allí donde todas las moléculas de agua procedentes de varios lugares se atraen unas a otras, se juntan y empiezan a ganar un volumen un poco mayor, allí donde un primer cuerpo se forma y sale a la luz, no solo hace falta caminar serpenteando el río en dirección noroeste, sino que también se necesita viajar temporalmente a lo que fue uno de los mejores momentos de Amor.
Ese que tuvo lugar hace trescientos millones de años, cuando la Tierra, todavía joven, tenía unos doscientos millones.
Allí empezó uno de los buenos periodos para Amor, conocido como Pérmico, en el que se formó Pangea, o una ilusión más de la unidad.
Y es que Pangea fue el supercontinente que, a excepción de unas cuantas islas, contenía toda la masa terrestre del planeta.
En aquel terreno inmenso, rodeado por el océano Pantalasa y poblado por desiertos y bosques tropicales que se regaban con importantes monzones, estaban unidas dibujando una forma de C todas las piezas que, ahora de forma separada, conforman la visible litosfera continental.
En ese mundo también había un tipo de océano interior, el de dentro de la C, que podría recordar al mar del Caribe, pariente lejano del Mediterráneo actual, y que algunos humanos han llamado Tetis en referencia a la titana hija de Gea que, según la mitología griega, fue madre de todos los dioses fluviales.
El caso es que cincuenta millones de años después, Odio se reavivó erupcionando desde las tierras que ahora conocemos como Siberia, o quizá fue cayendo en forma de meteorito, o emitiendo gases toxiquísimos desde el fondo de esos océanos y, por tanto, desde las entrañas del planeta.
De momento, no se sabe muy bien cómo fue, pero el caso es que, con ese o esos actos, Odio provocó la Gran Mortalidad; una extinción masiva que se produjo a lo largo de miles de años.
Comunidades enteras de seres marinos, insectos y vertebrados terrestres se extinguieron de forma radical.
El clima también cambió y, en consecuencia, afectó a la vegetación (¿o quizá fue al revés?).
En un periodo de unos cincuenta millones de años, escribe acelerando la Biógrafa, se dio lo que la paleontología ha llamado Triásico, época como de traspaso en que la biodiversidad se intentaba recuperar poco a poco, el nivel del mar subía y, en la zona ecuatorial del planeta, se formaron un conjunto de pequeñas cuencas que acumulaban todos los sedimentos que habían arrastrado las lluvias.
Esos materiales adoptaron un tono rojizo, como el que vemos ahora en algunos lugares de los Pirineos más antiguos, como los de Aragón, por ejemplo.
En aquella zona habitaban unos antepasados de los cocodrilos, conocidos como arcosauromorfos, a los que no se sabe hasta qué punto les molestó la actuación de Odio, que, vista a cámara rápida, parece que fue aberrante.
Ellos se quedaron por aquellas tierras costeras que serían, en el futuro, los Pirineos leridanos y no llegaron a acercarse a Ter, que quizá en aquellos momentos de juventud, era unas cuantas gotas que justo empezaban a caer del cielo.
Cual trozo de corteza envejecida y seca, Pangea se iba fragmentando. Amor no podía sostener más sus fuerzas.
Aquella explosión intensa de Odio o, como mínimo, de los impulsos más bestias de la digresión, duraron hasta hace doscientos millones de años, cuando se dice que el planeta entró en el Jurásico.
Esa época famosísima por convertir tierra y océanos en el hábitat de los dinosaurios.
Fue entonces cuando Amor volvió a manifestarse como la primavera, que da lugar a las flores más extrañamente bonitas.
Lo hizo a través de su energía compresiva y afectó especialmente a las placas de África y de Europa, que se fundieron la una en la otra dando lugar a las cordilleras de Suiza y de Alemania y a los nacimientos del Danubio y del Rin.
Lo que ahora llamamos Europa en ese momento era una clase de archipiélago de islas, entre las cuales se ha identificado Iberia, una placa situada entre el océano Atlántico y lo que todavía era Tetis, en medio también de la placa europea y la africana.