1. Al principio, #2
En un estudio de la NASA sobre los efectos de los terremotos en la Tierra, se detectó que esa presa llena hasta arriba provocaría un pequeño alargamiento del día —de solo 0,06 microsegundos—, provocaría que el planeta cambiara muy sutilmente de forma —redondeándose un poco por la parte del medio—, y desviaría también la localización del polo norte unos dos centímetros.
[9] Si eso es cierto, y si también lo fuese que las corrientes de agua son como la respiración o la circulación de la Tierra, quizá el efecto de la presa de las Tres Gargantas llena del todo sería como tener un pequeño tapón que modifica un poco los circuitos respiratorios o sanguíneos del planeta.
Cogemos aire y, cuando nos damos cuenta, resulta que ha seguido la conversación de filósofos y se le han sumado las voces de Aristóteles, Anaxímenes, Anaximandro, Demócrito y otros muchos señores griegos que charlan, se animan y ahora uno propone beber vino, otro empieza a gritar a los esclavos y ese de allí ya vomita detrás del árbol…
Podría ser muy entretenido escuchar el diálogo filosófico y observar el animado banquete entre todos esos filósofos, pero la Biógrafa se recuerda que le quedan unos cuantos milenios por visitar y no puede perder tiempo.
Mientras dura el festivo debate, llueve, nieva, hiela, unas nieblas los abrazan a todos, se crean nubes que los vientos mueven, árboles crecen, especies mueren, otras migran…
En definitiva, mientras filosofan, la vida que se contará aquí va pasando sin escucharlos demasiado.
Y bien, como escribir es tomar decisiones, y una única historia no puede tener más de un principio (¿o sí?), la que escribe se deja convencer por Empédocles porque, si lo piensa, en los principios de todo lo que conoce nunca ha habido únicamente una sola persona implicada, o un solo material, o una sola condición, sino que los responsables de toda cosa que empieza siempre han sido, como mínimo, dos.
Eso debe de querer decir, quizá, que el principio, tal como afirmó el traductor Xavier Bassas, fue dialéctico.
[10] Al comienzo de todo, y por tanto también al comienzo de esta historia, fuese quien fuese, o fuese lo que fuese que hubiera, no estaba solo; estaban él, alguien más y quizá aún alguien más; a los dos primeros se los ha llamado Amor y Odio y ahora, durante un rato, los protagonistas serán ellos.
El otro, ese «alguien más», puede que aparezca más adelante o que sobrevuele todo el rato estas frases.
Eso es lo que decide la Biógrafa, que ve que las páginas avanzan, que el tiempo corre, y que ella debe abordar ya la biografía de Ter.
Empezará con Amor y Odio porque, de hecho, ella, romántica por naturaleza, siempre ha querido escribir un libro en que, independientemente de lo que contara después, la primera frase dijera: «Al principio, Amor… ».
Por eso recurre a Empédocles, que es quien habló de ese par. Y aunque el filósofo no se mojó demasiado ni llegó a definir con exactitud quiénes eran esas dos fuerzas esenciales, la experiencia personal de la Biógrafa le permite especular sobre el carácter de estas existencias eternas.
De Amor dice que tenía —y de hecho aún tiene— una personalidad transparente, dulce y tierna como las primeras almendras, esas que todavía verdes se protegen dentro de una coraza de un verde suave, agradable al tacto, a las que nadie les haría daño.
Amor es así, no posee una belleza extraordinaria, sino que destaca por la sutileza y la alegría interna.
A lo largo de los siglos, ha demostrado que sabe esperar, a veces desde la ingenuidad y otras desde la sabiduría, el mejor momento para que haya una coyuntura de factores concreta, un encuentro ideal entre una diversidad de elementos y condiciones que consiguen materializarse en una nueva manifestación de sí misma.
Y mientras confía y espera, Amor empuja constantemente los dos imanes que, al encontrarse separados, se atraen el uno al otro.
Y no la vemos solo en los imanes. Empédocles estaba convencido de que su gran poder, el de la atracción, se encuentra entre todas las cosas a las que el filósofo no les reconocía una voluntad propia y consideraba inertes.
A pesar de estas consideraciones, cabe añadir que para el presocrático las cosas no carecían de inteligencia ni de conciencia; intuición que ahora constata, al encontrarse convertido en canto rodado por algunos siglos, o, como mínimo, por la duración de estas páginas.
Entre los resultados de las influencias de Amor hay todo tipo de situaciones.
Algunas son tan delicadas como aquellas en que las puntas del sauce blanco consiguen llegar con sus hojas a la superficie de Ges para acariciarlo de manera incondicional: tanto si corre alegre y juguetón como si ha crecido tanto que baja intenso, llevándoselo todo por delante.
Otras situaciones amorosas son tan diminutas como el encuentro entre dos átomos de hidrógeno y el enlace con un tercero, de oxígeno, que dan lugar a una molécula de agua en estado líquido.
Y es también Amor la que hace que muchas moléculas de agua se enlacen entre ellas, formando mosaicos tetraédricos invisibles para la simple vista humana, por ejemplo, pero que, en enormes cantidades, conforman la piel gélida del Ter más invernal.
Y sí, también es Amor quien hace que ciertas letras se peguen unas a otras formando palabras y que a estas se les acerquen un montón de significados, atraídos por la misma razón que hace que ciertos insectos vayan a la luz.
A pesar de los peligros, Amor, temeraria, no opone resistencia —¡ella es una fuerza!
— y fluye desde la certeza de que todo pasa y de que el momento concreto que espera llegará y también pasará.
Por todo eso, desde que los humanos conocemos a Amor, hemos dicho muchas cosas al respecto, depositamos en ella esperanzas, deseos y expectativas porque es uno de los dos o tres motores que nos mueven.
En cuanto a Odio, no podemos decir que sea exactamente el opuesto de Amor, y tampoco es menos querida.
De hecho, se le parece en muchos aspectos.
Ambas son igualmente eternas, ambas están igualmente implicadas en todos los sucesos habidos y por haber.
Al mismo tiempo, todo lo existente las ha necesitado a ambas —y a alguna otra— por igual.
Aun así, Odio, a quien Empédocles también había llamado Discordia, se ocupa de una tarea descomunal, que es la de la separación.
A veces por un lento aburrimiento y desgaste de los vínculos, otras por una furiosa destrucción de todos los enlaces y, aún en otros momentos, por un simple sentido del orden o incluso de la justicia, que da a cada cosa su espacio.
Las letras amorosas se juntan para formar palabras, pero después estas se separan y se colocan cada una en su lugar, en una disposición que se armoniza gracias a las distancias entre unos términos y otros, tranquilizando a los significados hambrientos y volátiles y fijando sentencias contundentes, como por ejemplo esta.
También es Odio quien mantiene una distancia mínima prudencial entre los pelos hidrófobos de las patitas de los zapateros y la superficie de los ríos, entre las cuales se forma una pequeña cámara de aire que hace que el insecto pueda flotar constantemente y evita que se hunda en el agua.
Y sí, también encontramos las fuerzas de la repulsión como responsables de las separaciones entre las moléculas de agua, haciendo que esta se convierta en los vapores inmensos que ocupan los cielos que conocemos.
Pero ¿sabéis? Como siempre en esta vida que justo se empieza a relatar, nada es solo blanco o solo negro; nada es solo producto de Odio o solo de Amor.
En todos estos sucesos que hemos mencionado, están una y otra fuerza implicadas.
Y es que es precisamente el hecho de que sean dos y la imposibilidad de separarlas y decir que solo ha sido una, lo que hace que ocurra absolutamente todo.
Una nube, hecha de moléculas de agua desenlazadas por Odio, no existiría sin la proximidad entre ellas y la atracción de partículas de otros elementos que están en el aire y que se mezclan gracias a las fuerzas de Amor.
«¡Y no solo trocitos de esos otros elementos —exclama nuestro querido canto rodado Empédocles—, sino también de la justicia!
Todo lo que es justo para todos vosotros, humanos, se expande encadenándose con el resto de existencias, pasando a través del éter y de la luz del Sol».
Gracias, Empédocles, por compartir tu visión del mundo como una gran mente similar a la humana por la que circulan y se transforman sustancias y pensamientos.
Y como este, podríamos analizar los ejemplos que hemos puesto hasta ahora y veríamos cómo se tambalea todo lo que ha escrito la Biógrafa, porque ambas fuerzas son tan ciertas y están tan presentes en todos los hechos, como por ejemplo que cuando el vaso está medio lleno también está medio vacío.
Amor y Odio están en lo que vemos y en lo que no.
En lo que había pasado y lo que pasa solo ahora.
En lo que está pasando constantemente y lo que pasará una sola vez en la historia dentro de muchos años.
Así, Amor y Odio están implicadas de manera indistinta en la generación y la destrucción de todo.
La Biógrafa aún escucha al canto rodado Empédocles que responde a la duda de antes sobre la posibilidad de que una misma historia pueda tener más de un principio, y él exige a la Biógrafa que transcriba sus palabras con las que afirma que sí, «que esta historia es un cuento doble que tiene un inicio bífido: empieza narrando que al principio hubo un único elemento original del que surgió todo el resto y empieza, también, afirmando que al principio había múltiples elementos que constituyeron uno solo».