El Ter: una biografía
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1. Al principio,
Al principio, Amor y Odio ya existían. De naturaleza del todo inmaterial, ambos siempre se encuentran en tensión.
A lo largo del tiempo han ido viendo cómo, a consecuencia de sus fuerzas de unión y de separación, se iba formando —y aún se forma— y se iba extinguiendo —y aún se extingue— todo lo que ha habido —y que aún hay— por aquí.
Su relación se podría resumir diciendo que los reinados de uno y otro se han ido alternando; que si ahora gana Amor, que si luego Odio se sobrepone, que si más tarde se recupera el primero, vuelve a vencer y se mantiene hasta que se cansa o se distrae y entonces Odio se venga y gana peso otra vez…
Y así sucesivamente por los siglos de los siglos o, quizá debería decir, por los milenios de los milenios, porque lo que se contará aquí, a pesar de la brevedad de este texto en comparación con la duración de esta historia, empezó hace algunos miles de milenios.
Así pues, como íbamos diciendo, en el inicio Amor y Odio ya estaban, «porque ellos dos son eternos», nos podría decir Empédocles, pensador presocrático pluralista, desde el Más Allá, o desde su vida reencarnada en vete a saber qué ser pequeñito.
Y añadiría que es por culpa de ese par —sí, sí, de Amor y de Odio, a los que él llamaba Philía y Neikos— y de los remolinos creados por su dialéctica, que el fuego, la tierra, el agua y la altura del aire se han ido combinando, fusionando, disolviendo, arrastrando, quemando, condensando, marcando, trasladando y una interminable retahíla de otros gerundios de este tipo.
De todo esto que hace tiempo que sucede entre las cuatro cosas que Empédocles llamaba «raíces», y que Aristóteles llamaría «elementos», nació, afirmaría el primero —hoy quizá convertido en pez, erizo o sauce—, todo el resto de «sustancias» —y, sin ningún tipo de duda, incluso reencarnado en el cuerpo de un canto rodado detenido en la orilla del río Ges, él aún usaría esta palabra: «sustancia»—, diría, «que han existido, que existen y que existirán».
Pero… ¡espera, espera! Debajo del canto rodado que parecía ser Empédocles reencarnado hay una losa de marga.
Contiene un pequeño canal redondeado que la cruza y que dice, con una voz similar a la que debía de tener Tales de Mileto, que la cosa no fue exactamente así.
Para él, pensador presocrático monista, el principio de todo fue el agua y de ella surgió el resto.
«El origen de todo es esta misma cosa, el agua, y de ella procede todo.
Nuestro principio es el mismo que el de todo lo que existe», explica mientras un riachuelo se abre camino entre sus grietas.
En vida humana, Tales de Mileto se había fijado en muchas cosas, entre ellas: la humedad del interior de las semillas, así como la del alimento que nos nutre y la que hace crecer la vegetación de la Tierra; había observado también el agua que acompaña el nacimiento de todo ser vivo y la sequedad de los muertos, cómo los troncos flotan sobre el agua y el agua que sale de toda fuente.
«El agua es el principio de todas las cosas», afirma el que se ganó el título de «padre de la filosofía» a raíz de reflexiones de este tipo sobre el origen del universo y la vida.
[5] Además, para él, todas las cosas nacidas del agua (es decir, todo) tienen alma, «si no, ¿por qué os pensáis que un imán puede mover al hierro», nos pregunta.
«El alma se encuentra en todas partes y, por tanto, todo está lleno de espíritus», concluye rotundo.
[6] En su posición completamente estática, el canto rodado de Empédocles responde que no, que de ningún modo, que el agua sola, sin las fuerzas de Amor y Odio y sin las otras tres raíces con las que se podría combinar, fusionar, dividir, disolver y muchos otros verbos posibles, sin toda esa colección de energías y materias, el agua no habría hecho nada de nada.
«Ni siquiera te habría podido dibujar este canal ni me habría podido redondear a mí», añade convencidísimo Empédocles.
Y lo justifica: «El agua tiene alma, ¡ya lo creo!
Como todas las cosas. Pero la misma alma del agua está compuesta por la tierra, el agua, el divino éter y el fuego destructor; todo enredado por los remolinos entre Amor y Odio, querido Tales, esas dos energías que permanecen eternas y que provocan la constante transformación de todo lo existente».
Resulta que Heráclito, otro pensador presocrático que tuvo fama de místico, que veía el mundo como un flujo constante, la vida como un río y el fuego como elemento originario, también se pasea ahora por aquí.
Por un momento se ha reencarnado en la pequeña llama que enciende el cigarrillo de un joven que ronda por el camino cerca del Ges.
Coincide con Tales y Empédocles en el hecho de que todo ser tiene espíritu y, utilizando el humo que él mismo genera, ahora que es una llamita, escribe en el aire que «todas aquellas realidades que constantemente se transforman la una en la otra, como el Día y la Noche, la Vida y la Muerte, son las mismas». [7]
Todos ellos piensan que, en cuanto que río, el Ges un día será mar, quizá otro día lluvia, y después, de nuevo, volverá a ser río.
La Biógrafa, que los escucha a todos, toma nota, formula una ecuación y deduce lo que es evidente, y es que ríos, mares y lluvias son todos ellos la misma cosa: agua.
El agua es a la vez ríos, mares, lluvias y tantos otros tipos de existencias más.
Y entonces recuerda esas frases escritas sobre las rejas del alcantarillado de algunos pueblos y ciudades alejados del mar donde dice: «El mar empieza aquí».
Se fija en todo eso y da vueltas a esas ideas porque está inquieta.
Ya ha empezado a trabajar en la biografía de Ter.
Tiene muchas dudas. Si Ter es agua, ¿debería hablar del origen del agua?
Solo de imaginárselo ve cómo el tema se hace tan y tan grande que la desborda por todos lados.
Así que no, no… No puede empezar la biografía de Ter hablando del origen del agua, porque no terminaría nunca.
A ratos, adopta una actitud pragmática y piensa que lo más adecuado sería empezar hablando de su fuente, ya que es allí donde los humanos decimos que nace.
Pero a la vez sabe que eso solo es una opinión humana y que Ter es un ser de características vitales muy diferentes a las nuestras.
¿Nacen los ríos? ¿O simplemente sucede que, en algún punto de sus vidas, emergen a la superficie por donde nosotros habitamos y, al verlos, como son importantes para nuestra subsistencia, les damos nombre?
Si es así, podríamos pensar que el río viene ya de otro lugar.
Quizá de debajo de la tierra, quizá de las lluvias que han corrido por las laderas de una montaña y que todas se han unido al final en un mismo punto formando un cuerpo grande que tiene brazos y piernas dispersos por el territorio.
La Biógrafa se asusta cuando piensa todo eso y se pregunta si, en caso de empezar el relato de la vida de Ter por su fuente, lo estará humanizando.
Mientras lo medita, y por si faltaba gente en este encuentro de filósofos presocráticos, ahora se presenta Parménides, autor del poema «Sobre la naturaleza».
Aparece como un trozo de tronco de chopo que va río abajo.
Medio empapado, aprovecha el breve encuentro con todos nosotros para defender la teoría de Tales y añadir que, de hecho, la tierra flota sobre el agua primigenia como él mismo flota sobre el río y, a la vez, este se enraíza a través de todos los torrentes subterráneos.
Todos lo observan mientras baja por el Ges y desaparece en la distancia.
Pese a aparecer reencarnados en el presente, la Biógrafa se da cuenta de que estos pensadores llevan dos mil años defendiendo sus teorías y ve bien claro, en todas las cosas que hay en este rincón de río, cómo esos hombres se inspiraron en la observación de la naturaleza.
Por un momento se pregunta si ellos lo llamaron ya naturaleza, o cuándo surgió exactamente ese concepto.
No lo sabe, quizá más adelante alguien se lo pueda contar, o quizá estará tan ocupada en describir la vida de Ter que ese detalle no tendrá cabida en su obra.
Y es que ese interrogante dura poco más de un instante porque, a continuación, ella escucha con atención la conversación filosófica.
Pasa un rato y oye que ha aparecido Platón, hecho ahora manantial que brota con fuerza del margen donde termina un campo de Sant Pere de Torelló.
Con su continuo fluir, va erosionando muy poco a poco las losas que tiene debajo.
La Biógrafa se le aproxima y lo mira de cerca.
Debe de hacer tiempo que Platón insiste en ser esta fuente porque ha dejado escrito en los rastros de erosión sobre una losa muda que «todos los ríos salen y van al abismo más profundo llamado Tártaro, siguiendo unos ciclos que quizá sean parecidos a los de la respiración; ahora llenando la Tierra de agua como una bomba, ahora vaciándola y desapareciendo para volver al Tártaro, de donde saldrán, de nuevo, más adelante y así sucesivamente hasta el fin de los tiempos». [8]
Así pues, ¿toda esta agua es la respiración del planeta?
, ¿o su sistema sanguíneo?, pregunta en voz alta la Biógrafa.
Pero Platón, que insiste en ser fuente y en seguir erosionando lentamente, no ofrece respuestas rápidas.
Sus inscripciones no son algo instantáneo.
Lo que sí es instantáneo e inesperado es el recuerdo que le viene a la Biógrafa de aquella presa construida en China: la presa hidroeléctrica de las Tres Gargantas, en el río Yangtsé.
Inaugurada en 2003, si se llegara a llenar hasta arriba, el embalse contendría cuarenta kilómetros cúbicos de agua que, en lugar de fluir río abajo, estaría frenada.