El tentador calor de las llamas Capítulo 28
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Capítulo 28

Alicia abrió los ojos con dificultad. Un molesto zumbido se mantenía alojado en sus oídos y apenas podía ver nada.

Había vuelto a su cuerpo y seguía tirada en la nave industrial.

Miró a su alrededor. Todo continuaba más o menos igual: Raúl Esparza colgado de sus propios brazos y Roberto enfrentado a él, con la cabeza sobre el pecho, inconsciente o muerto. Marcos tampoco había variado la postura. El único cambio era la ausencia de quien los llevó a todos hasta allí.

Sus fuerzas no habían vuelto junto con la consciencia, aún notaba entumecidas sus extremidades y el mareo estaba siendo sustituido por un agudo dolor de cabeza.

Trató de ponerse en pie, pero lo máximo que consiguió fue colocarse de rodillas.

Se arrastró a gatas hasta donde se encontraba Marcos.

Cuando logró llegar a su altura, se apoyó en una de sus rodillas y tiró de su camisa.

Ninguna reacción. Temiéndose lo peor, le sacudió con más fuerza. El resultado fue idéntico.

Antes de que pudiera pensar en su siguiente movimiento, una voz susurrante habló detrás de ella y le provocó un sobresalto que la hizo perder su precario equilibro.

—No está muerto… Aún.

La distorsión metálica de la voz había desaparecido, pero no supo identificar si quien hablaba era hombre o mujer, le dio la impresión de que varias personas hablaban al mismo tiempo.

Observó a su captor, que se cobijaba en las sombras, sin decir nada.

Después de lo que había visto y experimentado en la visión, estaba convencida de que la persona que tenía delante era, de alguna increíble manera, la chica a la que Roberto Esparza mató en su juventud.

Si unas horas antes alguien le hubiese dicho que el asesino que la policía buscaba era una muchacha muerta hacía más de tres décadas, se habría reído en su cara.

Lo que no alcanzaba a comprender era por qué aquel ente había establecido una conexión mental con ella.

—La respuesta a esa pregunta es sencilla —dijo leyendo los pensamientos de la joven—. Solo has de recordar… Pero ya habrá tiempo para eso. En lo que nos ocupa ahora, ya lo tienes todo bastante claro.

Aquel extraño ser se acercó a ella con pasos pequeños.

Ya no llevaba la cara cubierta y a medida que redujo la distancia que las separaba, el horror de Alicia fue en aumento.

Percatándose de su lucha interna se detuvo en seco y respiró hondo.

Mostraba una expresión que no era suya, pero sus facciones estaban allí, escondidas tras una mueca llena de crueldad y resentimiento.

Alicia percibió una presión en el estómago que lo estrujó hasta provocarle náuseas y le asaltaron unas terribles ganas de llorar.

—¡Dios mío, Carmen! ¿Qué has hecho?

—Acabar con gente despreciable, terminar con la vida de todos los que quisieron mirar hacia otro lado y ayudaron a ocultar lo que ese bastardo me hizo. —Observó su propio cuerpo y posó las manos sobre el pecho—. Ella me encontró, me dio fuerzas, me ayudó.

—Carmen no querría haber hecho lo que la has obligado a hacer.

—Puede, pero eso ya da igual.

—La policía te detendrá.

—En todo caso, encerrarán a Carmen, yo puedo marcharme cuando quiera.

Pero aún hay varias salidas abiertas. —Colocó las manos en la espalda y se balanceó sobre los talones—.

Necesito un culpable, eso está claro. Ya he preparado suficientes pruebas para incriminar a Marcos.

Todo está planeado para que lo encuentren aquí, con una bala en el cerebro de la misma arma que ha matado a dos guardias civiles.

Llegado el momento, sacarán la conclusión más sencilla gracias a la nota de suicidio que le he obligado a escribir.

—Clavó unos ojos sin vida sobre ella—. Ahora solo quedas tú.

Alicia tragó saliva y se temió lo peor.

—Tu participación en todo esto no estaba prevista, pero te metiste en mi cabeza —murmuró poniendo cara de fastidio mientras se daba golpes en el cráneo con el dedo índice—.

Pero entonces me di cuenta de que, si tú podías entrar, yo también sería capaz.

Fue sencillo influir en tus sueños y mover tu cuerpo indefenso a mi antojo.

Lo mejor fue cuando, tu solita y sin mi ayuda, le contaste a esa inspectora lo que ocurrió en aquel descampado hace dos años.

Dejé que Carmen te acompañara para poder verlo en primera fila.

Esa situación y tus lagunas mentales, te hacen quedar como una loca.

Alicia apretó los puños. La rabia por haberse dejado manipular de esa forma hizo que se clavara las uñas en las palmas.

—Ahora, tu situación depende de ti misma—continuó Inés con la voz de Carmen—. He colocado algunas cosas en tu casa que te comprometen. Puedes quedarte aquí y convertirte de golpe en la asesina o cómplice de Marcos, o quedarte calladita y ser libre.

—¿Por qué me ofreces una salida?

—Porque el día que me encontrasteis en aquel bosque fuiste la que más interés mostró en ayudarme.

—Marcos también estaba allí.

—Él salió corriendo en cuanto pudo, como el resto de los cobardes que han pasado por este almacén.

—Estás vengando tu dolor causando uno mucho mayor. No eres mejor que los que te hicieron daño.

—No me vengas con moralismos baratos —dijo abanicando el aire con la mano—. Además, ellos mismos crearon a su verdugo.

Alicia fue consciente de que jamás conseguiría razonar con aquel ser desnaturalizado y pervertido por la rabia hasta el tuétano.

—Cuando acabe todo esto, ¿dejarás a Carmen libre, volverá a ser normal?

—Bueno, ella no ha podido elegir sus actos del todo, pero ha sido consciente de ellos. No está muy contenta y me da la impresión de que desea quitarse de en medio en cuanto la deje un poco suelta. —Se encogió de hombros —. Me parecería un desperdicio, la verdad.

—¿Qué significa eso?

—Que es posible que me quede un tiempo más por aquí.

—A costa de la vida de mi amiga.

—Si me quedo, la salvo pero no será del todo ella, si me marcho, lo más seguro es que muera…

Decisiones, decisiones. —Inés rio entre dientes con gesto de hastío—.

Podríamos estar así todo el día, pero no tengo tiempo para eso, y tú tampoco.

Si deseas salir viva de aquí, entretenerme con conversaciones inútiles no es la mejor opción.

Piensa en silencio lo que quieres hacer y luego me lo cuentas.

Una punzada de asco e impotencia atravesaron el corazón de Alicia. Deseaba aferrarse a la posibilidad de encontrar una solución, pero cada vez era más consciente de que eso era imposible.

Inés se dio la vuelta y condujo el cuerpo de Carmen hacia los Esparza.

Le tomó en pulso a Raúl y negó con la cabeza.

Después, se giró hacia el objeto de su más profunda ira y le sacó de su inconsciencia a bofetones.

Roberto Esparza la miró con un infinito padecimiento reflejado en ojos.

El rostro distorsionado de quien le estaba torturando se acercó hasta que el hombre pudo notar su aliento en la cara.

—Tu hermano ya no está con nosotros, se ha desangrado. Pero no te aflijas, muy pronto te reunirás con él en la nada más absoluta.

Sin apartarse un centímetro y fijando los ojos en su víctima para no perderse una sola reacción, le clavó en el pecho un enorme cuchillo y comenzó a retorcerlo.

Esa vez Alicia no pudo apartar la mirada, le dio la impresión de que la carne de aquel infeliz no ofrecía más resistencia que un trozo de mantequilla reblandecido por el sol.

La cabeza de Roberto cayó inerte sobre su pecho, pero la agresora no detuvo el macabro espectáculo.

Le desató para que cayera al suelo, le pateó las costillas hasta romperlas y se arrodilló a su lado.

Igual que hiciera Esparza con Inés, las manos de Carmen escarbaron en la enorme herida y extrajeron el corazón del hombre.

Tras ponerse de nuevo en pie, observó a Alicia desde su posición exhibiendo su trofeo.

—Sin este podrido trozo de carne ya no podrá marchar allá donde quería ir y su alma se perderá —bajó la vista hasta el cuerpo sin vida de Roberto Esparza y le dedicó una mirada cargada de desprecio—. Espero que vagues en un tormento repleto de olvido por toda la eternidad, pedazo de mierda reseca.

Después de decir aquello, tiró el corazón al suelo y su bota lo aplastó con lentitud hasta reventarlo.

Las manos de Carmen chorreaban de la sangre de su última víctima.

Alicia percibió que las arcadas regresaban al verla llevarse los dedos a la boca y lamerla con ansia.

Aquella muchacha, que había permanecido en las sombras alimentándose de la energía de la venganza no era su amiga de la infancia, pero tampoco era Inés de la Hoz, sino un demonio depravado, dominado por una sádica sed de muerte y dolor.

—Ahora —dijo mirando a la estudiante mientras se retiraba con un trapo la sangre de las manos—, vamos a suicidar a Marcos y limpiaremos a fondo todo esto.

Fue hasta el otro extremo de la nave, cogió un bidón de unos diez litros y comenzó a rociar el suelo con gasolina.

—Me encanta el fuego, hace que todo vuelva a comenzar sin defectos.

El olor del combustible, y lo que significaba, hizo que Alicia sintiera tanto miedo que estuvo tentada de aceptar la oferta del ente corrompido, pero el impulso solo le duró unos segundos.

El instinto de supervivencia no fue más fuerte que su decencia.

Aunque hubiera querido, supo que jamás podría vivir con aquel terrible secreto sobre su conciencia.

En ese momento fue consciente de que jamás saldría de allí.

Inés leyó en el interior de la joven. Se acercó a ella y la miró con la cabeza ladeada. Alicia dio un leve respingo al notar la gasolina cayendo sobre su cabeza, seguido de la presión del cañón de la pistola en su sien.

—No mereces el mismo destino que esos cabrones. Tu muerte será rápida y limpia.

Alicia cerró los ojos con tanta fuerza que los oídos se le taponaron. Su mente, en un esfuerzo por procesar lo que sucedía, se empeñó en intentar adivinar si, antes de desconectar, sería capaz de escuchar la detonación del arma que acabaría con su vida.

El gesto impidió que percibiera una fuente de luz que provenía de la entrada del almacén.

—¡Alto!

Esa voz era muy familiar.

—¡Suelta el arma!

Alicia, por fin, despegó los párpados e intentó distinguir quién gritaba, pero la claridad se lo impedía y solo podía mirar de reojo, aún tenía el cañón de la pistola apoyado sobre un lado de su cabeza y no se atrevía a moverse.

—Vaya —susurró la asesina—, parece que hoy no van a dejarme terminar. Una pena.

Nada más decir aquello, retiró la pistola de la sien de la joven estudiante y dirigió el cañón hacia la puerta.

Alicia escuchó tres disparos. Casi al mismo tiempo, vio como Carmen caía hacia atrás.

Su cuerpo provocó un sonido sordo que llenó la estancia junto con el eco de las detonaciones.

Sin pensarlo, se acercó a ella medio a rastras y la cogió entre sus brazos.

Viendo como la vida se le escapaba, su mirada se encontró con la de su amiga.

El pecho de Carmen se cubrió de un rojo intenso.

La sangre comenzó a salir también por su boca entreabierta.

—Yo no quería…

—Lo sé —dijo Alicia entre lágrimas.

El cuerpo de Carmen cayó hacia un lado. Con los ojos empañados, Alicia apenas pudo distinguir a las dos personas que se acercaban corriendo.

El primero en llegar fue García que, sin decir nada, arrastró a Alicia lejos del cadáver. Luego apareció Paula, autora de los disparos que derribaron a la asesina.

Al aproximarse y comprobar a quién había abatido, la inspectora cayó de rodillas con la mirada perdida, permitiendo que el arma escapara de entre sus dedos.