El tentador calor de las llamas Capítulo 29
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Capítulo 29

Armando García llevaba toda la mañana sentado frente a la pantalla, que continuaba vacía. No era capaz de asimilar lo que había sucedido.

Tenía que redactar el informe, ya llevaba mucho retraso, pero cada vez que intentaba ordenar sus recuerdos le venía a la mente el rostro desencajado de la inspectora más joven y prometedora de la unidad.

A Paula se la llevaron dos oficiales en cuanto procesaron la dantesca escena de la nave industrial. Ella se dejó guiar, dócil, muda.

Desde ese momento no la había vuelto a ver.

Un par de días después de la horrible conclusión del caso, el comisario le comunicó que la inspectora había solicitado una excedencia. Él quiso hablar con su subordinada unas cuantas veces, deseaba apoyarla, pero todos los intentos se dieron de bruces contra un muro de silencio.

Clavó la vista en el monitor de su ordenador, la superficie yerma solo le devolvió el parpadeo del cursor al inicio del documento en blanco.

Los de arriba querían detalles precisos, pero no sabía por dónde empezar.

Era incapaz de dar crédito a nada de lo que explicó Alicia Mendoza en una primera declaración demasiado surrealista y desordenada.

Quisieron repetirla cuando le dieron de alta en el hospital, pero se toparon con el impenetrable muro que levantó el despacho de abogados de su padre.

A partir de ese momento todo se volvió lento y farragoso.

La ansiedad se había agarrado a su pecho como una garrapata y tenía ganas de gritar a alguien para desahogarse.

La impotencia era muy difícil de sobrellevar, no podía extraer conclusiones razonables sobre un caso en el que su compañera había acabado con la vida de su propia hermana, una chiquilla sin ningún tipo de antecedentes y convertida de la noche a la mañana en la autora de los asesinatos de siete hombres.

Era de locos.

Se recostó en la silla y comprendió que aquella sensación de perplejidad no le dejaría tranquilo en mucho tiempo. Iba a resultar muy complicado hallar las respuestas que buscaba, que necesitaba.

Miró por la ventana, el atardecer le había sorprendido en la misma posición que cuando llegó. Las nubes ardían en una atmósfera lejana, hermosa en la destrucción de un día que no volvería a nacer y que ya se consumía en el horizonte.