El tentador calor de las llamas Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Al terminar alzó la otra mano, en la que sostenía una daga de unos treinta centímetros de largo y empuñadura dorada. A la chica la dominó el terror e intentó debatirse, moviendo las piernas y el cuerpo todo lo que pudo.

—Raúl, sujétala, por favor.

Su hermano obedeció, no sin antes inclinarse sobre la chica.

—Tranquila, es solo una representación.

Inés pareció relajarse un poco y Alicia entendió que no solo confiaba en él, sino que sentía algo más que simple respeto por el hijo de sus patrones. Por eso se había dejado arrastrar a esa situación demencial.

Roberto colocó la punta de la daga sobre el dibujo y la chica dio un respingo al notar el frío metal, pero procuró no moverse más para que no la pinchara. Después, el mayor de los hermanos cogió la mano de Raúl y la colocó bajo la suya en la empuñadura de la daga.

Una vez más, los cantos inundaron los oídos que compartían la estudiante y la joven cautiva, cada vez más fuertes y aterradores. Elevándose sobre la voz del coro, Roberto imitó la letanía con un sonido grave y gutural.

Una punzada de intenso dolor atravesó el pecho de Inés, que al principio no entendió lo que estaba sucediendo.

Los cánticos cesaron de golpe al tiempo que la muchacha levantaba la cabeza y comprobaba con horror que la daga estaba clavada en su cuerpo hasta la empuñadura.

Con lágrimas en los ojos, observó a los hombres que la rodeaban.

Todos la miraban con gesto de espanto, pero ninguno movió un músculo para ayudarla.

—¿Te has vuelto loco? —chilló Raúl mirando con lágrimas en los ojos su mano manchada de sangre—¡Has hecho que le clave un cuchillo! ¡Esto iba a ser solo una ceremonia simulada!

Roberto no cambió su hermética expresión.

—Si queremos ascender y alcanzar la inmortalidad, debemos efectuar el ritual completo. Una simulación no sirve.

Roberto cogió de nuevo el cuchillo y rebanó la carne del cuerpo de la indefensa muchacha, que ya casi no tenía fuerzas ni para respirar. Tras quedar satisfecho con la longitud de la herida, introdujo la mano en la sangrienta abertura y, rompiendo las costillas, extrajo el corazón de la cavidad.

Alicia notó la sangre caliente resbalar por la piel que ocupaba, salía a borbotones de la herida y de nuevo empezó a marearse mientras decenas de sentimientos se agolparon en su cabeza: dolor, abandono, miedo, angustia…

Luego llegó la alegría que la embargaba al llegar a casa del colegio, el abrazo de su madre, el calor de una caricia, la ilusión por estrenar un vestido nuevo.

Las imágenes se fueron desvaneciendo y la nada se concentró en su pecho. Ya libre del cuerpo de Inés, se elevó sobre la escena. Quería marcharse, regresar a su propia entidad, aunque fuese a aquel almacén junto al asesino. Pero no pudo, continuaba amarrada al horrendo espectáculo.

Raúl se retiró del altar horrorizado y tuvo que apartarse del resto de asistentes para vomitar. Todos ellos estaban petrificados, incluido Agustín, que seguía la escena con los ojos vidriosos.

El mayor de los Esparza se llevó el órgano aún caliente a los labios y mordió la carne. La sangre resbaló por sus comisuras y extendió la mano que sostenía el órgano vital chorreante hacia sus compañeros.

—Debéis introducir la pureza en vosotros, solo de esta forma podremos alcanzar un glorioso destino, no el que marcó nuestro nacimiento, sino uno mucho más grande, puro e infinito.

Todos se apartaron asqueados y rechazaron el ofrecimiento. Roberto les dedicó una mirada cargada de desprecio.

—No tenéis el valor ni la fortaleza suficiente para lo que os espera. Llevaréis una vida a medias y llegaréis al más allá ciegos y mudos, sin la protección que ahora os brindo. ¡Os estoy ofreciendo la inmortalidad!

Aquellas palabras no hicieron mella en los presentes, que no aceptaron comer lo que Roberto les ofrecía con vehemencia.

Pero, a pesar de no verse tentados a participar de tamaña aberración, ninguno replicó, ni hizo amago de detenerle.

Se quedaron allí, petrificados, intimidados por un hombre fuera de sí.

Daba la impresión de que, a pesar de la locura que exhibía, sentían haberle decepcionado.

Dando por terminado el macabro ritual, Roberto Esparza quemó su túnica, manchada con los restos de Inés y lavó la daga en una jofaina con agua que había traído consigo.

Raúl se negó a acercarse al cadáver de la muchacha y se quedó en una esquina mientras su hermano le observaba con desdén.

Agustín cubrió el cuerpo ensangrentado de la chica con la camisa de franela que hasta entonces había llevado puesta y, ayudado por otros dos, la metió en el maletero de su coche.

—Agustín, mi hermano y yo nos desharemos del cadáver. Los demás, aseguraos de limpiar bien y marchaos a casa, no necesitáis saber dónde la hemos enterrado —dijo Roberto.

El grupo contestó en silencio con un asentimiento solemne, un gesto que a Alicia casi le pareció una reverencia ante un acto repugnante.

La escena comenzó a disolverse. Se licuó y fue engullida por un embudo invisible.

Su ser incorpóreo se vio atraído hacia el eje de absorción.

En décimas de segundo, se encontraba en un bosque oscuro, viendo cómo Raúl cavaba una zanja, mientras Roberto y Agustín le observaban sin hacer amago de echarle una mano.

Al ver cómo enterraban el cuerpo de Inés en aquel hoyo, Alicia percibió como suyas la culpabilidad vana de Raúl, la satisfacción de Roberto y la impotencia resignada de Agustín, que con su inacción permitió que dejaran a aquella pobre chica abandonada, sola en medio de la nada.

Pero lo que sintió con más fuerza fue la sombría emoción que emanaba de la misma tierra, una pasión se quedó en ese bosque, un grito flamígero que llamaba a cualquiera que quisiera escuchar mientras la podredumbre de la ira transformaba, año tras año, lo que una vez fue una hermosa mujer en un engendro oscuro dominado por un irrefrenable deseo de venganza.