El tentador calor de las llamas Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

A la universitaria le asaltó un sentimiento de repugnancia tal, que lo único que quería en ese preciso instante era abalanzarse sobre aquel despreciable ser y machacarlo a golpes. Dado que esa no era una opción realista, decidió intervenir de algún modo para tratar de frenar la masacre.

—¿Por qué haces esto?

Mermada por el miedo y la fuerte impresión por lo que estaba presenciando, la voz apenas si salió de su garganta como un hilo apagado.

Quien la había secuestrado se acercó y se puso en cuclillas para que sus rostros quedasen a la misma altura.

Agarró la cabeza de la estudiante con ambas manos, una a cada lado.

Al principio, Alicia sintió una gran presión y creyó que trataba de aplastarle el cráneo, pero al cabo de un instante, la fuerza cesó y el rostro enmascarado comenzó a transformarse delante de sus ojos, como si una goma de borrar eliminase la máscara que escondía su rostro y le dejara ver lo que había debajo: una muchacha joven, casi una adolescente, con los ojos tristes y una mueca de profundo padecimiento.

La visión antinatural le dio tanto miedo que trató de apartarse, pero tenía el cuello rígido y era incapaz de mover sus extremidades.

La voz de aquella chica, aguda y lejana, le llegó desde su propio cerebro.

—Hace tiempo que me visitas, yo te lo he permitido. Si quieres saber, tan solo debes observar.

Nada más hablar, la soltó y se alejó. Alicia cayó al suelo desmadejada y se golpeó la parte lateral de la cabeza contra el cemento.

Un molesto pitido se alojó en sus oídos mientras imágenes difusas acudían a su mente.

Lo que en un principio le parecieron evocaciones provocadas por el golpe, se volvieron más reales a cada segundo, formando imágenes claras y concretas.

Vio los secuestros de cada una de las víctimas, presenció cómo torturaba a esos hombres, los abría en canal cuando aún seguían con vida y sostenía con placer sus corazones mientras la sangre chorreaba entre los dedos y el olor metálico inundaba sus fosas nasales.

Tuvo que presenciar cómo los cubría de sal y esperaba impaciente, día tras día, para llegar al acto final y envolverlos con vendas de lino.

Sintió el tacto de la tela en sus propias manos, la satisfacción del trabajo bien hecho y, asqueada, compartió el sentimiento de triunfo de ese depravado ser.

Una sacudida involuntaria la devolvió un segundo a la realidad, pero otra convulsión la llevó mucho más lejos.

Vio a la joven sentada en un columpio. No se balanceaba, sino que permanecía inmóvil, mirándola fijamente.

De pronto, extendió los brazos y la alcanzó.

Alicia trató de zafarse, pero no podía, el abrazo era demasiado fuerte, se ahogaba.

La chica continuó apretando con cada vez más fuerza y, justo antes de soltarla, le susurró algo en el oído:

—Por ser tú, voy a mostrártelo todo.

Una extraña fuerza la impulsó hacia atrás y la hizo caer de espaldas, pero no tocó el suelo, sino que continuó atravesando una espesa niebla negra durante unos segundos que se le antojaron eternos.

Al tocar el suelo por fin, sus pies se posaron con delicadeza y los miró, sorprendida de no haber sufrido ningún daño.

En ese mismo instante, se percató de que calzaba unos zapatos que no recordaba haber tenido jamás.

Siguió su cuerpo con la mirada, algo borrosa, y palpó un vestido que no habría comprado ni para un disfraz.

Antes de que pudiera asimilar que el cuerpo que ocupaba no era el suyo, sintió un tirón en el brazo.

Alguien la llevaba de la mano a través de un corredor.

Era el pasillo de una casa grande, de altos techos y decoración recargada.

Al fondo había una puerta de doble hoja, de madera blanca y marquetería elaborada.

Antes de procesar una forma de librarse de aquella ensoñación, escuchó una voz familiar a su espalda.

—Raúl, ¿qué estás haciendo?

Al darse la vuelta, Alicia vio a un joven alto, moreno y de aspecto distinguido, que sostenía una copa de vino en una mano y un pequeño libro en la otra.

Aunque el timbre que imprimió a sus palabras resonó en su cerebro como algo conocido, no supo quién era hasta que escuchó su nombre en los labios del que la acompañaba.

—Hola, Agustín.

—Vuelvo a preguntar, ¿qué se supone que haces?

El otro soltó la mano de la joven y dibujó una sonrisa burlona.

—Solo quería enseñarle la casa.

—No está aquí para eso.

—Vamos, no seas rígido.

Agustín guardó silencio y bebió de su copa. Raúl puso los ojos en blanco, agarró de nuevo la mano de la joven e hizo el amago de continuar, pero otro asomó la cabeza desde una de las habitaciones y cortó en seco su intención.

—Hola, hermano. Veo que has cumplido el encarg…

El joven Roberto Esparza no terminó la frase. Su expresión tranquila mutó en indignación.

—¿Has traído a una de las sirvientas? —Raúl no contestó—. Te dije que encontraras a alguien que no conociéramos, ¿no fui bastante claro?

—No sé de nadie decente que se preste a estas cosas, ni siquiera por dinero. Las únicas que accederían son las fulanas de las afueras, y dejaste claro que esas no te sirven.

—Yo no soy una fulana —se oyó decir Alicia con la voz de un cuerpo en el que solo era una okupa .

—Claro que no, por eso estás aquí, querida —le dijo Raúl con una sonrisa afable.

Roberto sopesó la respuesta de su hermano y le hizo un gesto para que le siguiera.

Acompañados también de Agustín, entraron en una biblioteca con las paredes cubiertas por estanterías repletas de libros, desde el suelo hasta el techo.

En el centro, había una mesa con un par de botellas labradas y unos pequeños vasos a juego.

—Bebed un poco de absenta, os relajará.

Agustín rechazó la invitación, levantando su copa de vino.

Roberto colocó dos copas de cristal tallado en el centro de la mesa y puso una cuchara calada sobre ellas, con un terrón de azúcar en cada una.

Después, vertió el contenido de una de las botellas sobre el terrón, que coló la mezcla hasta el fondo del recipiente.

Tras llenar la mitad de cada uno, prendió fuego al azúcar y la dejó llamear unos segundos antes de apagar la lengua verdosa con un leve soplido.

Para terminar con el ritual echó un poco de agua en las copas, lo que otorgó a la mezcla un tono lechoso poco apetecible.

—Toma, Inés. Primero bebe la absenta y después cómete el terrón. Es una bebida muy difícil de encontrar hoy en día. Te relajará.

Con mano temblorosa, la muchacha cogió el vaso que el mayor de los Esparza le ofrecía.

Alicia percibió que la chica no quería probar el aguardiente de ajenjo, pero el deseo de agradar a sus patrones era mayor que la reticencia y el miedo que le provocaba la situación.

Se llevó el borde a los labios y bebió el contenido de un trago.

El fuerte líquido bajó por su garganta abrasándolo todo y comenzó a toser, haciendo verdaderos esfuerzos por no vomitar.

Se comió el terrón de azúcar en cuanto pudo para disipar algo el amargor de aquel brebaje, que ya empezaba a marearla.

Alicia se sintió desvanecer, no supo precisar si por fin estaba volviendo a su ser o compartía el efecto que en la chica había provocado aquel fuerte licor que, si era no era fiel a la receta original, podía estar aderezado incluso con opiáceos.

Notó que sus piernas fallaban y, al poco, todo a su alrededor se desvaneció.

Despertó sobre una dura superficie. Al encontrarse tumbada creyó que había regresado al suelo de la nave, pero en cuanto su vista se aclaró, supo que continuaba dentro de un cuerpo ajeno. Levantó lo que pudo la cabeza y vio que se encontraba desnuda, atada de pies y manos.

Segundos después, varios hombres cubiertos con túnicas rojas de enormes capuchas que ocultaban sus rostros, comenzaron a entrar en la estancia.

Raúl vestía lo mismo que el resto, aunque su atuendo, mal colocado y sin ceñir con el cinturón dorado que lucían los demás, amenazaba con caer al suelo.

Se acercó a trompicones, tan borracho que la joven creyó que se caería antes de llegar hasta ella.

—No te preocupes —dijo arrastrando las consonantes y exhalando un aliento de infinitos grados alcohólicos—, esto es solo una función para mi hermano y sus amigos fanáticos. En cuanto acabemos volverás a casa con una propina y mi agradecimiento eterno.

Las ebrias palabras del menor de los Esparza no tranquilizaron en absoluto a la muchacha, que trató de desembarazarse de las ataduras sin éxito. Una mordaza de raso negro cortó en seco sus intentos de pedir ayuda a gritos.

Roberto se colocó a un lado del altar, cerca de su cabeza y pidió silencio. Raúl se situó justo en el opuesto, intentando no tambalearse demasiado.

—Hemos llegado al final y al principio del camino —dijo Roberto con tono solemne—. La búsqueda y estudio de los escritos prohibidos del gnosticismo egipcio nos ha mostrado la senda de nuestra grandeza, en esta vida y las venideras.

El resto de los presentes pronunció al unísono un cántico en un idioma que Alicia no supo identificar.

—El corazón puro de esta mujer nos servirá como vehículo de grandeza en la existencia terrenal y de salvoconducto en el tránsito al más allá.

Gracias a él, seremos tratados con benevolencia en la gran balanza que nos juzgará y permaneceremos en este plano vida tras vida, con el alma incólume y el cuerpo renovado, por toda la eternidad.

De nuevo el cántico, Alicia pensó que iba a sufrir un ataque de pánico.

Roberto metió la mano entre los pliegues de su túnica y sacó un estuche que colocó en uno de los lados del altar. La muchacha no podía girar la cabeza para ver de qué se trataba. Respiró con alivio al ver que Esparza alzaba un pincel manchado de tinta roja.

—Este es el núcleo de la virgen —dijo mientras dibujaba una forma tosca cerca de su pecho izquierdo.