Capítulo 27
Alicia intentó desperezarse Un pesado sueño dificultaba sus movimientos. Tenía una sed tremenda. Giró la cabeza a ambos lados, pero la penumbra dominaba la estancia y su vista no enfocaba.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí pero, por el dolor que sentía en músculos y articulaciones, dedujo que debía haber pasado varias horas en aquel frío suelo.
Parpadeó para evitar el lagrimeo de sus ojos y trató de incorporarse, pero solo lo logró a medias.
A pocos metros de donde se encontraba había un hombre sentado en una silla, con la barbilla apoyada en el pecho.
Estaba inconsciente, con las manos atadas a la espalda y las piernas fijadas a las patas de la silla con cinta adhesiva.
Alarmada, comprobó sus propias extremidades, pero nada las inmovilizaba.
Quiso ponerse de pie, pero sus piernas eran de trapo, no querían obedecer.
Escuchó un ruido y permaneció inmóvil. Alguien estaba abriendo una puerta.
La luz del exterior inundó aquel lugar. Gracias a eso, Alicia pudo ver que se encontraba en una especie de almacén.
Una figura se interpuso entre ella y la claridad.
Arrastraba algo con tremendo esfuerzo. La silueta paró en seco, se irguió, se quedó parada unos segundos y la saludó con la mano.
Alicia sintió un miedo que jamás en su vida había experimentado.
La figura bajó el brazo, se dio la vuelta y cerró la puerta, sumiendo de nuevo aquel lugar en la más absoluta oscuridad.
Escuchó pasos aproximándose y el arrastrar de algo pesado sobre el suelo, cada vez más cerca de ella.
De forma instintiva, reptó hacia atrás en un intento fútil de apartarse de lo que aún no veía.
El deslizar cesó y los pasos se alejaron hacia el lado opuesto.
Con un chasquido, las luces de la nave se encendieron.
Alicia tuvo que cerrar los ojos para soportar aquella inundación de claridad repentina, y solo al cesar las punzadas de dolor, los fue abriendo con cuidado.
Al enfocar la vista, analizó lo que tenía a su alrededor.
Estaba en una nave industrial. El espacio era diáfano y, por su aspecto deteriorado, quedaba claro que nadie solía dejarse caer por allí muy a menudo.
A su derecha, vio al hombre de la silla.
Gracias a la luz no le costó distinguir que se trataba de Marcos.
La alarma hizo que, de nuevo, intentase incorporarse.
Cada vez sentía más movilidad, pero sus piernas continuaban dormidas, un molesto hormigueo las bloqueaba y no era capaz de dominarlas.
Miró con furia a la figura que, de espaldas, trajinaba con algo al fondo de la estancia.
—¡Eh, tú! ¿Qué coño me has dado?
Al instante se arrepintió de su arranque de furia. En su situación, más le valía estar callada y averiguar de forma más inteligente cuál era su papel en todo aquello.
La figura se dio la vuelta, pero Alicia no distinguió sus facciones.
Tenía los ojos ocultos tras unas gafas ahumadas, la nariz y la boca, tapadas con una especie de máscara de neopreno negra.
La cabeza la llevaba cubierta por una gorra negra.
Se acercó a ella con paso calmado pero, antes de alcanzar su altura, se desvió en dirección a Marcos.
Cogiéndole del pelo, le levantó la cara para asegurarse de que aún seguía inconsciente.
—¿Qué le has hecho? —La universitaria habló de nuevo sin acertar a controlar la lengua.
El captor se giró. Alicia podría haber jurado que se estaba riendo, pero enseguida dio media vuelta y fue a recoger lo que había traído a rastra
En cuanto acercó el fardo a su posición, Alicia vio que se trataba de un hombre de unos setenta y pico u ochenta años.
Una oleada de rabia dominó su cuerpo, pero nada podía hacer.
Seguía sin fuerzas, y aunque las hubiese tenido, aquel ser despreciable con toda probabilidad iría armado, estaba segura de que la mataría sin miramientos al menor gesto amenazante.
El asesino arrastró de nuevo al hombre, esa vez cogiéndolo por debajo de los brazos hasta dejarle tumbado boca arriba, a unos diez o doce pasos de donde Alicia se encontraba.
Se alejó un poco, hacia una zona más oscura, y accionó algún mecanismo.
Sobre el prisionero inconsciente comenzó a bajar una cadena terminada en un enorme gancho de hierro que quedó suspendido a tan solo unos centímetros de él.
El captor se acercó tras apagar el motor, le cogió las manos y deslizó la cuerda por el gancho.
Volvió sobre sus pasos y accionó de nuevo lo que parecía una polea mecánica.
El cuerpo inerme del cautivo empezó a levantarse, irguiéndose como una marioneta sin vida, hasta quedar derecho.
El motor se paró cuando los pies de la víctima dejaron de tocar el suelo, de forma que los hombros, los brazos y las muñecas, laceradas por el roce de la áspera cuerda, soportarían todo el peso.
Eso le iba a doler mucho.
Dejando al hombre suspendido, quien había manejado la polea se dirigió hacia la otra punta de la nave y desapareció por una puerta.
Desde donde estaba, Alicia solo podía ver que había otra estancia y distinguió lo que parecía una escalera metálica.
Antes de que pudiera proseguir con su análisis, un alarido estremecedor, diferente a cuanto hubiera podido oír jamás, la sobresaltó.
Después, todo quedó en silencio, hasta que comenzó a escuchar unos golpes repetitivos, como si algo estuviera subiendo a trompicones por la escalera.
Quien la hubiese llevado allí apareció al poco empujando una silla de ruedas con alguien sentado en ella.
A medida que se acercaron, las tripas de Alicia comenzaron a revolverse.
El hombre, de una edad similar al que estaba colgado, permanecía sujeto a la silla con cinta adhesiva.
Su cuerpo, flaco, desnudo y arrugado, estaba cubierto de sangre de pies a cabeza, la mayoría seca y coagulada.
Alicia tuvo que apartar la cara mientras pasaban por su lado, tanto por el aspecto de aquel infeliz como por el olor a orina y heces que despedía.
El hombre de la silla fue colocado justo enfrente del que se encontraba suspendido a unos centímetros del suelo.
Alicia comprobó que se parecían mucho y resolvió que uno de ellos debía ser el del dibujo de la ouija que también apareció en la foto, aunque no supo adivinar de cuál de los dos se trababa, no solo porque ahora eran mucho mayores, sino por las heridas que los desfiguraban.
El asesino trajo dos cubos llenos de agua del fondo de la nave. Uno tras otro, lanzó el gélido contenido sobre las cabezas de los individuos inconscientes y los obligó a despertar.
En un primer instante y a pesar de mirarse a la cara, los hombres no exteriorizaron ninguna reacción, aunque, al cabo de unos instantes, el que se encontraba en la silla lanzó lo que quería ser un grito, pero que apenas sonó como un lamentable estertor.
Por su parte, el que estaba colgado no hizo ni dijo nada, se limitó a observar al otro con expresión resignada.
A esa distancia no podía asegurarlo, pero a Alicia le pareció que lloraba.
—Conmovedor.
La voz que salió de las sombras era áspera, metálica. Parecía venir de todas partes y de ninguna.
—Los hermanitos reunidos por fin —prosiguió—, después de tanto tiempo.
Los hombres no replicaron, ni siquiera tenían fuerzas para hacerlo.
Quien los había capturado se paseó a su alrededor, recreándose en cada mueca y reacción al dolor que sentían. Pero al poco fue insuficiente, necesitaba más estímulo. Se aproximó al de la silla y le levantó la cabeza agarrándole por el pelo.
—¿Ves lo que he tenido que hacerle a tu hermano?
De nuevo silencio, Roberto Esparza no tenía fuerzas ni ganas de decir nada.
—Va a morir, como los otros, y solo tú tienes la culpa.
—¿Otros? —susurró el que estaba colgado.
La voz le salió del pecho de forma entrecortada. En aquella postura le costaba respirar. Alicia sintió lástima al pensar el dolor que debía estar sufriendo. La persona que los había arrastrado allí ignoró su pregunta y continuó escupiendo palabras cerca del rostro del que estaba en la silla.
—Taparon sus ojos, amarraron sus lenguas y miraron hacia otro lado.
—Ellos no…
La voz del infeliz que colgaba del gancho hizo que se girara por fin.
—No intentes redimirte, ya es muy tarde para eso.
Aquella vez, el hombre no replicó y el captor se apartó de él, dirigiendo de nuevo su discurso hacia el de la silla de ruedas.
—Vas a presenciar algo único que muy pocos tienen ocasión de ver: el asesinato de tu hermano. Después llegará tu turno, pero no será rápido y terminaré arrancándote aquello que me arrebataste.
El aludido se sacudió con rabia, aunque con muy poco ímpetu.
—El ansiado poder que buscabais no os servirá de nada ahora.
Sin más ceremonia, la persona enmascarada acercó un cuchillo enorme de carnicero al pecho del hombre colgado y comenzó a cortar la carne de su abdomen muy despacio.
Repugnada, Alicia apartó la vista, aunque no pudo evitar escuchar los gritos del torturado, acompañados de las súplicas inútiles y apagadas de su hermano.
Durante interminables minutos, el asesino se recreó en el sufrimiento de ambos hombres y solo paró cuando el objeto de su saña se desmayó y dejó de chillar.
Alicia se atrevió a volver a mirar y vio cómo la figura salvaje se acercaba al de la silla y le obligaba a levantar la vista, apoyando con suavidad la punta del ensangrentado cuchillo bajo su barbilla.
—No le queda mucho, ya casi ni respira, ¿quieres que acabe con esto?
El aludido solo pudo asentir con los párpados, temeroso de que en cualquier movimiento aquel loco le clavase el filo de la hoja en la garganta.
—No te oigo —insistió el torturador.
—Si —balbució el desesperado hombre—. ¡Por favor!
Una carcajada escalofriante inundó la nave. Alicia tuvo la tentación de taparse los oídos.
—No seas aguafiestas ¡Si solo acabamos de empezar! —bufó cuando se cansó de reír.