Capítulo 26
García conducía en silencio sumido en sus pensamientos. Paula se aferraba a su teléfono móvil como si en la pantalla fuese a encontrar las respuestas a las preguntas que no se sentía capaz de formular.
Nada más cruzar los límites de la Comunidad de Madrid recibieron la noticia de los dos agentes de la Guardia Civil abatidos.
Sin saber a quién se enfrentaban, pararon el coche de Alicia en una carretera comarcal por un control de velocidad.
No se supo nada de ellos hasta que otra patrulla llegó al lugar y los encontró muertos sobre enormes charcos de su propia sangre.
Ningún testigo. La zona donde había sucedido tenía poco tránsito y no pasó un alma en el momento de los hechos.
Solo tenían veinticinco y treinta años.
Habían intentado varias veces triangular la señal del móvil de Alicia, pero el aparato parecía estar apagado, por lo que solo podían confiar en el dispositivo de rastreo que Paula colocó en su coche.
Lo peor era que el localizador comenzaba a fallar de nuevo e indicaba posiciones extrañas.
Tan pronto aparecía como desaparecía de la pantalla, mostrando saltos poco lógicos.
—Voy a matar al de la tienda.
—Puede que sea tu móvil, que no capta bien la señal, estamos en medio de la nada.
—¡Mierda! —gritó Paula— ¡Ya no está!
La inspectora golpeó el lateral del móvil con la mano en un impulso irracional y nada efectivo, pero ni siquiera eso alteró el ánimo de su compañero, que se limitó a reducir la marcha y desviar el coche al arcén de la autopista.
—¿Por qué paras?
—¿Sabemos a dónde vamos?
García soltó el volante y dejó caer las manos sobre sus rodillas.
—No —masculló Paula con ánimo derrotado.
El inspector jefe suspiró y se colocó unas gafas de sol para proteger sus ojos de la claridad.
—El asesinato de los agentes sucedió entre Fernán Caballero y Ciudad Real. Eso son solo 15 kilómetros. Podemos ir y coordinarnos con los efectivos que ya están desplegados en la zona para abarcar más terreno.
—Aunque estuvo ahí, no sabemos hacia dónde ha seguido, puede estar camino de cualquier parte. Si vamos y ha cambiado de dirección, perderemos el tiempo.
García no contestó. Paula tenía razón, llegar al lugar del ataque no les serviría de mucho.
Podrían estar ahora más cerca del coche de Alicia que antes y no lo sabrían.
Ambos permanecieron en silencio durante unos incómodos minutos.
Paula se distrajo centrando su atención en la defectuosa aplicación mientras él fijaba de nuevo la vista en la calzada.
—Nada de esto encaja —dijo el inspector con voz ronca.
—¿A qué te refieres?
—Que no tiene sentido. Esa chiquilla nos ayudó y se metió en esto de lleno.
—O nos utilizó para encontrar a Esparza.
García negó con la cabeza y comenzó a dar golpecitos rítmicos en el volante.
—Me cuesta creer que una alguien como ella sea capaz de hacer todo esto… ¿Tú sabes la fuerza que se necesita para reducir, trasladar y matar a varios hombres? Y Alicia, ¿qué pesará? ¿Cincuenta y cinco kilos, como mucho?
—Eso no significa nada. Su padre está forrado, tiene medios a su disposición para salvar las barreras físicas que se haya ido encontrando. Además, se sabe que las personas con trastornos mentales pueden exhibir una fortaleza fuera de lo común.
García la observó de soslayo.
—Parece que deseas que sea culpable
Paula dejó el móvil sobre sus rodillas y abrió la ventanilla para que la brisa le diera en la cara.
—Todo lo contrario —contestó con un deje de tristeza en la voz.
—¿Entonces?
La inspectora se giró para mirar de forma directa a su superior.
—No quiero que mi juicio personal nuble el profesional, estoy tratando de ser lo más objetiva posible.
—Ten cuidado, empeñándote en ser imparcial puedes correr el riesgo de pasarte de frenada.
García dijo esto al tiempo que arrancaba de nuevo y se incorporaba a la circulación.
Sin opciones, los inspectores sabían que volver a Madrid era absurdo, pero seguir a ciegas lo era aún más.
Se detuvieron en un bar de carretera, pidieron dos cafés para llevar y se sentaron de nuevo en el coche, desde donde llamaron al comisario para informar, tal y como había solicitado.
—¿Y bien? —La pregunta del comisario resonó en el sistema de manos libres del móvil del inspector jefe.
—Nada. —Paula habló con la cabeza gacha, como si él pudiera verla—. El receptor se ha roto o la aplicación no lo detecta, la verdad es que no tengo ni idea.
—¿Tenemos alguna idea de por qué ha ido a Cuidad Real?
—Los Esparza son originarios de allí —intervino García—, no creo que sea una casualidad.
El comisario permaneció en silencio unos instantes. Sus subordinaros se cuidaron mucho de interrumpir sus cavilaciones.
—Por los informes que he leído, deduzco que este puede ser un caso de venganza.
—Es posible —masculló García.
—Aunque mucho de lo expuesto se coge con papel de fumar y no termino de ver que la chica a la que estáis persiguiendo encaje en todo esto.
Paula y García se miraron sin decidir quién debía contestar.
—Aparte de estar relacionada con Agustín Somoza a nivel personal —dijo el inspector jefe—, está lo que hemos encontrado en su piso.
—Eso son indicios sospechosos, pero no demuestran nada —interrumpió el comisario.
—Y la verdad es que no tiene motivos —reconoció Paula recordando el consejo que su jefe directo acababa de darle.
—Aunque sí está confirmado que es la propietaria del vehículo del que salió la persona que ha matado a dos agentes de la Guardia Civil.
La aportación del comisario hizo que un nuevo silencio se instalara entre los inspectores. Paula miró a García de reojo, pero él no parecía querer aventurar ninguna teoría.
—El otro desaparecido, Marcos Fernández, también tiene conexiones con Somoza y con ciertas pruebas del caso.
—Correcto —confirmó la inspectora con incomodidad ante la nueva intervención del comisario.
—¡Joder, Paula! ¿Qué clase de amigos tienes?
― graznó sin esperar ninguna respuesta—.
Si estuvieras aquí te apartaría del caso por implicación personal, algo que ya debería haber hecho.
Pero llegados a este punto, me da igual si el asesino es tu colega, tu amiga o una monja de la orden del santo abrigo de pana.
Los inspectores evitaron replicar aquel comentario. Se limitaron a aguardar su conclusión, que fue más breve de lo que esperaban.
—Solucionad esto de una vez.
El comisario colgó sin despedirse y dejó a ambos sin una idea clara de lo que debían hacer.
Después de cinco minutos en absoluto silencio, Paula se disculpó y fue al baño del bar de carretera.
Al borde de un ataque de ansiedad, mojó su cara con agua helada y se miró al espejo.
Maldijo en voz alta por haberse implicado a tantos niveles en aquel caso del demonio y dejó que las lágrimas se mezclaran con el agua que no se había molestado en secar y que ya resbalaba por debajo de su blusa.
Regresó al coche sin ocultar la camisa empapada mientras era observada por García que supo respetar su estado de ánimo sin aportar palabras vanas que servirían de poco. No osó volver a hablar hasta que percibió algo por el rabillo del ojo.
—El cacharro parpadea.
Paula miró en la dirección que su compañero le indicaba y su vista chocó con el teléfono móvil que descansaba en la bandeja delantera.
La inspectora echó mano del aparato y miró la pantalla, parecía indicar que el coche de Alicia se encontraba en una población cercana a la linde entre Madrid y Toledo.
Paula volvió la cara hacia su jefe, antes de que pudiese decir nada el inspector arrancó y pisó a fondo el acelerador.