Capítulo 25
Encontrar al último indeseable fue casi más sencillo que dar con el resto.
Solo tuvo que apretarle un poco las tuercas a su hermano.
En cuanto el dolor se volvió insoportable ni su indiferencia hacia la muerte impidió que revelase el escondite de la rata.
Lo decepcionante fue que, al encontrarlo, no ofreció la más mínima resistencia.
Tenía intención de mantenerlos con vida hasta que fuese necesario. Deseaba mirarlos a los ojos, paladear su dolor, que aquellos seres repugnantes desearan no haber nacido. Entonces obtendría su satisfacción
El viaje transcurrió sin sobresaltos. Las imágenes de lo que tenía pensado hacer amenizaron el camino y acortaron los minutos.
Ni siquiera fue consciente de la velocidad que llevaba hasta que miró por el retrovisor y vio una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico justo detrás.
El coche oficial accionó las luces, se colocó delante y el panel luminoso de su luna trasera indicó que se detuviera.
Con calma, puso el intermitente, buscó una zona con el arcén ancho y detuvo el vehículo. La patrulla se detuvo al tiempo y, con parsimonia, dos agentes se apearon. Uno de ellos caminó en su dirección mientras el otro se quedó cerca del coche mirando la matrícula y hablando por radio.
Frunció el ceño. Cabía la posibilidad de que aquello no fuese una parada por exceso de velocidad y, aunque lo fuese, a esas alturas era muy probable que la matrícula del coche estuviera marcada. No podía permitir que un descuido entorpeciese el plan.
Ensayó una sonrisa mientras deslizaba los dedos bajo su pierna izquierda.
Tocó el frío metal de la automática y percibió un hormigueo desagradable en la yema de los dedos.
Hasta entonces no la había utilizado, las armas de fuego le parecían demasiado ruidosas e impersonales, pero siempre la llevaba por si la situación se convertía en algo excepcional.
Y aquella lo era.
Pulsó el botón de apertura del cristal cuando el agente llegó a la altura de la ventanilla y tocó la visera de su gorra a modo de saludo.
—Permiso de conducir y papeles del coche.
Simuló acceder a la guantera. El guardia civil hablaba a distancia con su compañero, que debía estar a punto de recibir los datos del coche.
Sin dejar de sonreír, regresó a su posición y mientras le ofrecía los papeles con una mano sacó el arma con la otra y le descerrajó tres tiros a bocajarro, uno de ellos en plena cara, que provocaron que el joven agente se desplomara hacia atrás sin asimilar lo que había sucedido.
Acto seguido, sacó medio cuerpo por la ventanilla y disparó contra el otro guardia civil que, impactado por la visión de su compañero abatido, no se había decidido a sacar el arma.
Rebotó contra el coche oficial y cayó al suelo con una bala en la pierna y otra en el cuello.
Tras recuperar el aliento, apenas se permitió unos instantes para observar el panorama. Debía salir de allí cuanto antes. Defenderse de esa forma había llenado su cuerpo de adrenalina y le entraron aún más ganas de llegar a su destino para terminar con lo que había empezado tiempo atrás.