El tentador calor de las llamas Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Paula cogió la llave que le tendió la mujer, que enseguida dio media vuelta y se marchó con pasos cortos y rápidos en dirección al ascensor. Sin girarse ni ralentizar el ritmo, habló mientras se alejaba.

—En cuanto resuelvan el caso me lo cuenta todo. No crea que voy a olvidarme.

—Descuide —contestó la inspectora con la tija ya metida en la cerradura.

La oscuridad les recibió al entrar a pesar de estar en pleno día.

Las persianas estaban bajadas y tuvieron que encender la luz para conseguir ver algo.

El salón parecía en orden y Paula se fue directa a la habitación, pero tampoco vio nada extraño.

La cama estaba deshecha y algunas prendas de ropa descansaban arrugadas encima.

Todo normal. Al regresar al salón, encontró a García inclinado sobre el sofá.

Se acercó a él y clavó los ojos en lo que analizaba.

—Libros de gnosticismo egipcio —dijo Paula en voz baja, extrañada por no recordar haberlos visto en sus frecuentes visitas.

Los inspectores se aseguraron de no tocar nada, cualquier prueba que hubieran manipulado sin una orden quedaría anulada, por lo que continuaron haciendo un pormenorizado examen visual de la estancia y su contenido.

Fue el inspector jefe el que, tras agacharse a mirar los papeles que se apilaban en una balda baja de la mesa de centro, distinguió algo que asomaba de debajo del sillón.

—¿Has traído guantes?

—No pensaba necesitarlos.

García chasqueó la lengua, pero no se detuvo. Sacó un bolígrafo de su chaqueta y, con sumo cuidado, arrastró el objeto por la alfombra hasta que estuvo lo suficiente a la vista. Tras asimilar lo que tenía delante, se levantó con algo de aprensión.

—Una ouija .

El inspector jefe dio un par de pasos hacia atrás, su compañera notó que el hallazgo le había incomodado.

—No me gustan estas cosas—susurró.

La inspectora se mordió el labio inferior.

No podía contarle que una aparente chiquillada, sucedida dos años atrás, podía ser la responsable de que la mente de la universitaria estuviera afectada por algo que no era capaz de definir.

Pero lo que sí podía contarle eran datos tangibles.

Merecía cierta franqueza, al menos con respecto a sus propios actos.

—Le puse un localizador en el coche.

Al escucharla, García se giró y abrió los ojos de forma desmesurada.

—Sé que no debí hacerlo —atajó Paula para intentar esquivar una reprimenda merecida—, tenía sospechas, pero nada contundente como para pedir una vigilancia oficial.

—Veo que arrastrarme hasta aquí no ha sido tu única imprudencia de la semana.

Ella bajó la vista y la fijó en el odioso tablero. Quedaba claro que, en lo referente a ese caso, había perdido la noción de lo correcto.

—Al menos no he utilizado los recursos de la policía. El aparato lo compré yo.

—La culpa es mía —farfulló García con decepción mientras dirigía sus pasos hacia la puerta—, he sido muy blando contigo y me he dejado liar con demasiada facilidad.

Paula estuvo a punto de seguirlo, pero frenó en seco al ver que algo asomaba bajo la plancha de caracteres recargados.

—Espera.

La inspectora se inclinó de nuevo sobre la ouija y la deslizó a un lado usando un pañuelo desechable para no tocarla con los dedos.

—Es mejor que no toquemos nada más, no deberíamos ni haber entrado, para empezar —dijo García desde el umbral.

—Hay algo aquí debajo.

Con cuidado, logró liberar una hoja de papel. Estaba impresa por una sola cara, con caracteres comunes de cualquier procesador de textos. No había nada llamativo en el tipo o la forma, fue lo que leyó en él lo que le heló la sangre.

Paula no compartió el hallazgo, se había quedado paralizada. El inspector jefe tuvo que desandar el espacio que lo separaba de ella para comprobar él mismo lo que la perturbaba.

Había poco texto, pero era muy revelador: una lista con los nombres y direcciones de todos los asesinados.

Con letra manuscrita, además, se veían anotaciones al margen que indicaban el día exacto de la desaparición de las víctimas y la fecha en la que la policía encontró todos y cada uno de los cadáveres.

Esa era una información que solo conocían ellos… Y el asesino.

García miró a su compañera. Tenía la tez pálida y el gesto descompuesto, pero no se entretuvo en intentar que reaccionara y en menos de cinco minutos ya había informado al comisario.

El inspector jefe soportó su tibio enfado por haber entrado en casa de Alicia de aquella forma y colocar un localizador en su vehículo sin autorización.

Se notaba que estaba satisfecho con los avances, aunque su deber era tenía mostrarse riguroso en los procedimientos.

En algo más de una hora se emitieron dos órdenes: una para localizar el coche y teléfono móvil de Alicia Mendoza y, la más dolorosa para Paula, otra de búsqueda y captura.

Tras revisar el resto del apartamento, los inspectores dejaron la escena al cargo de unos agentes que quedaron custodiando el piso a la espera de la llegada de la Científica.

Después se dirigieron a casa de Marcos, donde aguardaba una patrulla a cargo del subinspector Bermúdez.

Había signos de lucha y unos cuantos muebles pequeños volcados, pero la puerta de entrada no estaba forzada.

—¡Me cago en la leche!

La salida de tono de Paula sorprendió a García, ya era la tercera vez que la veía perder los papeles. No era propio de ella.

—Este caso es cada vez más complicado —dijo para intentar aplacarla.

—Y encima el cacharro de mierda no funciona.

Paula no se había separado de su móvil, que tenía instalada una aplicación conectada con el receptor que colocó en el coche de Alicia. El aparato no parecía emitir ninguna señal.

—Pide que te devuelvan el dinero.

—No es momento de coñas.

García no replicó, raras veces bromeaba, menos en situaciones como aquella.

—¡Eh! —chilló Paula con un gorgorito— ¡Parece que ahora va!

El inspector se acercó a su compañera y posó los ojos sobre la pantalla del teléfono: «Localizando dispositivo 85%».

Ambos se concentraron en el disco de progreso mientras el porcentaje a aumentaba.

Al llegar al 100%, la aplicación les indicó que había encontrado el localizador y la imagen se desplazó en el mapa desde su posición.

—Se mueve —murmuró Paula.

—¿Dónde está?

—Espera… En la A4, a unos 70 Km de aquí.

García se volvió hacia el subinspector y le pidió que se comunicara con las comisarías de la zona. Debían buscar el coche de Alicia Mendoza y, si la localizaban, seguirla e informar. No debían detenerla, asumían que podía ser peligrosa.

Al terminar las indicaciones, cogió a Paula del brazo, que continuaba con la nariz pegada al móvil, y la arrastró fuera de la casa de su amigo.

—Tú y yo vamos a seguir esa señal de las narices.