Capítulo 24
Paula llegó a la comisaría agotada. Apenas si consiguió conciliar el sueño un par de horas la noche anterior.
Alicia la había telefoneado poco después de haber colocado el localizador en su coche.
La universitaria le pidió que fuera a verla, pero ella se disculpó alegando tener mucho trabajo debido al nuevo secuestro.
Demasiados frentes abiertos, demasiadas luchas internas. No se sintió con fuerzas para enfrentarse a ella y a la sombra de sospecha que ensuciaría su inmenso deseo de besarla.
García aún no había llegado. Necesitada de ocupar su cabeza con algo que no fuese Alicia, fue directa a hablar con Fernández sin recordar que era precisamente a ella a la que pidió que investigara el día anterior.
Con los ojos cerrados, escuchó el escueto informe de Fernández: aparte de la evidente relación de la familia de Alicia con Agustín Somoza, no encontró la menor conexión con Esparza o el resto de secuestrados, ni siquiera de refilón.
Paula sintió alivio, aunque estaba convencida de haber actuado de forma correcta.
Y a pesar de no haber averiguado nada que lo justificara, no terminaba de arrepentirse por haber colocado un localizador en su coche.
La actitud errática de la estudiante y el hecho de que hubiese señalado como asesino al hermano de Esparza, que resultó sospechoso de la desaparición de una joven, eran razones más que suficientes para tenerla localizada, sin contar con que había «soñado» con el secuestro de la última víctima.
A pesar de sus ya incuestionables sentimientos hacia ella, mirar hacia otro lado era un lujo que no podía permitirse.
Encima de su mesa encontró una carpeta que no había dejado la tarde anterior.
La abrió y echó un vistazo a los papeles que había dentro Resultaron ser los movimientos de la empresa de Marcos, que detallaban los encargos de natrón de uno de sus franquiciados, una tintorería que cerró poco después de recibir el pedido de la planta controlada por la matriz.
La empresa propietaria de la franquicia no había dejado rastro, se abrió para gestionar la tintorería y desapareció al cerrar ésta.
Pero lo más extraño era que los datos del administrador no aparecían en ningún registro.
García entró en el despacho en el momento en que Paula terminaba de leer el expediente. El inspector jefe la miró de soslayo mientras dejaba la chaqueta en el respaldo de la silla.
—Veo que has leído lo que te dejé en la mesa.
—Tengo que volver a hablar con Marcos.
—Ya lo he hecho yo.
Paula alzó la vista con las cejas levantadas. El inspector sonrió de medio lado y le dedicó una mirada algo condescendiente.
—Quería ahorrarte el trago.
Ella agradeció el gesto, aunque en realidad hubiese preferido encargarse, a pesar de todo.
—¿Qué te ha dicho?.
—Quien firmó los papeles de la franquicia fue un abogado que representaba al gestor de la empresa que deseaba abrir la tintorería. Según tu amigo, nunca conoció a su franquiciado y éste jamás apareció por el negocio. A los empleados los contrató también el abogado.
—Raro. Habrá que hablar con ese abogado.
—No va a poder decirnos nada.
—¿Y eso?
—Porque era Agustín Somoza.
—¡Joder! —Una nueva preocupación hizo palpitar los ojos de Paula, que anticipaban una migraña por estrés—. Deberíamos ponerle vigilancia a Marcos.
—Van de camino. No creo que tu amigo esté implicado, al menos de forma consciente, pero a ese loco puede darle por eliminar cabos sueltos.
Paula suspiró más tranquila pero, llegados a ese punto, supo que debía sincerarse con su jefe con respecto a todo lo que sospechaba. Tragó saliva y cerró los ojos antes de hablar:
—Creo que Alicia está metida en algo siniestro, puede que se haya enredado en este caso más de lo que me gustaría admitir. Me temo que ya no es solo una chica entrometida.
La contestación de su jefe no llegó hasta sus oídos. Tuvo que abrir los párpados para encontrarse con su mirada penetrante, que esperaba a que continuase.
—Estoy casi segura de haber visto su coche aparcado calle abajo el día que fuimos a ver a Roberto Esparza.
Además, desde hace un tiempo sufre lagunas mentales.
Se despierta en lugares extraños sin saber cómo ha llegado allí y tiene unos sueños muy inquietantes en los que ve cosas horribles —tuvo que coger una profunda bocanada de aire antes de continuar—.
Soñó con el secuestro de Esparza la misma noche que ocurrió.
García resopló y se frotó la nuca. La tensión de los últimos meses había convertido sus cervicales en una dolorida viga de rígido hormigón.
—No sé qué quieres que hagamos con esa información, la verdad.
—Puede que sea solo una casualidad, pero me parece muy extraño. Soñar con situaciones tan concretas no es posible. Puede que ni siquiera sean pesadillas, sino recuerdos bloqueados de algo que ha hecho en un estado disociativo, algo que no es capaz de aceptar.
García guardó silencio unos instantes. No le gustaba compartir cavilaciones sin fundamento, pero lo que había estado intentando evitar desde que conoció a la estudiante se estaba haciendo realidad.
—O puede que al revelarle a tu amiga los progresos y detalles del caso se haya metido donde no debe y haya visto cosas que la han trastornado.
Paula se sintió ofendida por la acusación, pero no deseaba entrar al trapo. En el fondo lo tenía merecido por haberse enredado de esa manera.
—No le he dicho nada que no sepas ya y, por supuesto, no le he revelado, ni a ella ni a nadie, detalles sensibles o que estén bajo secreto de sumario. Lo que no puedo descartar es que nos haya estado siguiendo.
—Solo hay una forma de salir de dudas —sentenció en inspector jefe levantándose de la silla —, vamos a preguntárselo en persona.
Los policías llegaron en apenas quince minutos al edificio donde vivía Alicia. Paula miró a ambos lados de la calle mientras su superior pulsaba el botón del telefonillo.
—No veo el coche.
García se volvió un poco, pero enseguida se giró de nuevo y repitió la llamada al timbre unas cuantas veces.
—Lo habrá aparcado en otro sitio.
—Ayer estaba aquí mismo.
Tras varios intentos, García desistió.
—No hay nadie en casa, ¿estás segura de que tiene el móvil apagado?
—La he llamado ocho veces.
El inspector jefe arrugó la nariz y miró hacia arriba.
—¿Sabemos los nombres de sus compañeros de piso?
—No, aunque no creo que sirviera de mucho, me comentó que casi nunca están.
Paula sacó el móvil y llamó a Alicia de nuevo. Saltó el buzón de voz una novena vez.
—Empiezo a preocuparme.
—No te alteres, estará en clase y por eso lo tiene apagado.
Justo en ese momento, el teléfono de Paula sonó y ella se apresuró a contestar, pero al cabo de pocos segundos su gesto se ensombreció. Después de colgar, se tomó unos segundos antes de hablar.
—Era Bermúdez. Han llegado a casa de Marcos hace diez minutos, pero no hay nadie, en su oficina tampoco saben dónde está.
García torció el gesto.
—Esto no me gusta.
—Ni a mí.
Paula se quedó pensativa un instante.
—Vamos a entrar.
—Para eso necesitamos una orden —dijo el jefe de la investigación.
—Soy amiga suya.
—Los amigos no fuerzan puertas.
—No será necesario.
Paula pulsó la llamada del telefonillo correspondiente a la portería. Al cabo de medio minuto apareció la guardiana del castillo.
—Buenos días, ¿se acuerda de mí? —preguntó la inspectora con tono afable.
La diminuta portera, fingiendo sorpresa, tardó unos segundos en reaccionar.
—¡Ah, sí! La amiga policía de Alicia.
—En efecto.
—¿En qué puedo ayudarla?
Paula sopesó con cuidado las palabras antes de pronunciarlas. Debía resultar misteriosa para así despertar la enorme curiosidad de aquella mujer, pero sin asustarla demasiado.
—Pues verá, Alicia colabora con nosotros en un caso muy importante y nos ha pedido que le llevemos algo que está en su casa. Ella no puede venir hasta aquí y el problema es que no nos ha dejado la llave.
La señora se echó hacia atrás y no contestó de inmediato. Miró a la inspectora de hito en hito y, metiendo las manos en los bolsillos de su floreado delantal, observó al hombre que la acompañaba.
—¿Y tú quién eres?
—Inspector jefe Armando García, para servirla.
Los tres se quedaron callados unos incómodos segundos. A los policías les pareció que la portera se iba a cerrar en banda. Paula atacó de nuevo antes de que reptase de regreso a su guarida.
—No podemos darle detalles porque el caso en el que trabajamos con ella es secreto, pero le prometo que cuando todo acabe, le contaré todo lo que pueda.
Aquellas palabras ablandaron un poco el gesto arrugado de la mujer, pero, aunque la posibilidad de obtener noticias jugosas sobre su inquilina más esquiva era tentadora, seguía sin confiar del todo.
—No quiero problemas.
—Ya le he dicho que Alicia nos envía.
—¿Y por qué no la llaman y que me lo diga ella?
Paula maldijo entre dientes. La portera era dura de pelar. García intervino antes de que a su compañera le diera un ataque de nervios.
—Verá —dijo acercándose a ella para hablar en voz baja—. Alicia no puede recibir llamadas ahora. Está en una vigilancia y tiene el móvil apagado. Ya sabe, para que no la descubran.
La portera se apartó de García y le miró con los ojos fuera de las órbitas.
—¿Vigilancia? ¿Pero esa niña no es universitaria?
—Es complicado.
La mujer sopesó la situación. Los inspectores sabían que aquella señora no tenía un pelo de tonta, pero la posibilidad de participar en algo tan emocionante parecía superarla por momentos.
—Está bien, pero les aseguro que en cuanto vuelva la niña le diré que han estado ustedes aquí.
—Nos parece bien.
La portera se fue a su pequeño cubículo en busca de la copia de las llaves y les indicó con un gesto que la acompañaran hasta el ascensor. Una vez frente a la puerta del piso, levantó el brazo exhibiendo un llavero promocional de una galería de alimentación.
—Prefiero que sean ustedes quienes abran. No quiero líos. Cuando bajen me la devuelven.