El tentador calor de las llamas Capítulo 22 #2
76%

Capítulo 22 #2

«En la pantalla se veía la entrada vacía de la casa de Esparza.

Al poco, la puerta comenzó a abrirse y la imagen se fue iluminando con los faros del coche que esperaba a salir.

De forma fugaz, se distinguió una figura vestida de negro que surgió del margen y lanzó algo sobre el pavimento, antes de volver a desaparecer del plano.

El coche del ingeniero inició la marcha, pero al poco se paró en seco, parecía que se habían pinchado las dos ruedas delanteras.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Después, el chófer se decidió a salir.

Antes de que pudiera darse cuenta, la figura reapareció y los electrodos de una pistola eléctrica salieron disparados hacia su pecho.

El cuerpo del guardaespaldas se convulsionó y, tras unos segundos, cayó desplomado.

Con toda tranquilidad, el agresor se acercó, se agachó y posó un trapo sobre la cara del conductor que, casi en el acto, dejó de moverse.

Tras hacer aquello, el atacante se incorporó y pareció vacilar un instante.

Luego, cogió por los pies al guardaespaldas y lo arrastró fuera del campo de visión de la cámara.

La figura reapareció en la imagen segundos después, rodeaba el coche con paso tranquilo y abría la puerta trasera del automóvil.

Desde esa perspectiva, solo se podía distinguir parte del cuerpo del atacante, pero estaba claro lo que iba a hacer.

Se detuvo un momento para observar a su presa, luego se agachó y desapareció dos o tres segundos tras la carrocería.

Cuando volvió a erguirse, dudó un instante y miró a ambos lados, pero enseguida se movió de nuevo.

Fue hacia el maletero, lo abrió y sacó la silla de ruedas de Esparza.

Estaba plegada y tuvo dificultades para colocarla en posición correcta, pero lo consiguió.

Empujó la silla hasta la puerta, se agachó y cargó con el cuerpo del ingeniero para colocarlo en el asiento.

Después de eso, la dejó a un lado y volvió sobre sus pasos.

Cerró el maletero, regresó al puesto del conductor, abrió la puerta, apagó el contacto y las luces del coche y volvió a cerrar.

A continuación, sacó una linterna de uno de sus bolsillos e inspeccionó el suelo.

Recogió los objetos punzantes que había tirado al pavimento antes de la salida del coche.

De la rueda delantera izquierda desincrustó uno y se lo guardó en el bolsillo con los demás.

Después, de espaldas a la cámara, la figura vestida de negro inspeccionó toda la escena con calma y, por fin, se dio la vuelta».

—Este es el mejor plano que vamos a conseguir de ese tipejo—apunta el técnico.

—Para y aumenta —pidió Paula.

El técnico obedeció. Por instinto, Paula acercó la cara al monitor.

Aunque la calidad de la imagen y la máscara que lo cubría impedía distinguir el rostro, ambos sintieron cómo se les formaba un nudo en el estómago.

El lenguaje corporal les dijo que el asesino sabía que estaba saliendo en la grabación, pero le daba igual.

Ese desdén, que rayaba la burla, lo dedicó a aquellos que le observaban y que, sin pretenderlo, le facilitaron el acceso a su siguiente víctima al provocar que saliese de la madriguera.

Paula se dio la vuelta para maldecir en voz baja.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se percató de la entrada de un oficial.

El policía tuvo que carraspear para llamar su atención.

Ella le miró sin despejar su mente de la autoflagelación, el joven comprendió que ni siquiera le estaba viendo y comenzó a hablar sin esperar invitación.

—Tengo información sobre lo que me encargaste. El asunto más interesante que lo que imaginábamos.

Esas palabras provocaron que la inspectora fuese por fin consciente de su presencia, aunque aún dudó unos segundos.

Al recordar el encargo, pestañeó un par de veces y salió del cuarto de audiovisuales invitándole a que la siguiera.

Por el camino se encontró con García y le hizo un gesto con la cabeza para que los acompañara.

El inspector jefe la miró intrigado, pero obedeció sin mediar palabra.

Ante la puerta del despacho le pidió al oficial que esperara fuera un momento, deseaba prevenir a García sobre lo que iban a escuchar.

—Le he pedido al oficial Fernández que investigara al hermano de Roberto Esparza.

Su jefe levantó una ceja y se cruzó de brazos.

—No teníamos nada que perder y hablamos de hurgar en su entorno a fondo.

—Te escucho.

—Fernández ha encontrado algo, quiero que lo veamos juntos, ¿te parece?

A modo de respuesta, García abrió la puerta y el oficial entró en el despacho portando una carpeta amarilla. No esperó indicaciones para comenzar a hablar.

—Me ha costado, todo lo relativo a esos años no está informatizado, pero he averiguado muchas cosas.

—El joven exhibió con triunfo el dosier que traía, expectante ante un reconocimiento que solo llegó a medias, en forma de asentimiento silencioso—.

Comencé buscando en internet algo sobre Raúl Esparza.

Aparte de mil páginas de redes sociales de gente con el mismo nombre, no había nada.

Probé entonces con su hermano, el reciente secuestrado.

Al principio solo aparecieron noticias sobre sus negocios, pero en una de ellas, relacionada con un asunto de corrupción política en Murcia, se mencionaba de pasada que Esparza ya había sido investigado cuando su hermano desapareció.

Tiré de hemeroteca y descubrí que los periódicos se hicieron eco, hace más de cuarenta años, de la desaparición de una joven, María Inés de la Hoz, una muchacha asturiana de origen humilde que comenzó a trabajar a los diecisiete años en casa de los Esparza como planchadora.

Según la investigación de las autoridades de la época, por la vecindad corrían rumores sobre el interés desmedido de Raúl Esparza por la chica de servicio, aunque nunca pudieron confirmarlo.

Por eso, cuando María Inés desapareció, Raúl se convirtió en sospechoso, más o menos.

—¿Más o menos?

—La familia Esparza era muy importante y esa chica solo era la hija de unos aldeanos asturianos. No pusieron mucho interés al principio.

—Típico —soltó Paula, molesta.