Capítulo 22 #3
—Pero después las cosas cambiaron. Los padres de Inés trabajaban como guardeses en la finca de un alto cargo del gobierno de entonces.
La madre de Inés era muy querida por la mujer de aquel importante diplomático porque había cuidado con esmero a una de sus hijas al caer enferma mientras ellos estaban de viaje oficial en el extranjero.
Aquel humilde pero decidido matrimonio pidió ayuda a sus jefes para esclarecer la desaparición de su hija.
A partir de entonces, la policía no tuvo más remedio que ponerse a trabajar con más empeño y comenzaron a investigar de cerca a Raúl Esparza.
—¿Qué se averiguó?
—Poca cosa. Aunque algún vecino declaró sobre el acoso de Raúl hacia la muchacha, no pudieron demostrar nada. El resto de los empleados de la casa que hubieran podido arrojar más luz sobre el asunto, no soltaron prenda.
—Por miedo.
—Seguramente… Pero la cosa no acaba ahí. —El oficial guardó un silencio efectista que impacientó un poco a los inspectores, aunque no dijeron nada —. Pocas semanas después de que la policía comenzara a investigarle en serio, Raúl Esparza murió en extrañas circunstancias.
—¡Vaya! —escupió Paula
—Estaba navegando con su hermano por las aguas del estrecho de Gibraltar. Habían salido del puerto de Cádiz y pasaron la noche en alta mar. Según la versión de Roberto Esparza, su hermano salió ebrio de madrugada a cubierta y cayó al mar.
—Qué oportuno —musitó Paula.
—Sí, bastante sospechoso, pero a falta de otros testigos, la policía tuvo que dar por buena la versión del hermano.
Además, encontraron unas cuantas botellas de absenta vacías en cubierta y, al final, determinaron que, como parecía, Raúl debía estar borracho y cayó al agua durante la noche mientras su hermano dormía en el camarote.
—¿El cuerpo?
—Jamás lo encontraron. Pero por las corrientes del estrecho no es raro que un cadáver sea engullido por el mar, así que no pudieron hacer mucho más. Pasó el tiempo, le declararon oficialmente muerto y el caso de la desaparición de Inés de la Hoz se enfrió.
—¿Es todo? —preguntó García.
—¿Te parece poco? —inquirió Paula sorprendida.
Él torció el gesto y posó sus ojos sobre el oficial.
—Buen trabajo, Fernández.
—Gracias.
—Tenemos un posible móvil de los asesinatos —intervino Paula—. Hay que investigar a la familia de la chica, puede que los amigos de Raúl y Roberto supieran algo de la desaparición de Inés y que esto sea una especie de venganza.
—¿Y por qué han esperado todos estos años? —preguntó García—. No tiene sentido.
—Puede que se trate de algún descendiente de la familia de la Hoz.
El oficial carraspeó para llamar la atención de los inspectores.
—Pensé en eso y me tomé la libertad de investigar a la familia de la chica.
No tenía hermanos y sus padres murieron hace años.
Solo queda una prima lejana que vive en Portugal y otro primo que está ingresado en el Hospital Universitario Central de Asturias con insuficiencia respiratoria grave.
Ambos tienen más de ochenta años y ninguno ha tenido descendencia.
—Excelente —espetó Paula.
García guardó silencio y se acarició la barba, que ya suavizaba por larga, con la mano.
—Bueno, no perdemos nada por seguir esta línea un poco más —miró al oficial mientras se levantaba de la silla—. Averigua si Inés de la Hoz tenía algún pretendiente, novio o lo que sea, investiga todas sus relaciones, puede que la motivación no venga de su familia directa.
Fernández asintió con la cabeza y salió del despacho con actitud decidida. Una vez a solas, García posó los ojos entrecerrados sobre el rostro de su subordinada.
—Ha sido buena idea investigar al hermano de Esparza.
Paula le miró sin hablar, ya ni siquiera estaba pensando en aquello.
Salió del despacho sin agradecer a su jefe el parco reconocimiento y fue directa hacia la mesa que ocupaba el oficial Fernández.
Se sentó enfrente de él y tragó saliva antes de hablar.
Odiaba lo que iba a decir y le costó horrores que las palabras saliesen de su garganta sin atragantarse.
—Quiero que investigues a esta persona —le tendió una hoja manuscrita al oficial, que la cogió sin apenas mirarla—. Tiene conexión con una de las víctimas. Lo más probable es que no encuentres nada, pero si averiguas cualquier cosa, aunque te parezca irrelevante, quiero saberlo.
Fernández asintió en silencio mientras Paula se levantaba sin más ceremonia.
—Por cierto —dijo ella antes de dar media vuelta—. En caso de que encuentres algo, quiero ser la primera en saberlo.
—De acuerdo.
Paula se alejó de la mesa del oficial y él posó los ojos sobre el pedazo de papel que le había tendido para leer su contenido:
Alicia Mendoza Olivera.
Antes de volver a su piso aquella noche, Paula pasó por la calle donde vivía la universitaria, pero no llamó a su puerta.
Esperó a que nadie la viera, colocó un localizador GPS tipo lapa en los bajos del coche de la joven y se marchó con los puños apretados.
Mientras se alejaba, se concentró en acallar la discusión que mantenían su corazón y su cabeza.