El tentador calor de las llamas Capítulo 22
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Capítulo 22

Paula se despertó con la pesadez propia de una resaca. Desorientada, miró a su alrededor. El reloj de la mesilla de noche marcaba casi las cinco de la madrugada, pero Alicia no estaba a su lado.

Se puso la camisa, salió del dormitorio y la encontró en el sofá del salón, ataviada con un pantalón negro y una sudadera del mismo color. Tenía la capucha puesta y la cara hundida en el pecho, sumida en un sueño agitado que la hacía temblar.

Paula se acercó despacio, pero, al ir a acariciarla, ella levantó la cabeza con los ojos abiertos como platos. La universitaria tardó unos segundos en despertarse del todo e identificar a la persona que tenía delante.

—Hola —susurró la inspectora.

Ella sonrió a modo de contestación.

—¿Qué haces aquí?

Alicia se incorporó un poco, recorrió el salón con la mirada y miró su reloj de pulsera.

—¡Joder!

—¿Qué pasa?

—Me ha vuelto a ocurrir.

Paula tardó unos segundos en comprender.

—¿No sabes cómo has llegado aquí?

La estudiante negó con la cabeza.

—Ni siquiera recuerdo haberme vestido.

Alicia frunció el ceño. A través de una nebulosa de imágenes vagas, le venían a la mente extraños fragmentos de un sueño. Poco a poco le dio forma y, al encajar las piezas, se frotó la cara sintiendo un sabor desagradable en la garganta.

Paula guardó silencio, temía preguntar, aunque no tuvo que hacerlo.

—He soñado que secuestraban al de la foto. Un encapuchado se lo llevaba a la fuerza de su coche.

La inspectora respiró aliviada.

—Solo para que te estés tranquila, y sin que sirva de precedente, te diré que ese tipo murió hace años. El único que queda vivo es el que sacó la foto, su hermano, pero lo tenemos vigilado.

—Menos mal.

—No te preocupes, solo ha sido un mal sueño.

Alicia esbozó una sonrisa fugaz. Estaba cada vez más segura de que esas evocaciones no eran pesadillas comunes, pero evitó volver sobre el tema.

—Entendería que no quisieras seguir viendo a una tipa tan rarita como yo.

La inspectora arqueó las cejas, sorprendida por aquella declaración inesperada. Que Alicia estuviera más preocupada por lo que ella pensase que por las lagunas que estaba sufriendo, le pareció tierno.

—Tus episodios en blanco tendrán una explicación lógica. La encontraremos juntas, si quieres.

Alicia miró a Paula con afecto y le dedicó una sonrisa sincera.

—Eres muy amable.

—No te ofrezco mi ayuda solo por amabilidad —admitió la inspectora con cierto sonrojo.

—¿Ah, no?

Alicia se levantó del sillón y le ofreció la mano. Al estrecharla, Paula percibió la calidez de su piel, que llegó hasta casi calar sus huesos.

—No quiero pensar en esta mierda… Al menos ahora no. Volvamos a la cama —elevó una de las comisuras de sus labios—, puede que tengas que atarme para que no vuelva a escapar.

Paula se dejó guiar sin pronunciar una palabra.

En ese momento la intensidad del deseo era más fuerte que ella, pero su alegría se vio ensombrecida por algo parecido a la duda, una nube negra que comenzó a crecer para alojarse en su subconsciente, preparada para volver a molestarla en cuanto tuviera ocasión.

Como si fuese capaz de adivinar sus emociones contrapuestas, Alicia comenzó a besarla nada más cruzar la puerta del dormitorio.

A la mañana siguiente la inspectora percibió un sabor agridulce en el beso de despedida que le dio a Alicia.

Por un lado, era feliz por haber pasado la noche con ella, por otro, sabía que transitaba por arenas movedizas que amenazaban con engullirla.

El raro sonambulismo de la universitaria era preocupante y, con todo lo que había ocurrido ya, la inspectora era incapaz de no realizar conexiones con los desgraciados acontecimientos que las habían llevado a reencontrarse.

Salió a la calle. El frío de la mañana terminó de despejarla.

Al acostumbrar sus ojos a la claridad del día se topó con uno de los objetos de su inquietud: el coche de Alicia, que estaba aparcado justo frente al portal.

Paula no recordaba haberlo visto allí la noche anterior, se acercó al vehículo y realizó una inspección ocular.

Nada extraño salvo unos restos de barro en las ruedas y el parachoques.

Hacía semanas que no llovía con intensidad y era difícil que en una ciudad como aquella se acumularan restos de tierra mojada en las ruedas.

Chasqueó la lengua y cerró los ojos. Había permitido gustosa que Alicia la transportarse hacia una intimidad colmada de júbilo y, acto seguido, estaba sospechando de ella.

Se sintió culpable por no luchar contra su desconfianza, pero también por desear contenerla en contra de su sentido del deber al que, para más males, ya llegaba tarde.

En la comisaría se respiraba una actividad fuera de lo común. García la vio entrar en la planta y se acercó a ella a grandes zancadas con una expresión desquiciada en el rostro.

—¿Dónde coño estabas? ¡Llevo llamándote al móvil más de dos horas!

Paula lo observó alarmada. Echó mano de su teléfono y comprobó que tenía un montón de llamadas perdidas.

—Lo siento, lo puse en silencio.

Armando García abrió la boca para gritar, pero se contuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó la inspectora.

—Han secuestrado a Roberto Esparza.

—¿Qué?

—Lo que oyes ¡Joder! Sabíamos que iba a ocurrir y no hemos podido evitarlo.

—¿Y el operativo de vigilancia?

—Entre el papeleo de las narices y el lío que hay con los sindicatos por las horas extras, lo aprobaron ayer a última hora.

Al llegar esta mañana se han encontrado con el chófer de Esparza medio muerto y de él, ni rastro.

Se lo han llevado en la puerta de su casa cuando salía. Vete a saber dónde iba.

Paula se sintió mareada. Alicia había soñado que secuestraban a un hombre parecido a Roberto Esparza de la misma forma en uno de sus momentos de ausencia.

Y ella, mientras tanto, estaba dormida.

Su primer impulso fue contárselo a García, pero se contuvo, debía ordenar todas las piezas antes de considerar una teoría tan rara como la que le rondaba la cabeza. No tenía base, ni pruebas… Ni ganas de hacer caso a una razón que estaba lejos de tener lógica.

—¿A qué hora ocurrió?

El inspector jefe se dejó caer en la primera silla que pudo alcanzar y se estrujó la cara con las manos. Paula se percató de que llevaba la misma ropa que el día anterior.

—Aún no estamos seguros —contestó—. El único testigo es el conductor y está en el hospital.

Parece que le dieron una buena descarga eléctrica, además, tiene un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza.

He vuelto de la casa hace un rato. La hemos registrado de arriba a abajo y traído el coche al depósito, pero dudo que encontremos nada de provecho.

A estas alturas, ya sabemos que el desgraciado que está haciendo esto tiene mucho cuidado de no dejar pistas.

Paula se sintió impotente, una mera espectadora ante lo que sucedía.

—¿Y las cámaras de seguridad?

—Ya están analizando las grabaciones.

—Voy a ver cómo lo llevan.

El inspector jefe se encogió de hombros y no la siguió.

Solo uno de los tres técnicos, que tenían los ojos fijos en las pantallas en blanco y negro, reparó en Paula al entrar en el cuarto donde trabajaban. La miró por el rabillo del ojo, pero no dijo nada.

—¿Cómo vais?

—¡Psé! —escupió otro de ellos sin apartar la vista del monitor—. Yo estoy con la grabación de anoche. He retrocedido ya una hora antes de que llegara la patrulla, hasta ahora solo está el coche en la entrada, tal y como lo encontramos por la mañana.

—¿Quién tiene la de ayer, cuando fuimos García y yo a hablar con el dueño de la casa?

Uno de los técnicos señaló con el pulgar al compañero que estaba más al fondo. El aludido miró de reojo a la inspectora y pausó la grabación que visionaba.

—Os he visto entrar y al cabo de un rato, marcharos. Nada más.

Paula se acercó a su interlocutor y se agachó un poco.

—Quiero ver el momento en que salimos de la casa.

El agente obedeció sin preguntar y adelantó el vídeo para que la inspectora pudiese contemplar lo que solicitaba.

Paula se vio a sí misma al lado de García, saliendo de la casa de Esparza. La grabación no tenía sonido y la definición no era la mejor, pero se distinguía que ambos hablaban con gestos airados. Un momento después, la inspectora se observó mirando hacia otro lado.

—¡Para ahí!

El técnico hizo lo que le pedía. Paula se inclinó sobre el monitor y fijó la vista en los arbustos que había frente a la casa, a unos diez o quince metros de donde ellos se encontraban. Después, vio un coche como el de Alicia salir disparado fuera del encuadre.

—¿Puedes sacar la matrícula de ese Citroën?

El técnico se inclinó sobre la pantalla.

—Va a ser casi imposible.

—Inténtalo, por favor.

Paula se irguió para estirarse, justo en el momento en el que otro técnico llamaba su atención.

—He llegado al punto del ataque. La una y catorce minutos de la madrugada.

Sin decir nada más, esperó a que la inspectora se acercara para reanudar la acción de la imagen.