Capítulo 21
Era noche cerrada. Hacía frío, pero era soportable. De nuevo estaba frente al hogar de la comadreja, no podía tardar en salir. Había dejado el vehículo algo apartado, así no llamaría la atención, aunque sabía que eso dificultaría un poco su trabajo.
Movimiento. La puerta de entrada se abrió despacio, los faros de un coche asomaron. Debía moverse de prisa.
Sin que se percataran de su presencia, se aproximó como un gato, lanzó un puñado de clavos de cinco puntas sobre el hormigón y volvió a ocultarse en la oscuridad.
En cuanto el coche atravesó la puerta, las dos ruedas delanteras pisaron las trampas silenciosas y empezaron a desinflarse.
En los segundos siguientes no ocurrió nada.
La inquietud dominaba su cuerpo, pero debía esperar.
Los cristales eran blindados, poco podría hacer para forzar que el conductor saliera, solo podía tentarle.
Al fin, el imponente sujeto que manejaba los mandos del automóvil abrió la puerta con lentitud.
Antes de que pudiera reaccionar e incorporar su enorme cuerpo, los electrodos de una pistola eléctrica de tres mil quinientos voltios se posaron en su pecho.
El hombretón cayó al suelo en medio de terribles convulsiones y no pudo defenderse cuando distinguió a la persona que se aproximaba.
Quien le había derribado se inclinó sobre él, retiró los electrodos, observó su rostro desencajado y presionó en su boca y nariz un trapo empapado de algún producto químico de olor penetrante. El escolta se desmayó.
Se percató enseguida de que había cometido un error de cálculo.
Ese hombre debía pesar más de cien kilos y sería complicado, sino imposible, volverlo a colocar en su asiento, como tenía planeado.
Chasqueó la lengua y optó por una opción menos apropiada, no le gustaba, pero no podía entretenerse.
Con tremendo esfuerzo arrastró a la pesada mole, sujetándolo por los pies, hasta la zona de matorral más próxima.
Lo dejó ahí tirado, donde nadie que pasara pudiera verlo.
Se tomó unos segundos para recuperar el aliento y, con maneras pausadas, se dirigió de nuevo hacia el coche, lo rodeó y abrió la puerta trasera.
Su verdadero objetivo no parecía sorprendido y elevó los ojos con desprecio.
Eso no afectó a su ánimo, pronto se le acabarían las ganas de desafiar a nadie.
Exhibió su arma ante la presa. El gesto congeló la sangre de Roberto Esparza.
Una descarga eléctrica le provocó un dolor insoportable, el corazón pareció estallarle en el pecho.
Después, todo fue negrura.