Capítulo 20 #2
—Procura que este caso no se meta en tu cabeza más de lo razonable.
—Este me lo está poniendo muy difícil.
El inspector jefe no añadió más consejos a un intercambio que había caducado nada más empezar, y se concentró en redactar los informes que el comisario llevaba pidiéndole desde el día anterior.
Hora y media más tarde, Marcos llamó a Paula para facilitarle el nombre de una empresa, propietaria de una de sus franquicias, que había solicitado un pedido de natrón más elevado de lo habitual.
Para evitar suspicacias, Paula no deseaba investigar los negocios de su amigo de forma directa, así que le pidió a un compañero que averiguara cuándo se había solicitado el material, su procedencia, dónde lo tenía almacenado la empresa destinataria y las fechas exactas de recepción.
El resto de la jornada se concentró en diseñar con mimo el operativo de vigilancia que habían pedido para Roberto Esparza.
Había que andarse con ojo por un problema de horas extras que aún no se había solucionado con los sindicatos.
Al terminar, aunque lo intentó, no fue capaz de concentrarse en nada más y se marchó de la comisaría despidiéndose hasta el día siguiente.
García no intentó detenerla, con todos los frentes que la afectaban sabía que su compañera necesitaba desconectar unas horas lejos del aroma de la muerte que siempre les rondaba.
Paula llegó casi una hora antes de su cita con Alicia y decidió tomarse una infusión relajante en el bar de la esquina para tratar de tranquilizarse.
Los pensamientos en bucle que tanto detestaba se agolpaban en su cerebro fabricando un ruido insoportable.
Su velocidad de análisis y capacidad multitarea la habían ayudado en muchas ocasiones, gracias a ella llegó a ser la inspectora más joven de la unidad, pero esa rapidez de pensamiento tenía inconvenientes.
Si no agarraba con fuerza el volante descarrilaría en un torbellino de ansiedad incontrolable y tóxica.
Se bebió la tila de un trago, salió de la cafetería y levantó la cabeza para observar el edificio donde Alicia residía.
Necesitaba entrar para aclarar las cosas, pero, al mismo tiempo, sentía rechazo por lo que pudiera encontrar de sí misma ahí dentro.
Lo más inteligente habría sido dar media vuelta y marcharse a su casa.
No lo hizo.
Parecía cansada, pero la universitaria la recibió con una sonrisa. Bajo sus ojos azules crecían unas oscuras ojeras que le otorgaban un aspecto algo triste.
—No tienes buena cara —dijo Paula sin pensar.
—Gracias, tú también estás muy guapa.
La inspectora se arrepintió de haber dicho aquello. Carraspeó para distraer la atención de su comentario y siguió a su anfitriona hasta el pequeño salón. En cuanto se hubieron sentado en el sillón, Paula fue directa al asunto que había estado martilleando su cerebro.
—Como te dije por teléfono, quería hablar contigo de algo —tragó saliva antes de plantear la cuestión—. Tú tienes un Citroën rojo oscuro, ¿verdad?
—Sí, ¿por qué?
Paula se tomó un momento para plantear la cuestión de la mejor forma posible.
—Me pareció ver tu coche cerca de un lugar que forma parte de la investigación.
La universitaria entrecerró los ojos y frunció el ceño.
—¿Dónde, exactamente?
—En casa del hombre que tú creíste ver en esa foto.
Alicia guardó silencio, su rostro no mostró sorpresa o enfado, sino inquietud.
—Solo quiero saber si —continuó Paula—, en contra de nuestras indicaciones, has investigado por tu cuenta o, lo que es peor, nos has estado siguiendo.
La estudiante tardó en reaccionar.
—Si te soy sincera, no lo sé.
Paula arqueó las cejas, sorprendida.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No puedo estar segura al cien por cien.
La inspectora posó una mirada severa sobre ella. No estaba de humor para más juegos.
—No es momento de bromas.
—No bromeo —dijo Alicia—. Ojalá fuera así.
La aspirante a periodista miró a Paula. La inspectora vio que sus ojos se habían humedecido, estaba a punto de echarse a llorar.
—Desde que empezó todo esto me han estado ocurriendo cosas muy raras. Tengo lagunas mentales, me despierto de pronto en lugares a los que no recuerdo haber ido ni se cómo he llegado… También tengo unos sueños muy inquietantes y vívidos.
Paula no supo qué decir. Alicia parecía sincera y muy preocupada.
—He consultado con un neurólogo, me han hecho pruebas, pero no encuentran nada. Por eso —añadió con rabia en la voz—, no puedo asegurar si estuve o no donde dices haberme visto.
—A ti no te vi, solo me pareció ver tu coche.
—Lo mismo da.
La universitaria estaba al borde de las lágrimas, pero se esforzaba por evitarlo. Se levantó y dio la espalda a la inspectora. Paula cogió su mano, que descansaba pegada a su pierna, y la apretó con suavidad.
—No te preocupes —dijo intentando adoptar un tono tranquilizador—, seguro que no es nada grave.
Te has involucrado en un caso horrible y no es extraño que te pase factura.
De hecho, es lo más terrible que yo he visto desde que entré en la policía, puede que dentro de poco sea yo la que ande sonámbula por ahí.
Alicia se giró y miró desde arriba a la inspectora. Había ternura en sus ojos.
—Gracias.
Paula se ruborizó y, levantándose del asiento, soltó su mano como si quemara.
Aquellos ojos penetrantes, ahora vulnerables, eran demasiado para ella.
La joven mujer que tenía delante hacía tiempo que dejó de ser la amiga de la infancia de su hermana.
El corazón le latía con tal fuerza que temió que ella pudiese escucharlo.
Y actuó sin pensar para acallarlo. Abandonó la prudencia y posó sus labios sobre los de Alicia con la certeza de que ella se apartaría.
Pero no lo hizo, le devolvió el beso y se apretó contra su cuerpo, forjando entre ambas una peligrosa proximidad.
Pero el amado realismo regresó a la cabeza de la policía, le gritó que parara y la catapultó hacia atrás.
—Lo siento —dijo abriendo los ojos e interponiendo cierta distancia.
Alicia la observó con gesto serio.
—¿Por qué?
—No debería haberte besado.
Paula bajó la vista, aquella situación se le escapaba de las manos.
Los deseos de mantener centrada su vida en cualquier cosa que no la desestabilizase eran un espejismo, una ilusión sobre la que no tenía ninguna autoridad.
Si no salía de allí de inmediato se perdería en lo desconocido, en esos ojos llenos de cielo que vagaban y se despertaban en lugares extraños.
Eso la aterraba.
Musitó una despedida inaudible y se giró para llegar cuanto antes a la puerta.
—No te vayas, por favor.
Paula se paró en seco, temía darse la vuelta y volver a encontrarse con ella.
Si lo hacía, no sabía si podría resistirse.
Se giró despacio, dispuesta a plantarle cara a su propio deseo, segura de poder vencerlo.
Pero antes de que pudiera siquiera trazar un plan de huida, Alicia se aproximó a ella y acercó los labios a los suyos.
Paula cerró los ojos con fuerza y, sabiéndose derrotada, cedió a la inercia que su instinto le dictó.
Notó la lengua de Alicia moverse en su boca de forma lenta, cauta, sensual.
El pulso se aceleró y la vista dejó de enviar señales lógicas a su cerebro, hasta el punto de no ver más allá de la mujer que apretaba el cuerpo contra el suyo, despertando una excitación que creía dormida.
Los besos que siguieron fueron apasionados, desesperados incluso.
La inspectora desoyó sus propias advertencias y, al posar la mano sobre la cadera de Alicia bajo su camiseta, percibió el placer que le proporcionaba tocar la piel de una mujer por la que sentía algo más profundo que las simples pasiones pasajeras, el tipo de relaciones a las que se había acostumbrado para no involucrarse en exceso.
A ciegas, la estudiante buscó los botones de la blusa de Paula y comenzó a liberarlos con lentitud mientras ella atacaba su cuello en busca de la esencia más profunda.
Se dejaron caer sobre el sofá, Paula deslizó una mano bajo los pantalones de Alicia y la miró a los ojos justo antes de llegar a su vientre palpitante.
Ella echó la cabeza hacia atrás, feliz de abandonarse a una pasión que se había hecho de rogar demasiado tiempo.
Los movimientos de Paula, al principio lentos y delicados, aumentaron el ritmo acompasando sus crecientes gemidos.
Pero cuando ya estaba próxima al éxtasis, el placer cesó de pronto y la luz se extinguió como en un apagón. Al abrir de nuevo los párpados, los labios de Paula ya no la buscaban y sus dedos no continuaban acariciándola.
Se incorporó despacio y miró a su alrededor. Estaba en el dormitorio. Por un momento temió que todo hubiese sido un sueño, pero la claridad que entraba de las farolas de la calle fue suficiente para que pudiese distinguir el cuerpo de quien dormía plácida a su lado.
Los grandes ojos marrones de Paula, ahora cerrados, habían escapado del aire solemne que siempre los acompañaba.
Observó su suave respiración, que provocaba que sus pequeños pechos ondularan arriba y abajo en una armonía perfecta.
Se tumbó de lado, alargó una mano y tocó el pelo lacio y moreno de la inspectora con suavidad.
Su cerebro había vuelto a desconectar, pero no importaba. Habría más momentos como el que había perdido. Por primera vez, que ella recordara, se sintió acompañada y protegida. Cerró de nuevo los ojos y se abandonó a la calma, tan necesaria en esos días de locura imprevisible.