El tentador calor de las llamas Capítulo 20
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Capítulo 20

García y Paula llegaron a la comisaría envueltos en una nube de silencio e impotencia. La actividad era intensa, y nada más entrar en su despacho, uno de los oficiales asignados al caso apareció corriendo portando una carpeta marrón.

Paula le observó con expresión cansada, el poco fruto que daban los avances provocaba que cada vez celebrara menos cualquier progreso. García cogió los papeles que el joven policía traía consigo y comenzó a leerlos justo antes de que empezase a hablar.

—La científica ha terminado de analizar la sangre de la camisa encontrada en el desván de Somoza, sabíamos que era de mujer, pero ahora también sabemos que no pertenece a la viuda.

Aquello despertó algo a la joven inspectora.

—Supongo que no hemos identificado la procedencia.

—Sin una comparativa, imposible.

—Ya, claro.

—Por lo que leo aquí —intervino el inspector jefe García sin levantar la vista de los papeles—, parece que también hemos detectado una entrada masiva de natrón, lo que usaron para disecar los cuerpos. Lo ordenó una empresa que tiene una cadena de tintorerías.

—Diapunto S.L. —se adelantó el oficial.

A Paula se le fue el color de las mejillas.

—Muchas gracias, buen trabajo —dijo en tono cortante.

Al oficial le desconcertó la reacción de la inspectora, pero captó la invitación y salió del despacho. Ella esperó a quedarse a solas con el inspector jefe para aclarar su actitud.

—Mierda, Armando, esa es la empresa de un amigo mío.

Al inspector le sorprendió que Paula usara su nombre de pila, nunca abandonaba la formalidad de los apellidos en el trabajo. Dejó los papeles encima de la mesa y, cruzándose de brazos, clavó la mirada en la joven.

—¿Muy amigo?

Paula tenía un nudo en la garganta, le costó un triunfo volver a hablar.

—Sí.

—Deberías llamarlo.

Ella asintió en silencio y obedeció la indicación, pero saltó el buzón de voz. Le enseñó la pantalla a su jefe.

—Apagado.

Él resopló y caminó hacia la puerta.

—Sigue intentándolo, y si no contesta manda un mensaje, un correo o una paloma mensajera, pero localízalo.

García salió del despacho y Paula sospechó que lo hacía para darle algo de espacio. Confiaba en ella lo suficiente para no necesitar vigilar que acataba sus órdenes.

La inspectora quiso probar de nuevo, pero pulsó por error el contacto anterior de la lista de llamadas recientes y, antes de que pudiera colgar, Alicia ya había contestado.

—Perdona —se disculpó—, te he llamado sin querer.

—¡Oh! —dijo la universitaria —. Es una pena.

Paula guardó silencio un instante. Necesitaba ponerse en contacto con Marcos cuanto antes, pero recordó el coche que vio cerca de la casa de Esparza. Necesitaba aclarar también ese asunto.

—Suenas cansada, ¿va todo bien?

—Sí.

—Me alegro —la escueta contestación de Alicia hizo que Paula dudara sobre cómo abordar el tema—. El caso es que, ya que hablamos, hay algo que quiero preguntarte.

—Tú dirás.

Paula titubeó unos instantes. Si Alicia había cometido la imprudencia de meter las narices de nuevo en el caso, supo que se iría por las ramas si planteaba la cuestión olvidando la sutileza.

—Preferiría no hablarlo por teléfono.

—Vale, te va el rollito enigmático —soltó Alicia.

A Paula le descolocó el tono seco de la universitaria, no era habitual en ella, y se guardó una réplica que lo alimentara.

—Llegaré a casa sobre las siete —dijo la estudiante rebajando un poco su inflexión irritada— Si no te importa venir…

—De acuerdo, a esa hora estaré allí.

Tras cortar la llamada Alicia notó un sabor amargo en la garganta. Ignoraba por qué se mostró tan cortante con Paula. Había estado esperando con impaciencia un nuevo contacto y, cuando al fin llegaba, se portaba como una imbécil.

La falta de descanso le estaba agriando el carácter.

Las lagunas mentales continuaban. Solían durar unos quince minutos, pero la última vez que se quedó en blanco se despertó aparcada en un descampado a las cuatro de la madrugada y tuvo que conectar el GPS para averiguar dónde se encontraba.

Sin decirle nada a sus padres, para no preocuparles, acudió a un neurólogo.

Le hicieron un electroencefalograma y una resonancia magnética craneal, pero no encontraron nada preocupante.

El médico resolvió que su desorden se debía a la ansiedad y le aconsejó ir a ver a un psiquiatra o practicar ejercicios de relajación.

Se echó hacia atrás en la silla y cerró el portátil. Hacía días que no veía a ninguno de sus compañeros de piso. Ella no preguntaba, ellos no le contaban. La verdad es que no le interesaba lo más mínimo. Se alegró de tener la casa para ella sola la tarde en la que Paula iría de nuevo a verla.

Pero, cuando llegase, tenía que controlar ese mal genio.

La conversación con Marcos, cuando logró localizarlo, fue rara e incómoda.

Paula se quedó mirando el teléfono un buen rato y reprimió una palabrota.

La situación amenazaba con estallarle en la cara, cada vez más personas que conocía se relacionaban con el caso.

Las extrañas circunstancias que lo rodeaban conducían su cerebro a través de una niebla que ocultaba un precipicio.

Y sospechaba que, a pesar de saberlo, si se descuidaba caería al vacío.

No tener ningún dominio sobre los acontecimientos provocaba que le costase respirar e imaginase miles de finales posibles, cada cual más catastrófico que el anterior.

La entrada de un oficial en el despacho impidió que continuara mortificándose.

—¿Querías verme?

—Sí, siéntate, por favor —contestó la inspectora, dejando por fin el móvil sobre la mesa.

Paula cogió unos papeles del dosier del caso y se los tendió al joven oficial.

—Quiero que investigues algo para mí. En la carpeta está la información que tenemos sobre Roberto Esparza, ese hombre tuvo un hermano, Raúl, que falleció hace tiempo.

Necesito saber cuándo murió y qué circunstancias rodearon el deceso.

También quiero que busques todo lo relacionado con su vida, sus parejas, trabajo…

Me interesa cualquier dato que encuentres, aunque te parezca irrelevante.

—De acuerdo.

—No va a ser fácil, pero recurro a ti porque eres el mejor rastreando documentación antigua.

—Gracias por la confianza —dijo él antes de marcharse con el expediente debajo del brazo.

Al entrar de nuevo en el despacho que compartía con Paula, Armando García se cruzó con el oficial, que salió saludándole con una leve inclinación de cabeza.

—¿Algún avance? —preguntó una vez dentro señalando hacia la puerta.

—No, le he encargado que profundice en la relación de Esparza y su hermano.

—¿Has podido hablar con tu amigo? —García cambió de tema.

—Viene hacia aquí —contestó Paula con cara de fastidio.

—Puede que lo del natrón solo sea una coincidencia—terció el inspector jefe en una pose conciliadora que no le pegaba.

—Puede.

Tras decir aquello, la inspectora se encerró en un mutismo incómodo hasta que anunciaron la llegada de Marcos apenas veinte minutos después. Su expresión era de confusión total. Paula solo le había dicho que su visita allí era oficial, pero no le explicó nada más.

—¿No me llevas a una sala de interrogatorios? —bromeó en cuanto ella cerró la puerta del despacho.

—No será necesario.

El tono tajante de su amiga extinguió la sonrisa del recién llegado. La inspectora se colocó frente a él, apoyada sobre la mesa.

—Le he pedido a mi jefe que me deje hablar contigo a solas. Espero que el hecho de que seamos amigos haga más fácil tu colaboración.

—¿Colaboración para qué?

—Para un caso que investigamos. No te puedo dar detalles, pero el nombre de tu empresa ha aparecido relacionado con un asunto bastante turbio.

—La compañía sigue siendo de mi padre.

—Pero ahora la diriges tú.

—Sobre el papel, sí.

Marcos torció el gesto. Paula sabía que a su amigo no le gustaba encargarse del negocio familiar, pero no quiso terminar la carrera de Derecho, ni tenía vocación por nada concreto, por lo que aquella solución fue la más fácil cuando llegó el momento de empezar a ganarse la vida.

—¿Qué estáis buscando? —preguntó Marcos al fin.

—Carbonato de sodio hidratado.

—¿Y eso qué es?

—Un compuesto que se usa en ciertos procesos de limpieza y fabricación de detergentes. Vuestra cadena de tintorerías y lavanderías hizo un pedido enorme de este material hace unos meses.

Marcos sonrió de medio lado. Paula percibió algo de alivio en sus ojos.

—Os tendríais que haber informado mejor. Nosotros no tenemos una cadena, solo dos de las tiendas dependen de la sociedad de forma directa, el resto son franquicias.

—Lo sabemos, fue la matriz la que ordenó la entrada del natrón.

—No me encargo de esa parte del negocio de forma directa, pero sí puedo decirte que algunos materiales los fabricamos en nuestra planta química. Después, los distribuimos en grandes lotes a los franquiciados, así los costes son menores para ellos y nosotros ganamos.

—¿Podrías averiguar si alguno de tus franquiciados solicitó una cantidad más alta de lo habitual?

—Tendría que mirarlo en la oficina.

—Necesitamos saberlo lo más rápido posible.

Marcos se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, le dedicó a Paula una mirada seria.

—Dame dos o tres horas.

—Gracias.

El joven se quedó plantado unos segundos en la entrada del despacho, suspiró y habló de nuevo sin girarse del todo.

—No pensarás que yo…

La inspectora no sospechaba de él, pero eso era algo que no debía verbalizar. Tuvo que tragarse las ganas de tranquilizarle para regresar a su costumbre de actuar con rigurosidad. Ya la había fastidiado bastante con Alicia por bajar la guardia.

—Yo no puedo juzgar. Esto va así, lo siento.

Marcos no añadió nada más y enfiló el pasillo con paso enérgico.

Al quedarse a solas, Paula le dio un manotazo a los papeles que tenía sobre la mesa justo cuando su jefe entraba por la puerta.

—¡Menuda mierda!

García la observó de lado y se sentó detrás de su mesa estirando las largas piernas debajo.

—Así es nuestro trabajo la mayoría de las veces.

Paula miró a García con una gran frustración velando su rostro, pero se abstuvo de replicar.