El tentador calor de las llamas Capítulo 19
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Capítulo 19

La casa de Roberto Esparza parecía un búnker.

Tras la altísima valla de hierro forjado, entre cuyas duras varas acabadas en punta se entrelazaba una espesa hiedra, se adivinaba una sobria construcción de módulos cuadrados de hormigón gris con ventanas estrechas dispuestas en horizontal a unos dos metros del suelo

Paula se paró ante la puerta de acceso a la finca y observó a su alrededor.

Cada rincón de la parcela estaba vigilado por cámaras de seguridad, situadas en las esquinas del vallado y sobre el dintel de piedra del portón de entrada.

Se sintió observada, y aquella sensación no le gustó.

Miró a Armando García por el rabillo del ojo y, por su semblante, supo que se sentía igual de incómodo que ella.

Alguien respondió a la llamada del interfono y les invitó a entrar con el coche a la parcela. La construcción estaba situada en lo alto de una pequeña loma. Todo a su alrededor era frío, no había plantas, ni césped en el suelo, solo piedra, cemento y silencio.

Un tieso mayordomo, vestido con un traje del mismo gris que todo lo demás, les esperó en la entrada y les hizo pasar a la casa en cuanto se apearon del automóvil.

El interior no era mucho más alegre que la fachada. El espacioso hall casi no tenía muebles y las estrechas ventanas apenas si dejaban entrar pequeños haces de luz natural. A Paula se le hizo un nudo en el estómago, aquel lugar le provocaba claustrofobia.

—El señor Esparza les espera en sus dependencias privadas.

Ante la sorpresa de ambos inspectores, el mayordomo se apresuró a justificar la situación.

—Hoy no se encuentra bien.

Paula asintió. Si el dueño del lugar pensaba que aquello les haría dar media vuelta, estaba muy equivocado.

Siguieron al mayordomo escaleras arriba. Con cada paso que daban la sensación opresiva se acentuaba. Pararon ante una enorme puerta blindada.

—Curioso acceso a un dormitorio —susurró García.

El mayordomo le miró de reojo, pero no dijo nada. Pulsó un botón situado a un lado de la puerta y enseguida se escuchó una voz ronca, pero rotunda, a través del interfono.

—Adelante.

Un estridente pitido anunció la activación del sistema de apertura. El mayordomo se apartó e invitó con un gesto a los policías.

Roberto Esparza estaba sentado en un confortable butacón de cuero, con sus piernas cubiertas por una gruesa manta.

Una silla de ruedas vacía descansaba no muy lejos de él.

La decoración de la enorme habitación contrastaba con el resto de la casa.

El fuego crepitaba en una gran chimenea con adornos de mármol, los muebles eran de estilo regencia inglés y las paredes estaban cubiertas con estanterías empotradas repletas de libros.

La estancia tenía dos cuerpos. El primero, donde se encontraban, era una especie de sala de estar, el segundo era el dormitorio, que solo pudieron adivinar a través de la rendija de una puerta entreabierta.

Los inspectores se acercaron a aquel hombre serio de porte imponente.

Paula observó que en su regazo descansaba una mascarilla conectada a un concentrador de oxígeno colocado con disimulo tras el butacón.

A pesar de aquella estampa de fragilidad, Esparza irradiaba una gran fortaleza a través de sus ojos oscuros.

—¿Y bien? —preguntó el anfitrión a bocajarro.

García y Paula permanecieron de pie, nadie les había ofrecido una silla, una clara estrategia para hacerles sentir incómodos y no alargar aquel encuentro más de lo necesario.

—Soy el inspector jefe Armando García y ella es mi compañera, la inspectora Paula Relaño, de la Policía Judicial. Estamos aquí con la esperanza de que nos ayude en una de nuestras investigaciones.

Esparza levantó las cejas y mostró cierta impaciencia.

—Eso ya me lo dijo por teléfono. Sea más concreto, por favor.

—Investigamos la desaparición y asesinato de unos hombres a los que usted conoce.

Un atisbo de inquietud asomó en los ojos del hombre, pero enseguida corrigió el desliz desviando la mirada.

Sin esperar invitación, Paula echó mano del dossier que traía y extrajo una copia de la fotografía que habían encontrado en el desván de la casa de Agustín Somoza.

Esparza observó durante unos segundos la instantánea que le ofreció la inspectora, pero no reveló una pizca de emoción en sus facciones.

—Muy bonita —dijo devolviéndole con desprecio la foto.

Paula no aceptó la copia de la imagen. El industrial retirado se mantuvo con el brazo extendido hasta que empezó a temblar ligeramente y dejó la foto sobre la manta que cubría sus piernas.

—Conocía a estos hombres, pero hace décadas que nos los veo.

—Todos están muertos, menos usted.

La revelación a quemarropa del inspector jefe no pareció afectar a Esparza.

—La edad no perdona.

García resopló. La actitud impertinente y desafiante de ese hombre le sacaba de quicio.

—Señor Esparza, entendemos que esto pertenece a una parcela de su vida privada, pero le aseguro que la forma en la que han muerto los demás no se debe a causas naturales. Por eso estamos aquí, para evitar que le ocurra a usted lo mismo.

El industrial retirado levantó la vista y le miró a los ojos.

—¿Cree usted que me asusta morir? —Una risa entrecortada brotó de la fina línea que formaban los labios de aquel hombre—. En mi caso, casi sería una bendición. Además, si los que corren peligro son los de la fotografía no deben preocuparse, yo no aparezco en ella.

García y Paula se miraron confundidos. Esparza disfrutó del momento de perplejidad de los policías y lo alargó unos instantes.

—Yo fui el que la sacó.

Paula se acercó al industrial y posó un dedo sobre uno de los rostros de la foto.

—Entonces, ¿este quién es?

—Mi hermano pequeño.

Los inspectores guardaron silencio. Sabían que tuvo un hermano que había fallecido años atrás, pero no se les ocurrió relacionarle con aquello.

—Era un año menor que yo, nos parecíamos… Aunque solo en el físico.

A García le llamó la atención aquel titubeo. Le quedó claro que al empresario jubilado no le gustaba hablar de ese tema.

—¿No se llevaban bien?

Roberto Esparza observó al inspector con severidad y este supo al instante que no se dejaría llevar.

—Eso no es asunto suyo, y tampoco creo que pueda ayudar en la investigación.

García frenó las ganas de seguir. Ese hombre ocultaba algo, pero supo que en aquel momento no conseguiría sacarle lo que era.

—Estoy cansado. Todos los de la foto están muertos, asunto zanjado. No creo que yo tarde demasiado en hacerles compañía, me encuentren o no los tarados que los hayan matado.

—Lo que no parece entender —apuntó García algo molesto—, es que nuestro trabajo es averiguar quién lo ha hecho y usted es el único vínculo que tenemos con las víctimas.

Esparza negó con la cabeza sin ocultar su impaciencia.

—Como ya les he dicho antes, hace décadas que no veo a ninguno de estos hombres.

—Puede empezar por decirnos a qué se dedicaban en esa asociación.

—¡Oh! Bueno, no éramos más que un grupo de imberbes apasionados por un tema común.

—¿La egiptología?

El diseño de la casa observó al inspector sin contestar.

—Encontramos libros sobre el tema en las casas de los fallecidos.

—Ya.

—Pero eso no es todo.

García le hizo un gesto a Paula y ésta le pasó el dossier. Le tendió a Esparza la serie de fotografías de los cadáveres menos impactantes, en las que los cuerpos aún estaban envueltos en vendas.

Esparza observó cada foto con detenimiento, una a una, con calma y sin dibujar ningún gesto en su arrugada cara.

—Ahora me dirá que estos son mis antiguos compañeros.

—En efecto.

—Bueno, en el fondo estarán encantados de haber sido enterrados de esa forma. Al igual que yo, no creo que ninguno abandonara del todo su afición por los ritos y costumbres del antiguo Egipto.

—No se yo —dijo García cansado del teatro de aquel hombre enfermo—, para asegurarse de que no iban al más allá el asesino les extrajo el corazón y omitió pasos clave del proceso.

Además, no creo que a sus antiguos amigos les agradase ser torturados del modo más depravado que he visto jamás para acabar tirado en una zanja envuelto en vendas.

Aquella fue la única ocasión en que Esparza mostró verdadera inquietud en sus facciones.

—Aunque dejemos eso por ahora —continuó el inspector adoptando un tono más conciliador—. Lo que nos importa ahora es que a usted no le ocurra lo mismo. Pero para eso usted debe ser sincero con nosotros.

—Hasta ahora lo he sido.

—No lo creo.

Roberto Esparza apretó con escasa fuerza uno de los brazos del sillón. Al inspector jefe no le pasó desapercibido el movimiento.

—Hemos comprobado que se reunió con Agustín Somoza no hace mucho.

—¡Eso es una falacia!

El exabrupto fue acompañado de un movimiento hacia delante que Esparza paró en seco, y con dificultad, para evitar caer de bruces. La mirada furibunda que les dedicó al recomponerse les dijo que, si hubiese podido, les habría echado él mismo a patadas de la propiedad.

—Tenemos testigos del encuentro —confesó García sin dejarse contagiar por el talante del anfitrión.

Esparza le observó aún desafiante, pero un acceso de tos frenó la intención de mantener su actitud soberbia.

Tuvo que echar mano de la mascarilla de oxígeno, y pasaron varios segundos antes de que pudiese volver a respirar con normalidad.

Los inspectores aguardaron a que el hombre se restableciese lo suficiente para volver a hablar, aunque esa demostración de debilidad no le restó un ápice de determinación.

—Les he invitado a mi casa por cortesía, no tengo por qué seguir hablando con ustedes.

—Si lo prefiere, lo haremos en la comisaría.

—Llamen a mi abogado y concierten una cita.

García tuvo que contener una palabrota. No todos sus órdagos surtían efecto.

—Está bien —dijo el inspector jefe con tono resignado—, veo que quiere ponernos las cosas difíciles.

Su actitud solo va a retrasar el momento y va a contribuir a que usted esté en peligro.

No creo que el hecho de que no figure en la foto le libre de esto, solo es cuestión de tiempo que ese depravado venga a por usted.

Si colabora, le asignaremos protección policial para que nadie pueda acercarse a esta casa.

Las advertencias del inspector no parecieron hacer mella en Esparza.

—No necesito que me protejan —levantó los ojos y fulminó a los inspectores con la mirada—, solo que me dejen en paz.

García relajó los hombros y negó con la cabeza. Quedaba claro que, por el momento, no conseguirían nada más de aquel hombre terco.

—Le haremos llegar una citación formal. Nos hará perder un tiempo precioso, pero no podrá evitarnos para siempre.

Esparza se encerró en un férreo mutismo, del que no salió ni para despedirse de los inspectores, que cruzaron la puerta blindada de la habitación con la impotencia alojada en las tripas.

Una vez fuera de la casa, Paula estalló.

—¡Maldito viejo cabrón!

—Está claro que oculta muchas cosas —dijo García mientras obligaba a que su subordinada diese la espalda a la cámara que les enfocaba de frente—, solo es cuestión de tiempo que las averigüemos.

—O no —musitó Paula entre dientes—, seguro que sus abogados nos lo pondrán difícil para sacarle de ahí.

—No puede estar encerrado de por vida.

—Ya lo hace.

—Puede, pero me da en la nariz que este asunto va a provocar que salga de su madriguera… Y mucho antes de lo que pensamos.

Paula reflexionó sobre lo que su superior acababa de decir.

—Pondremos en marcha un operativo de vigilancia por si acaso se le ocurre salir o, lo que es peor, por si alguien intenta entrar. No quiero arriesgarme.

Camino del coche, a Paula le llamó la atención un utilitario estacionado al final de la calle. La persona que había en el interior debió percatarse enseguida de que estaba siendo observada, porque arrancó de forma súbita y aceleró para desaparecer calle abajo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó García.

Paula no contestó. Se quedó parada con la vista clavada en la oscuridad. Hubiera jurado que aquel coche era el de Alicia.