Capítulo 18
A pesar del ajetreado día con el que había lidiado, Paula pudo llegar casi puntual a su cita con Alicia.
Encontró abierta la puerta del portal del edificio donde vivía la estudiante y entró sin problemas en el oscuro descansillo.
Afanada como estaba en buscar el interruptor de la entrada, no reparó en que una figura menuda se había aproximado a ella.
Tuvo que reprimir un grito cuando, al encender la luz, se encontró con el rostro enjuto y surcado de arrugas de una mujer de apenas uno cincuenta de estatura y cuerpo redondeado.
—¿Puedo ayudarla en algo? —graznó la mujer con acento gallego y tono de vicetiple.
—No, gracias, voy a ver a una amiga.
—¿A qué piso va?
—Al cuarto.
—Mmm —musitó la señora sacudiéndose el delantal floreado que llevaba puesto—. Imagino a quien viene a ver. Perdone si la asusté, la puerta del portal está rota y hasta que vengan a arreglarla tengo que asegurarme de que nadie entra a…Ya sabe.
—A robar o a liarla —dijo Paula.
La portera asintió y puso los brazos en jarras. La inspectora sonrió para sus adentros, estaba segura de que, por la decisión de aquella mujer curtida y a pesar de su constitución diminuta, pocos se atreverían a hacerle frente.
—Por mí no tiene que preocuparse, soy inspectora de policía.
A la señora se le iluminó la cara, se juntó más a ella y le hizo un gesto para que acercase su oído. Paula tuvo que agacharse para obedecer la indicación.
—Ojalá viniera más gente como usted al edificio, nos ahorraríamos más de un susto.
—¿A qué se refiere?
La portera agitó la mano con rapidez para quitarle hierro a sus palabras.
—Nada, cosas mías. Es que una ya no tiene edad de andar vigilando.
—Esta no es una mala zona, pero claro, nunca se sabe, ¿no?
—Y con los tiempos que corren…
—Bueno, al menos con Alicia también puede estar tranquila.
La portera torció el gesto y se mordió el labio inferior. Paula supo enseguida que algo le quemaba en la lengua, aunque trataba de alargar el momento con fingido dramatismo.
—Su amiga tiene unas costumbres muy extrañas, ¿sabe?
Sale de casa a horas intempestivas, da igual si es de día o de noche, no tiene horarios fijos y no habla con los vecinos.
Hace unos días la sorprendí con la mirada perdida en medio de la calle.
Intenté hablar con ella, pero me ignoró como si no estuviera.
—Bueno, ya sabe cómo son los universitarios.
—No me malinterprete —continuó la portera—, no digo que sea mala chica. Parece majiña , pero a veces es muy suya.
—La conozco desde hace años, es buena gente.
A pesar de la amplia sonrisa de Paula, la portera no quedó demasiado satisfecha con la respuesta, aunque no añadió nada más. La inspectora se disculpó alegando llegar tarde y se metió en el ascensor mientras notaba en la nuca la mirada escrutadora de la desconfiada mujer.
La breve charla con la gallega supuso una buena forma de romper el hielo.
—He tenido una interesante conversación con tu portera —dijo Paula en cuanto Alicia la invitó a pasar.
La joven elevó los ojos al techo mientras cerraba la puerta del apartamento.
—Lo siento, es un poco pesada.
—No te preocupes, ha sido divertido. Está intrigadísima contigo.
—Me interroga siempre que me pilla, pero yo no suelto prenda. Te confieso que a veces disfruto viendo como la reconcome la curiosidad.
—¡Qué mala eres!
Alicia se echó a reír y dejó a la inspectora en el pequeño salón mientras se acercaba a la nevera a por algo de beber.
—Nunca se sabe a quién deberé investigar, cuantas menos personas se enteren de que ayudo a mi padre con los casos de estafas a seguros, mejor.
—Sería una bomba en la junta de propietarios que siguieras a alguien del portal.
La estudiante regresó con dos latas de cola que dejó sobre la mesa baja.
—¿Cómo te ha ido el día? —dijo tras abrir una de las bebidas.
—No demasiado mal, dadas las circunstancias.
—¿Habéis avanzado?
—Sabes que no puedo hablarte del caso.
Alicia la observó con gesto resignado, pero no se rindió.
—Dime al menos si nuestro tema en común ha servido de algo.
—No te cansas nunca, ¿verdad?
—Me lo dicen mucho.
Paula decidió tirar por la calle de en medio.
—Mira, solo te diré que estoy en ello, puede que mañana haya novedades prometedoras, ¿satisfecha?
—No, pero ¿sabes? Hoy no me he levantado muy guerrera y no me apetece discutir.
—Brindo por eso.
Ambas entrechocaron las latas de refresco.
—¡Por cierto! —masculló Alicia aun tragando—. Toma tu móvil antes de que lo vuelvas a olvidar.
Cogió el terminal de una mesita auxiliar situada a la izquierda del sofá y se lo ofreció a Paula, que lo guardó en el bolsillo de su chaqueta sin apenas mirarlo.
—Se quedó sin batería. Espero que no te hayan intentado localizar con nada urgente.
—Seguro que no ha llamado nadie, no uso demasiado este número, podrías habérmelo dado la semana que viene y casi no lo habría notado.
—Bueno, me sirvió de excusa.
—¿Para preguntarme sobre el caso?
Alicia sonrió de lado. Un mechón rubio calló justo delante de sus ojos y sopló hacia arriba para retirárselo.
—No.
—¿Entonces?
Alicia no pudo contestar, un nudo en la garganta se lo impedía.
Quería decir y hacer tantas cosas que todas se agolparon en su cabeza hasta formar un tapón imposible de disolver.
Paula observó a la estudiante sin decir nada y le sostuvo la mirada mientras bebía.
Un espeso silencio se instaló entre ambas, se habían agotado las palabras y la situación comenzaba a resultar intensa.
—Gracias por tu paciencia —dijo Alicia a falta de algo mejor que decir.
Paula creyó captar una invitación para despedirse. Se levantó despacio, cogió su chaqueta y se dirigió a la puerta.
—No hay por qué darlas —contestó.
Alicia no quería que Paula se marchase, hizo un amago para cogerla del brazo e impedírselo, pero se contuvo. No se le ocurría nada convincente que decir para retenerla sin recurrir al verdadero motivo de su reticencia.
—Mantenme informada sobre lo que averigües, ¿vale?
—No lo haré.
Paula sonrió después de decir esas palabras.
Ambas mujeres se quedaron plantadas sin mover un músculo, midiéndose en silencio.
Tras unos instantes densos en los que ninguna tomó la iniciativa de elegir un mejor modo de despedirse, la inspectora giró sobre sus talones y cruzó la puerta con cierta decepción, aunque también con alivio por haber podido contener la situación.
No debía dejarse arrastrar por lo que el cuerpo y el corazón le pedían.
Si eso sucedía, no sabía si sería capaz de parar.
Porque en el fondo no quería.