El tentador calor de las llamas Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

El joven miró de reojo al jefe de sala, que estaba en el centro del restaurante observando la escena con los brazos cruzados. Paula le saludó con la mano y elevó un poco el tono para que pudiera oírle.

—Enseguida se lo devolvemos.

El jefe del muchacho se dio la vuelta sin decir nada. Los inspectores supieron que avisaría en el acto al director de lo que estaba sucediendo.

Una vez en el exterior, los policías condujeron al camarero a la zona de mesas de la terraza, que a esa hora estaba vacía porque ya comenzaba a refrescar, y le pidieron que se sentara en una de ellas. Ambos se colocaron enfrente.

—Antes me ha parecido que te callabas algo al ver las fotos —soltó García sin rodeos—. Estoy en lo cierto, ¿verdad?

El chico fijó la vista en la mesa y empezó a tiritar. No hacía tanto frío y los inspectores supieron que estaba al borde de un ataque de nervios. Paula se inclinó sobre la mesa y posó su mano en el hombro del camarero.

—No tienes nada que temer, solo cuéntanos lo que sabes.

El muchacho levantó un poco la vista, tenía los ojos empañados en lágrimas. No era más que un crío.

—No quiero meterme en líos, necesito el trabajo.

—Nadie va a despedirte porque hables con nosotros.

—Es que no es eso.

De nuevo se cerró en banda. Paula suspiró, el director no tardaría en aparecer y, si eso pasaba, el chico no soltaría prenda. García tuvo la intención de intervenir, pero su subordinada le retuvo con un suave gesto, no quería que le asustase con su ruda voz de barítono y su habitual impaciencia.

—Si hay alguien del que tengas miedo, nosotros te protegeremos. Te garantizo que me ocuparé de que no te echen por contarnos lo que sabes, te lo prometo.

El chico volvió a mirar a la inspectora. Las lágrimas brotaban ya sin control y resbalaban como cataratas por sus mejillas.

—Me gusta currar aquí —consiguió balbucear entre sollozos—, pero ese día no me tocaba trabajar y estaba enfadado porque me habían hecho venir ¡Si se entera mi jefe de lo que hice me va a echar a la puta calle!

Los gemidos se transformaron en un llanto quejumbroso e infantil. Paula tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para armarse de paciencia y frenar el impulso de zarandearlo. Por el rabillo del ojo, vio que García se removía en la silla como si estuviera sentado sobre brasas.

—Vale —dijo Paula acercándose al chico con voz suave—. Entiendo que viste a los hombres de las fotos, pero que cuando lo hiciste no estabas donde debías, ¿es correcto?

El camarero asintió con la cabeza.

—No me importa lo que estuvieras haciendo, pero tienes que contarnos lo que sabes.

El chico volvió a asentir.

—Adelante, esto no saldrá de aquí.

Al fin, el muchacho logró calmarse un poco y fue capaz de articular las palabras que los inspectores necesitaban.

—Fue hace… No sé, unos dos o tres meses.

Yo estaba en el descanso cerca del cuarto donde se guardan las bolas del campo de prácticas y oí voces que se acercaban.

Me escondí dentro para que no me pillaran, pero me quedé mirando por la rendija de la puerta.

Era raro que hubiera alguien allí a esas horas, ya era de noche y en esa época hubo un problema con los focos del campo y estaban apagados. Nadie juega a oscuras.

El chico interrumpió un momento el relato y trató de luchar con el hipo que el llanto le había provocado. Se sorbió los mocos antes de continuar.

—Entonces vi a un hombre mayor en una silla de ruedas que empujaba un tío enorme, y otro más o menos de la misma edad que el de la silla. El gigantón se quedó apartado de los dos viejos y ellos se pusieron a hablar en la esquina de la plataforma de tiro.

—¿Pudiste escuchar algo de lo que decían?

—No, estaban a cinco o seis metros de mí y hablaban en voz baja, pero gesticulaban mucho, creo que discutían.

—¿Recuerdas algo más?

—No mucho, me senté en el suelo a esperar a que se fueran. Creo que me quedé dormido… Cuando desperté ya no estaban.

—¿Te te quedaste dormido? —Paula le observó con incredulidad.

El camarero clavó los ojos en el suelo, avergonzado.

—Es que… me estaba fumando un porro y me dio bajón.

García y Paula tuvieron que hacer un verdadero esfuerzo por no reírse. Por esa razón el chico se asustó tanto cuando le abordaron, si sus jefes se enteraban de que había hecho esa tontería no duraría en el club ni cinco minutos.

—Vamos a hacer una cosa. Cuando te pregunten de qué hemos hablado, diles que nos has dicho que solo viste a esos hombres de pasada.

El camarero asintió, de nuevo las lágrimas amenazaban con salir a borbotones.

—Tranquilízate antes de entrar y procura que no se note que has llorado —la inspectora hizo una pausa y le dedicó al muchacho una sonrisa cómplice—. Y en cuanto a lo del porro, no te preocupes, no diremos nada, aunque espero no encontrarte un día de estos pillando en algún callejón.

—Lo he dejado.

Los policías se levantaron de las pesadas sillas de hierro forjado y las apartaron para rodear la mesa. Paula se giró y le ofreció una última mirada al compungido camarero.

—Espero que sea verdad, esas mierdas fríen las neuronas.