Capítulo 17 #3
Sáez de Corcobaño esbozó una sonrisa parecida a una mueca al verles entrar y suspiró hondo antes de hablar.
—La junta me ha autorizado a colaborar con ustedes siempre y cuando sus preguntas no comprometan a esta sociedad de ninguna manera. Si considero que alguna de las cuestiones vulnera nuestra honorabilidad o prestigio, no podré contestarles.
—Nos parece razonable —se apresuró a decir Paula ante el gesto torcido de García.
—Aclarado este punto —continuó el director mientras tomaba asiento en su butaca de piel—, ustedes dirán.
—Roberto Esparza y Agustín Somoza —soltó García a bocajarro—, son socios del club, ¿verdad?
El director del campo alzó la mirada al techo, simulando hacer memoria.
—Ya sabemos que nuestra información es correcta, no le compromete en absoluto confirmarlo.
Sáez de Corcobaño bajó los ojos para centrarse en el ordenador portátil de última generación que descansaba sobre su mesa. Pulsó algunas teclas con parsimonia y después de escudriñar con ojos entrecerrados la pantalla, alzó de nuevo la vista hacia los inspectores.
—En efecto, esos caballeros continúan formando parte de nuestro club.
De hecho, recuerdo haber hablado en alguna ocasión con el señor Somoza, un hombre encantador, aunque no suele frecuentar demasiado nuestras instalaciones.
Al señor Esparza no le conozco en persona, pero le he visto un par de veces, hace ya bastante tiempo.
Por su condición física no puede jugar, aunque, según consta en nuestro registro, continúa pagando las cuotas.
—¿A qué condición física se refiere? —quiso saber Paula.
El director no pudo reprimir un gesto de sorpresa en los ojos, pero pronto adoptó una expresión de evidente fastidio. Había hablado demasiado. Los inspectores esperaron a que se recompusiese. En la voz del director se percibió cierto rencor.
—Supuse que ustedes estarían mejor informados.
—Si no necesitásemos su colaboración no habríamos venido a hablar con usted —dijo Paula con media sonrisa.
Sáez de Corcobaño sostuvo la mirada de la inspectora unos instantes, calibrando si aquella joven le estaba pidiendo ayuda o intentando manipularlo. Decidió no intentar averiguarlo.
—El señor Esparza es mayor y hace tiempo que se desplaza en una silla de ruedas. Las veces que le he visto por aquí acude acompañado de un asistente que le auxilia si es necesario, lo que suele ser casi todo el tiempo.
Paula arqueó las cejas y miró a García por el rabillo del ojo. Si aquello era cierto, resultaba evidente que Roberto Esparza no podía ser el asesino que buscaban. Eso solo significaba una cosa: era muy probable que se encontrara en serio peligro de muerte.
—Entonces —continuó el inspector—, el señor Esparza venía a este club para…
García dejó la frase en suspenso y esperó a que el director la completara. Éste tardó unos segundos en complacerle.
—Supongo que vendría a pasar el rato o quedaría a comer con otros socios.
—¿Alguien en particular?
Corcobaño puso los ojos en blanco y apretó los labios. Quedaba claro que la actitud sumisa que se veía obligado a adoptar le disgustaba.
—¿Quiere ir al grano?
—¿Roberto Esparza y Agustín Somoza se encontraron en este club alguna vez?
—No, que yo sepa.
—¿Está seguro?
—Nunca los vi juntos.
—Pero pudieron verse sin que usted lo supiera.
—Claro, yo no espío a mis socios, ni puedo estar en todas partes.
García miró a Paula con hartazgo. Su compañera comprendió y cogió el relevo.
—Tendremos que hablar con sus empleados para averiguar si alguno recuerda haberles visto reunidos.
Aquello disgustó al director, pero se guardó de decir nada, sabía que iba a resultar inútil disuadir a aquellos tercos inspectores.
—En este momento hay treinta y dos trabajadores en el club, ¿desean interrogar a todos?
—No se trata de un interrogatorio, sino de unas simples preguntas y, dado que no practicaban en el campo, nos conformamos de momento con los empleados que trabajan en los servicios de restauración y atención al cliente, es decir, esa recepcionista tan simpática que está en la entrada, los camareros del bar y el restaurante, los que atienden los vestuarios y zonas comunes… Ya sabe.
—Muy bien, aunque ahora solo están los que trabajan por cuadrante.
—Hablaremos con el resto a lo largo de la semana, si es necesario.
El director no contestó, se limitó a coger el teléfono y cruzar unas palabras con la muchacha de recepción, dándole instrucciones para que avisara a todo el personal requerido para que se presentase en su despacho de forma inmediata.
Al cabo de unos cinco minutos, quince trabajadores se apiñaron muy juntos cerca de la puerta del despacho con expresión preocupada. Tan solo los dos jefes de sala del servicio de restauración se mantuvieron a cierta distancia de los demás y procuraron mostrar algo de calma.
—Ante todo, quiero que se tranquilicen —dijo García en tono pausado al ver los rostros desconcertados de los empleados—. Tan solo vamos a hacerles una pregunta sencilla y queremos que contesten con sinceridad.
Los aludidos asintieron sin pronunciar una palabra. Paula se levantó de la silla, sacó unas fotografías de su cartera y se las tendió a un camarero situado en el extremo izquierdo del grupo.
—Estas son fotografías, más o menos actuales, de dos socios de este club. Queremos que las miren con atención, nos digan si los conocen y si alguna vez los han visto juntos. Sus nombres son Agustín Somoza y Roberto Esparza, este último se desplaza en silla de ruedas.
Los empleados se pasaron las fotos. La recepcionista y uno de los camareros se quedaron mirándolas apenas unos instantes más que el resto. Ambos inspectores fueron conscientes del casi imperceptible detalle.
—¿Y bien? ¿Alguno los reconoce? —preguntó Armando García.
Todos negaron con la cabeza.
—Muchas gracias por su ayuda, pueden marcharse.
Los trabajadores del club relajaron los semblantes y comenzaron a salir. Paula se acercó al grupo y tocó con suavidad el brazo de la recepcionista.
—¿Puede quedarse un momento?
La chica se giró con temor en los ojos y se hizo a un lado para dejar paso a sus compañeros. Cuando todos hubieron abandonado la estancia, Paula volvió a sentarse y dejó a la muchacha en medio del despacho retorciéndose las manos.
—Me ha parecido que podría haber reconocido a los hombres de las fotografías, ¿me equivoco?
—No… Yo, no —los ojos de la chica se desplazaban con velocidad vertiginosa del suelo del despacho al rostro de su jefe—. Quiero decir, han venido algunas veces, pero nunca juntos.
—Bueno, es un comienzo. Confirmamos que ambos han estado en el club.
—Sí.
—Pero no los ha visto nunca relacionarse.
—No.
—Aunque entrasen por separado, si se hubieran reunido en otra parte, usted no habría podido verlo.
—No.
—¿Recuerda si alguna vez los vio llegar el mismo día?
—No lo sé, no me acuerdo.
—¿Existe algún registro de acceso al club?
—Solo para socios si van a salir a jugar. En ese caso tienen que darme su número de abonado para reservar turno en el campo.
—Entonces, ¿aquí puede entrar cualquiera?
—Bueno, en realidad sí. Los servicios de cafetería y restaurante son públicos, muchos quedan aquí con gente que no pertenece al club.
Paula se toqueteó una oreja, algo que hacía con frecuencia para concentrarse. Giró la vista hacia García, pero el inspector jefe no parecía querer aportar nada por el momento.
—Muy bien —dijo al fin la inspectora—, ha sido usted de gran ayuda, muchas gracias, puede marcharse.
La recepcionista no necesitó una nueva invitación para salir disparada del despacho. Al girarse hacia la puerta evitó encontrarse con los ojos de su jefe, por si eran los de un director decepcionado.
Sáez de Corcobaño frunció el ceño, comenzaba a impacientarse.
—No le molestaremos más —dijo el inspector jefe estirando la mano para estrechar la suya—. Le llamaremos para ver a los trabajadores de los otros turnos.
—Si usted, o alguno de sus empleados, recuerda algo que pueda resultar de utilidad, le ruego que se ponga en contacto con nosotros —añadió Paula Relaño mientras le tendía una tarjeta.
El director del club asintió con la cabeza y se guardó la pequeña cartulina en el bolsillo de la americana.
—No hace falta que nos acompañe, conocemos el camino —sentenció la inspectora con una sonrisa forzada.
Sáez de Corcobaño no se hizo de rogar y, en cuanto los policías abandonaron su despacho, se dejó caer en el sillón de cuero como si acabara de correr un esprint.
García y Paula utilizaron las escaleras de servicio para llegar al piso inferior. En cuanto se encontraron en el recibidor, el inspector paró en seco.
—Me has leído la mente, como de costumbre.
Paula miró a su jefe de reojo.
—Por no retener también al camarero, digo.
Ella dibujó una sonrisa cómplice en el rostro.
—Es mejor que hablemos con el chico sin que su jefe lo cohíba.
García asintió satisfecho. La mujer más joven en alcanzar el grado de inspectora en la unidad llegaría lejos si se lo proponía.
No tardaron mucho en encontrar al que buscaban.
Se aproximaba la hora de cenar y los empleados del restaurante se afanaban en preparar las mesas con esmero.
Se acercaron al muchacho por detrás y, concentrado como estaba tratando de doblar las servilletas de tela en formas imposibles, no se percató de la presencia de los policías hasta que García carraspeó a su espalda.
El camarero se giró con gesto despreocupado, pero en cuanto se enfrentó al rostro de los inspectores el color desapareció de sus mejillas.
—Nos gustaría hablar contigo un momento.
La voz del inspector jefe sonó autoritaria, lo que no contribuyó a relajar al joven, que dejó caer una de las servilletas al suelo.
—Yo… Ahora no puedo, estoy trabajando.
—Seguro de que tu supervisor lo entenderá.
El camarero se agachó para recoger el fino trozo de tela y, al levantarse, se quedó plantado, sin habla, retorciendo la servilleta entre las manos como si quisiera exprimirla. Paula le toco con suavidad el codo.
—Solo será un momento. Salgamos.