Capítulo 17 #2
Paula estornudó y se frotó los ojos. Averiguar datos del pasado de alguien, sobre todo si no es un personaje público o no tiene antecedentes penales, era una tarea tediosa.
Aunque, ayudada por uno de los oficiales asignados al caso, pudo acumular una serie de fotos y documentos relativos a la actividad profesional de Roberto Esparza, no halló nada que pudiera arrojar algo de luz sobre el caso que les ocupaba.
La inspectora miró al oficial por el rabillo del ojo, estaba concentrado, pero su rostro reflejaba cierta impotencia.
—¿Has encontrado algo interesante?
El aludido levantó la vista de la pantalla y miró a Paula con los ojos enrojecidos por las horas de intensa lectura.
—He podido relacionar su nombre con algunas obras de caridad y un club de golf, pero me temo que no nos servirá de mucho.
Paula dejó caer el bolígrafo, que ya había casi desintegrado con los dientes.
—¿Un club del golf?
El oficial se sorprendió por el repentino interés de la inspectora ante un dato en apariencia insignificante. Tardó unos segundos en contestar.
—Sí, es un campo bastante elitista, está cerca de la residencia de Esparza.
—Apúntame el nombre de ese club.
Paula no añadió nada más. De inmediato, se sumergió en un mar de papeles del caso. En cuanto dio con lo que buscaba, llamó por teléfono a García y le pidió que se reuniera con ella en el despacho que compartían.
—Hemos encontrado una conexión entre Esparza y Somoza —soltó Paula a bocajarro en cuanto García entró en la sala.
Él permaneció en silencio e invitó a la inspectora a continuar con un gesto de la mano.
—Esparza es socio de un club del golf y me acordé de que Mercedes Somoza nos comentó que su marido también pertenecía a uno. De hecho, encontré en su despacho algunos recibos de la cuota de socio. Lo he comprobado, es el mismo.
García se sentó con tranquilidad tras su mesa y rumió unos instantes las palabras que acababa de escuchar.
—Así que, después de todo, parece que no perdieron el contacto.
El inspector jefe se quedó pensando un momento y torció el gesto. Aunque no tuvieran confirmación, para él era un hecho que el hombre de la foto que les quedaba por identificar era Roberto Esparza. Solo era cuestión de horas confirmarlo.
—¿Los demás también eran socios de ese club?
—No me ha dado tiempo a comprobarlo. Le pediré a Bermúdez que lo averigüe.
—Vale, que nos llame en cuanto sepa algo. Te espero en la puerta —dijo cogiendo la chaqueta que descansaba en el respaldo de la silla—, nos vamos a ese club cagando leches.
El campo de golf estaba situado en el centro de una urbanización de la zona norte de la región.
El complejo, compuesto por enormes y costosas construcciones, parecía intentar renovarse y en su interior contrastaban estancias de austera modernidad con salones de ambiente inglés que parecían sacados de los años ochenta.
Bermúdez les había telefoneado nada más parar el coche en el extenso aparcamiento del club.
Las familias de las otras víctimas le habían asegurado que ninguno fue nunca socio de aquel campo.
No obstante, García le pidió que siguiera investigando entre los papeles, extractos y correspondencia de las víctimas por si aparecía alguna carta, recibo o cargo bancario que pudiera relacionarles con aquel lugar.
De momento, tendrían que conformarse con el nexo entre Somoza y Esparza.
Los inspectores caminaron con paso seguro hasta el mostrador de la entrada. La recepcionista los atendió con expresión altanera.
—Buenos días, ¿puedo ayudarles? —preguntó mientras escaneaba con descaro impertinente la indumentaria de los policías.
Ambos ignoraron la muda apreciación y sacaron las placas, que plantaron delante de su nariz. La sonrisa de suficiencia que había exhibido hasta entonces se borró de su rostro en el acto.
—Somos el inspector jefe García y la inspectora Relaño —dijo el primero con tono neutro—. Queremos ver al director.
—No sé si se encuentra en el centro.
García chistó ante la respuesta de aquella chica y suspiró de forma exagerada. Ladeó la cabeza y habló con voz rotunda.
—Estoy seguro de que usted sabe si aún sigue aquí. Y si no está le localiza, por favor.
La recepcionista no reaccionó al momento. Miró a ambos con algo de inquietud. La mano le tembló al coger el auricular del teléfono.
—Ahora mismo le llamo.
La chica se dio la vuelta para poder hablar sin ser escuchada y, tras una corta conversación en voz baja, regresó a su posición procurando mantener cierta compostura.
—Les recibirá en su despacho. Tengan la amabilidad de acompañarme.
Ambos siguieron a la chica a la segunda planta, hasta un pasillo lleno de puertas cerradas de madera noble que acababa en una de doble hoja, delante de la que se pararon para que ella llamara antes de hacerse a un lado.
El director del club de golf, un espigado hombre de unos cincuenta años y espeso cabello castaño, bajó un poco sus gafas de montura al aire al verlos entrar.
Se presentó con el rimbombante nombre de Rigoberto Sáez de Corcobaño y les invitó a sentarse en su amplio y luminoso despacho del edificio principal del club, con grandes ventanales que mostraban el campo y desde donde se distinguían grupos de personas arrastrando carritos, en coches eléctricos o golpeando con destreza las pequeñas bolas blancas con sus palos de varillas de titanio.
Su tono al hablar fue cordial y carente de preocupación.
—¿En qué puedo ayudarles? —Desde su cómodo sillón de cuero marrón, tras la enorme mesa de escritorio, el director les obsequió con una amplia sonrisa.
Paula observó la decoración de aquel lugar, aparte de una escueta estantería con algunos archivadores, las paredes estaban decoradas con fotos del campo y un par de reproducciones de Botero que mostraban golfistas rechonchos en espacios coloridos.
Justo en la pared situada tras el sillón del director, colgaba un marco con la fotografía del presidente honorífico; un anciano de porte altivo, de barba y bigotes blancos, pero sin un solo pelo en su redonda cabeza.
Desde su posición, clavaba los ojos con solemnidad a todo aquel que osara entrar en esa estancia.
—Espero que no se trate de un tema grave —añadió el director—, si de algo podemos enorgullecernos es de que este club funciona como un reloj suizo.
—No estamos aquí por temas de la sociedad —sentenció Paula con tono grave.
El rostro del director reflejó curiosidad, pero al segundo lo modificó por una forzada indiferencia.
—Ustedes dirán, entonces.
—Verá —continuó Paula—, necesitamos cierta información sobre dos de sus socios.
La mirada del director se ensombreció y de su expresión desapareció cualquier rasgo de amabilidad.
—En ese caso, siento no poder resultarles útil. Nuestro club garantiza la privacidad de todos sus miembros, la discreción es una máxima en centros como éste.
García y Paula no se sorprendieron por la respuesta, no esperaban que aquel hombre soltara un torrente de información de buenas a primeras.
—Esto no es una firma de abogados, no les obliga ningún tipo de confidencialidad para con sus socios —intervino Armando García—. Tampoco tiene pinta de iglesia, ¿acaso en sus contratos aseguran no hablar jamás de sus clientes a riesgo de excomunión del paraíso del green?
Aquel comentario burlón no gustó lo más mínimo al director.
—No tenemos un contrato de esas características, pero existen reglas tácitas de cortesía y, lo que es más importante, la ley y el reglamento de protección de datos.
—¡Vamos, hombre! —soltó el inspector jefe mientras reía de forma abierta—. No me venga con chorradas como esa.
—La norma nos obliga a proteger los datos personales de nuestros socios —insistió el otro sin alterarse.
García se revolvió en la silla. Tenía ganas de pegarle una patada al pedestal imaginario desde el que ese tipo les hablaba.
—El asunto que nos ha traído aquí es muy serio, mucho más de lo que usted pueda imaginar.
No nos costará ningún trabajo conseguir una orden para obtener la información que buscamos.
Podemos ir por la vía difícil, en la que esperamos la orden, registramos el club, estudiamos sus archivos y después le citamos en la comisaría para que declare de forma oficial, o podemos tirar por la fácil, que nos ahorrará un tiempo precioso a todos y evitará mala publicidad para su club, que seguro surgirá en cuanto vengamos un par de veces en coches oficiales a llevarnos sus archivos.
Rigoberto Sáez de Corcobaño sopesó las palabras del inspector, que mantenía su mirada con gesto adusto. Por un momento, Paula pensó que su jefe perdería el órdago, pero tras unos segundos de reflexión, en el rostro del director apareció una sombra de resignación.
—Debo consultar esto con la junta y nuestros abogados. ¿Puedo saber de qué índole es la investigación?
García y Paula se levantaron de sus respectivos asientos y se miraron, sopesando la conveniencia de revelarle a ese hombre el objeto de su trabajo. El inspector jefe intuyó que saberlo le motivaría a su favor.
—Homicidio.
Esa palabra cayó como una losa sobre el director. Su apariencia aristocrática se desvaneció durante un segundo, aunque trató de que no se le notara en exceso. El inspector enfiló hacia la puerta seguido de Paula.
—Tiene una hora —dijo sin girarse antes de salir al pasillo.
Los inspectores dedicaron el tiempo a deambular por el club y observar a los socios en el moderno bar del edificio principal, iluminado con la suave luz de la tarde a la que dejaban paso las enormes cristaleras que comunicaban con el campo de prácticas.
Al ir a pagar la consumición, el camarero les informó de que la dirección del club deseaba invitarlos, pero ellos declinaron la oferta y abonaron los cafés, que costaron como si hubieran tomado tres cada uno.
Seis minutos antes de que se cumpliese el plazo concedido, la recepcionista del campo, mucho más amable que la primera vez que habló con ellos, les indicó que el director les recibiría de nuevo en su despacho.