Capítulo 17
Después de una noche en vela, Paula decidió ir a la comisaría antes de que saliera el sol. Si no podía dormir, al menos intentaría hacer algo útil. Sola en el despacho, se pegó varias veces en la frente con la palma de la mano, recriminándose por su actitud de la tarde anterior.
Tener a Alicia tan cerca casi la hizo perder la compostura.
El control sobre todo lo que hacía era la base de su existencia. Si se abandonaba a la improvisación sus pensamientos acabarían siendo obsesivos e impredecibles. Debería haberse apartado en el acto, pero su cuerpo no quiso obedecerla porque le gustó aquella proximidad. Demasiado.
García entró una hora después en el despacho con tanta prisa que Paula notó removerse el aire a su alrededor y la desconectó de sus evocaciones. Un alivio que él tampoco durmiera demasiado.
El inspector se plantó delante de ella, se inclinó y apoyó las manos sobre la mesa exhibiendo una amplia sonrisa.
—Lo tenemos.
—¿El qué?
—Al que nos faltaba.
Paula se levantó como impulsada por un resorte.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Cómo…
—La matrícula del coche que aparecía en la foto nos ha dado un nombre. Por fortuna, en su día fue un hombre de reconocido prestigio en su profesión y aparece alguna imagen suya en Internet. Esas fotos son bastante posteriores a la del grupo, aunque estoy seguro de que se trata del mismo sujeto.
—¿No lo has corroborado aún?
—No, pero me apostaría el sueldo de un mes a que se trata de él. De todos modos —continuó García—, no tendremos que esperar demasiado para saber si estoy o no en lo cierto. Ha aceptado a regañadientes recibirnos mañana en su casa.
El inspector le tendió una serie de papeles a su subordinada y, con un gesto de la cabeza, le instó a que los leyera. Paula lo hizo en voz alta:
—Roberto Esparza, industrial retirado. Es de Ciudad Real, pero su familia se trasladó a Madrid cuando era muy joven.
Es un hombre solitario, sus padres murieron hace años, igual que su único hermano.
Nunca se casó y tampoco aparece ningún hijo reconocido.
Vive encerrado en su casa por problemas de salud, protegido por férreas medidas de seguridad.
—Por lo poco que he hablado con él, me ha parecido un tipo huraño y cabreado con el mundo.
Paula comenzó a morder la tapa de un bolígrafo de forma inconsciente.
—Quizás deberíamos investigar a fondo el pasado de ese hombre antes de la cita, por si oculta algo.
García la miró con sorpresa y gesto contrariado.
—No solo deberíamos, es lo que vamos a hacer. ¡Pareces nueva!
Paula se mordió el labio. Toda aquella historia de espíritus la había desviado del pensamiento cabal, el rechazo a aceptar su veracidad le impidió ver que investigar a aquel tipo era la forma lógica de actuar.
Se había comportado como una ignorante ante su jefe por no querer reconocer que Alicia podía tener razón en su teoría, aunque partiese de algo tan rocambolesco como una sesión de ouija .
García salió del despacho farfullando algo que ella no logró entender y la inspectora cogió el auricular del teléfono para contactar con uno de los oficiales.
—¿Paula? —preguntó el agente de recepción que estaba de turno.
—Sí.
—Jo, sí que te das prisa en contestar.
—En realidad iba a telefonear y me he encontrado contigo.
—Bueno, da igual. Te llama una tal Alicia Mendoza, ¿te la paso?
Paula casi se tragó el capuchón del boli que mordisqueaba.
—¿Te la paso? —volvió a preguntar el agente con tono impaciente.
—Sí, gracias —balbució la inspectora.
Tras unos segundos de espera, Paula escuchó la voz de Alicia. Un hormigueo en las tripas la obligó a contestar con apenas un hilo de voz.
—Buenos días —dijo ella sin notar su turbación—, perdona que te haya llamado al trabajo.
—No es molestia, pero, ¿por qué llamas a la comisaría?
—Porque te dejaste el móvil en mi casa.
Paula cerró los ojos con fuerza. Recordaba haber dado media vuelta al darse cuenta de que lo había olvidado sobre la mesita del salón, pero después solo era capaz de visualizar los ojos de la joven sobre los suyos, ese mar insondable en el que deseaba perderse y del que tuvo que escapar para no verse engullida por él.
Soltó una palabrota inaudible.
—Vaya, qué despiste —dijo disimulando su ofuscación.
—Te fuiste muy rápido, cuando me di cuenta ya era tarde. No he podido localizarte hasta ahora.
—Ya, perdona.
—No pasa nada, ¿necesitas que te lo lleve? Hoy no tengo clase.
—Es mi móvil personal, aunque suene raro no lo uso mucho.
—Pero en algún momento tendré que devolvértelo, ¿no?
Paula se atragantó con las palabras y tuvo que cortar en seco para tomar un poco de aire.
Elevó la vista al techo antes de adoptar un tono prudente.
Esa vez sería diferente, no permitiría que el deseo de algo intangible la dominase.
Era una profesional que solo iba a recoger un teléfono a casa de alguien relacionado con un caso abierto.
—Si quieres me paso por tu casa más tarde.
Alicia no contestó en el acto. Esa minúscula pausa provocó que la inspectora se arrepintiera de su ofrecimiento. Ya estaba a punto de recular cuando la voz de la estudiante cortó en seco el impulso.
—Vale, ¿a qué hora?
—Esto… ¿Te viene bien a las ocho y media?
—Aquí te espero.
Paula colgó el auricular del teléfono como si pesara una tonelada, pero no se permitió perder más tiempo con temas personales y salió del despacho en busca de su superior.
Debía concentrarse en lo que de verdad importaba: encontrar a un sádico asesino.
Alicia se quedó en el sofá de su pequeño salón unos minutos.
Había visto una oportunidad y la aprovechó, eso era todo.
Si Paula no hubiera olvidado su teléfono móvil no habría tenido una excusa convincente para quedar con ella.
Deseaba averiguar lo que había sucedido la tarde anterior, no estaba segura de si Paula había percibido lo mismo que ella en el sutil tropiezo.
Si analizaba con objetividad lo que ocurrió podía llegar a la conclusión de que aquello no tuvo la menor importancia; todos los días la gente se da de bruces con alguien, uno se sacude la ropa, pide disculpas y listo.
Pero algo en su interior le decía a gritos que aquel encontronazo casual encerraba algo más fuerte que el azar provocando que dos cuerpos choquen.
No le resultó extraño que le sucediese con Paula, hacia tiempo que comprendió que su presencia la intimidaba por la enorme atracción que sentía hacia ella, algo que había enterrado en su subconsciente e intentado suplir con alguna que otra relación fallida.
Pero, desde su reencuentro, había notado que ella ya no la miraba como a la amiga de su hermana pequeña.
Debía corroborar si sus deseos adolescentes no estaban haciendo que imaginase cosas donde no las había, al fin y al cabo, llevaba unos días bastante extraños.
Una sensación de incomodidad se alojó en la boca de su estómago, se frotó el vientre para intentar que desapareciera.
No supo apreciar si esa molestia se debía a la peculiaridad de una situación que no era capaz de definir o al puro nerviosismo que le ocasionaba volver a ver a Paula.
Se levantó del sofá algo mareada. Hacía días que no descansaba bien y el episodio de la pérdida de memoria del día anterior, despertando en el coche sin saber cómo había llegado allí, aumentaba su intranquilidad.
Aunque no tenía clases esa mañana decidió que lo mejor que podía hacer para no obsesionarse era salir.
Sin pensarlo demasiado, cogió el ordenador portátil y lo metió en la mochila.
Al acercarse a los jardines de la universidad sus fosas nasales fueron invadidas por un intenso aroma a marihuana.
Sin molestarse en buscar el origen de aquellos efluvios, muy habituales en las inmediaciones de la facultad, fue directa a la redacción de la gaceta universitaria.
No le sorprendió encontrarse con Luis al cruzar el umbral de la entrada.
—¡Dichosos los ojos! —soltó nada más verla— ¡Glorioso sea este día! ¡Alicia nos honra con su presencia!
—Hola, Luis —saludó la aludida poniendo los ojos en blanco.
El jefe de la diminuta redacción se acercó a ella.
—Hace días que no apareces y me debes mil quinientas palabras.
—¿No eran ochocientas?
Luis torció el gesto y simuló hacer memoria con expresión teatral.
—Puede, pero no solo no me las has enviado, sospecho que ni siquiera has empezado. Eso tiene multa.
Alicia sonrió y se metió las manos en los bolsillos de la cazadora.
—Sospechas bien.
—Al menos lo admites.
—He estado muy liada con todo lo que ha pasado. Si me hacéis un hueco me pongo ahora mismo.
Luis dibujó una amplia sonrisa y le indicó una de las mesas que quedaban libres con la cabeza.
Alicia se puso a trabajar de inmediato, necesitaba distraerse.
Conectó el portátil, lo encendió, leyó su cuaderno con anotaciones para el artículo y abrió un documento nuevo en su procesador de textos.
Pero quince minutos después la página continuaba en blanco.
No conseguía concentrarse, sus pensamientos vagaban del tipo de la foto a Agustín, de él a Paula y, una vez en ella, se quedaban amarrados por voluntad propia.
Paseó la mirada por la estancia y vio a Luis al otro lado de la habitación hablando por el móvil, al diseñador gráfico concentrado en su tarea, a dos chicas de segundo de pie mirando fotos el un portátil…
Todos le parecieron seres superfluos, anodinos, grises.
Ninguno era como la persona cuyo rostro no podía dejar de construir en su cabeza de mil formas diferentes.