Capítulo 16
Alicia renegó en voz alta y cerró la tapa de su ordenador portátil.
Hacía semanas que no llegaba un encargo del despacho de su padre y su cuenta estaba bajo mínimos.
Dada la situación, lo comprendía, pero si seguía así no le quedaría más remedio que buscar algún trabajo temporal para pagar el alquiler.
Lo que fuera menos dar su brazo a torcer y pedir ayuda directa a sus padres.
Se levantó de la silla y en la encimera de la cocina de estilo abierto encontró un cigarro medio seco que alguno de sus compañeros había olvidado .
Ella solo había tonteado con el tabaco las noches de juerga, pero en ese momento tuvo la tonta idea de que sentir el humo bajando por su garganta la relajaría un poco.
La primera calada supo a rayos, la segunda a estiércol y la tercera la mareó.
Apagó el cigarrillo bajo el grifo del fregadero y lo tiró a la basura.
Aquel acto de estupidez le costó una bajada de tensión.
Caminó haciendo eses hasta el dormitorio y se tumbó en la cama.
Al cerrar los ojos notó la respiración entrecortada y volvió a abrirlos, pero no pudo distinguir dónde se encontraba.
Hacía frío, mucho frío. Su mano, guiada por un impulso involuntario, palpó la pared y encontró el interruptor, pero al dar la luz ya no estaba en la cama, sino al pie de unas escaleras metálicas que conducían a un piso inferior con una mesa de operaciones, otra auxiliar con ruedas a un lado, algunos armarios metálicos cerrados.
Mientras descendía la escalera todo le resultaba, al mismo tiempo, extraño y familiar.
Es la primera vez que estaba allí abajo, ¿o no?
El corazón le comenzó a palpitar con fuerza y una rara excitación le recorrió la columna al agarrar un escalpelo de la mesita.
La superficie fría y suave le resultó agradable.
Un cansancio terrible la invadió de pronto y soltó el instrumento.
Quería dormir, pero allí no había ninguna cama, solo la mesa de operaciones.
Le pareció buena idea tenderse encima de la dura y helada superficie.
Al fijar los ojos en el techo grisáceo y salpicado de humedad, pensó en lo que deben sentir ellos al despertar desorientados, amarrados con correas, amordazados…
Primero frío, luego desconcierto, después pánico, dolor. Antes de cerrar los ojos, sonrió.
El sonido de la sirena de una ambulancia sacó a Alicia de su ensoñación.
Le dolía el cuello, no recordaba haberse quedado dormida en el sillón.
Se frotó los ojos para limpiar la vista borrosa, pero no consiguió enfocar hasta que, con mucho esfuerzo, logró focalizar lo que la rodeaba.
No estaba en el sofá de su casa, sino sentada en el coche, que estaba aparcado en la calle perpendicular a la de su apartamento.
Miró a ambos lados para encontrar una respuesta a aquella extraña situación, trató de recordar en qué momento había bajado a la calle…
Nada, solo era capaz de componer la imagen de encontrarse tumbada en una mesa metálica.
Salió del utilitario aturdida y buscó su teléfono móvil en la chaqueta.
Sus ojos se abrieron como platos al comprobar que habían pasado cuatro horas desde que se echó en su apartamento.
Aquello era raro y muy preocupante. Intentó recordar detalles de la pesadilla que había sufrido.
No había sido un mal sueño al uso, en el que las imágenes se mezclan difusas y las acciones se experimentan con una artificiosa discontinuidad.
Su ensoñación fue nítida, rica en detalles, demasiado realista y personal.
Un escalofrío le tensó la espalda.
Se fue directa a casa y, nada más cruzar el umbral, sintió la urgente necesidad de quitarse la ropa que llevaba puesta.
Acto seguido se metió en la ducha, convencida de que el agua despejaría su mente.
Se quedó debajo del chorro un buen rato, devanándose los sesos para recordar por qué había caminado dormida hasta el coche.
Estaba tan abstraída que no escuchó a la primera el timbre de la entrada.
Envolvió su cuerpo en una toalla y, con la piel y el pelo aún mojados, abrió la puerta.
Se encontró con Paula, cuya expresión cansada se turbó de repente al verla casi sin ropa.
—Un vecino que salía con una bici me ha abierto abajo —dijo desviando la vista del brillo del agua—. Siento haber venido sin avisar.
Alicia, petrificada por el frío y la sorpresa, no contestó de inmediato.
—¿Cómo sabes dónde vivo? —preguntó tras asegurar la toalla alrededor de su cuerpo.
Paula no contestó y la aspirante a periodista se reprendió por esperar respuesta a una pregunta tan tonta.
—Si me hubieras llamado no te habría abierto con esta facha. Pasa —dijo dando media vuelta—, coge una cerveza de la nevera mientras me pongo algo encima.
—No, gracias, esperaré a que te vistas.
Alicia corrió al dormitorio y, sin detenerse a pensar demasiado, se puso unos tejanos y una camiseta blanca.
Al regresar al salón, Paula entreabrió los labios como si fuera a decir algo, pero no lo hizo.
En sus ojos, Alicia percibió una mirada distinta, una atención delicada que parecía analizarla como si fuese la primera vez que reparara en ella.
Un segundo después, Paula desvió la vista hacia las baldosas del suelo.
La anfitriona repitió la invitación mientras colocaba dos botellas de cerveza en la mesa baja situada frente al sofá y se sentó al lado de la inspectora, que aceptó el trago al no estar de servicio.
Alicia ignoraba por qué se había presentado en su casa a esas horas, pero no tenía intención de ponerle las cosas fáciles.
Se limitó a mirarla a los ojos aguardando a que se decidiera.
Antes de hablar, Paula le dio un largo sorbo a su bebida.
—He venido para que me aclares el numerito que montasteis en comisaría. De mi hermana me espero casi cualquier cosa, pero a ti te creía más cabal.
Alicia no respondió. Tras tomarse unos segundos, le dio un tiento a su cerveza y respiró hondo antes de hablar.
—Siento haberte cabreado, de verdad. Creo que elegimos la peor forma para contártelo.
Paula levantó una ceja.
—O sea, que sigues manteniendo esa historia de locos.
—No lo entiendes.
—En eso estamos de acuerdo.
Alicia se recostó en el sofá. No sabía cómo abordar el tema sin que sonara tan raro como ella misma lo escuchaba en su cabeza. Cuanto más lo pensaba, más absurdo le parecía.
—Yo te dije lo que descubrí por casualidad. Aunque sea extraño, es lo que hay.
—¿Y ya está?
—Sí.
Paula dejó la botella en la mesa, se giró en el sillón y clavó sus ojos marrones en la aspirante a periodista de investigación.
—De ser cierto lo que me cuentas, estoy segura de que no fue más que sugestión colectiva causada por la adrenalina del momento.
La universitaria sopesó las palabras de la inspectora.
—Ya lo había pensado —reconoció—. De hecho, esa conclusión fue la que encerró ese extraño recuerdo todos estos años en mi cabeza, hasta que, tanto Carmen como yo, vimos lo mismo en esa maldita foto.
—De nuevo, sugestión. Viste algo raro y la orientaste hacia lo mismo, aunque fuese sin pretenderlo.
—Le enseñé la foto a bocajarro, no le dije lo que era ni de dónde había salido. Tampoco le señalé a ninguno de los hombres que aparecen ni mencioné aquel día de hace dos años. Ella solita lo reconoció en cuestión de segundos.
Paula se concentró en la pared que tenía delante, como si en ella fuese a encontrar alguna respuesta. Desvió los ojos hacia la cerveza y fijó la vista en el vidrio, que le devolvió imágenes borrosas de su propio rostro.
Alicia se acercó a Paula y posó la mano en una de sus rodillas. La inspectora dio un respingo casi imperceptible al notar el calor de la palma de la estudiante a través de la tela del pantalón.
—A mí también me asusta esto, pero si es algo que puede ayudaros a avanzar en el caso, ¿no crees que merece la pena prestarle un poquito de atención?
Los ojos de Paula se clavaron de pronto en los suyos.
—¿Quieres que me regalen un pase para la consulta del psiquiatra?
Alicia se apartó y se colocó en el sofá con las piernas cruzadas. Miró a la inspectora con los párpados entrecerrados.
—Si lo tienes tan claro, ¿por qué has venido?
Paula bajó la mirada.
—No lo sé —admitió.
Alicia se tomó unos segundos para continuar. El breve lapso hizo que el silencio se volviese demasiado pesado para ambas.
—Desde mi punto de vista, no es necesario decirle a tu jefe demasiado.
El hombre que vimos hace años, dibujado con tierra en una ouija , aparece en esa foto, pero también es el único que no habéis encontrado muerto, por lo que, de todos modos, debéis investigar de quién se trata.
No hay nada sobrenatural en ello y, si averiguáis el nombre, no será raro que investigues su pasado para ver si hay algo turbio.
Si al final resulta que el espíritu tenía razón y el de la foto es su asesino no será necesario explicar nada…
Y ya encontrarás la mejor forma de disculparte conmigo.
Paula procuró asimilar las palabras de Alicia. Fue una exposición hábil, pero, aunque intentara obviar el punto de inicio, le resultaba casi imposible hacerlo.
—Esta historia me provoca mucho rechazo.
Alicia resopló y elevó la mirada al techo antes de continuar.
—A ese tipo acabaréis investigándolo igual, de ti depende si quieres contar con cierta ventaja sobre algunos detalles desde el principio.
—Primero tenemos que averiguar quién es.
—Está claro, pero solo quiero que pienses en una cosa: imagina que ese tipo cometió un asesinato hace años, imagina también que sus amigos lo supieran y lo hubieran ocultado… Tendríais un móvil. Puede tratarse de un familiar que se haya vuelto loco. Sería un punto de partida que ahora no tenéis.
Paula observó a la estudiante con curiosidad.
—No sé si aconsejarte que te dediques a escribir novelas de misterio o que oposites para la policía.
Alicia abrió la boca con intención de replicar, pero Paula la paró en seco al alzar la mano.
—Lo voy a pensar.
La inspectora se levantó del sofá y cogió su chaqueta.
—Si al final tuvieses razón, escribiré un informe aconsejando a mis superiores que pongan a una médium en nómina.
Alicia sonrió y agradeció que Paula utilizase un tono relajado para rebajar la tensión acumulada. Se levantó a su vez y acompañó a su amiga, que caminó delante de ella hacia la entrada. De pronto, la inspectora se giró de forma abrupta y provocó que Alicia chocara con ella.
—Perdona —se disculpó apartándose un poco—, es que me he dejado el móvil.
Por primera vez desde que llegó a su casa, Paula aguantó la mirada de la universitaria sin flaquear.
Los intensos ojos azules de Alicia se clavaron en su alma como si pudieran leerla.
Aquello la perturbó, pero quiso abandonarse durante unos segundos a la placentera sensación de indefensión de estar flotando en su mar cristalino.
Tuvo que obligarse a nadar hasta la orilla cuando la pálida tez de la estudiante mostró cierto rubor.
—Me voy —escupió la inspectora en un ataque súbito de urgencia—. Te informaré de lo que pueda.
Dio media vuelta y atravesó el umbral de la puerta con la sensación de que, si no lo hacía rápido, sería incapaz de escapar de sus iris infinitos.