El tentador calor de las llamas Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—¿Entonces, de qué vais? O lo sabéis, o no, así de sencillo.

—No es tan fácil.

—¡Estoy empezando a cabrearme de verdad!

—Es el que vimos el día del incendio.

La discusión entre Alicia y Paula se quebró en seco. Ambas se volvieron hacia la persona que había susurrado aquellas palabras apenas audibles. Carmen levantó los ojos y miró a su hermana con una expresión cercana al temor.

—¿Qué has dicho? —preguntó Paula sin terminar de entender.

Aquella vez, Carmen adoptó un tono más contundente.

—Lo que has oído. Y no te hagas la tonta, te contamos hace dos años lo que se dibujó en la ouija de la abuela con la tierra del claro del bosque.

Paula guardó silencio y se esforzó por recordar. Cuando lo hizo, le dedicó a su hermana una mirada severa.

—Si te refieres a la sarta de tonterías que Marcos y tú inventasteis sobre espíritus vengadores, mejor ni empieces.

—Aunque no te lo creas ese día contactamos con una presencia que nos dijo que la habían matado y que quería que encontráramos a su asesino —intervino Alicia—. Al ir a tirar el tablero en el anverso apareció dibuja da la cara de ese hombre.

Paula adoptó una expresión hermética.

—¿El tipo de la foto?

Ambas jóvenes asintieron.

Paula se levantó de la silla con parsimonia y observó a las estudiantes con expresión dolida.

—Todo esto confirma mis sospechas de que, para vosotras, este asunto no es más que un pasatiempo emocionante. Quiero que salgáis de aquí.

—¡Pero, Paula! ¿Es qué no lo ves? —intentó protestar Alicia.

—He dicho que os vayáis.

Ambas se miraron en silencio y, asumiendo que no había nada más que hacer, obedecieron a la inspectora, que se dejó caer en el asiento en cuanto las perdió de vista.

No podía creer que una persona tan cabal como Alicia se hubiera dejado llevar por una fantasía como aquella y que, para colmo, hubiera arrastrado a su hermana con ella.

En cuanto cruzaron la puerta de la comisaría, Carmen explotó.

—¡Sabía que venir era una locura! Si no tenía bastante con lo de la pérdida de la beca, ahora Paula le va a decir a mis padres que estoy mal de la cabeza.

Alicia paró en seco y se plantó delante de su amiga.

—Ya se le pasará el cabreo —dijo con tono poco convincente.

—Lo peor de todo es que la entiendo —continuó Carmen ignorando el comentario inútil—, si a mí me vinieran con un cuento así en medio de una investigación de asesinato, como mínimo mandaría al mensajero a la mierda. ¡Dios! ¿En qué estábamos pensando?

Alicia no supo contestar. Comprendía a Carmen, la reacción de Paula era normal… Pero estaba segura de estar en el camino correcto, por muy loca que pareciera. Su amiga se negó a continuar hablando del tema, se despidió farfullando una maldición y se marchó en dirección a la boca del metro.

Alicia se quedó en mitad de la calle sin saber muy bien qué hacer.

Paula ya había casi desintegrado el clip que contorsionaba para calmar su indignación.

Le resultaba infantil e insultante que Alicia y su hermana hubieran querido relacionar aquella tontería adolescente con algo tan real como un caso de asesinatos en serie.

García tuvo razón desde el principio al decir que estaba cometiendo un error involucrando a la universitaria en el caso, aunque solo fuera de forma superficial.

Se juró que, a partir de ese día, intentaría hacer más caso a un superior directo que rara vez imponía sus indicaciones como una orden.

Dejó el alambre retorcido encima de la mesa al ver al subinspector Bermúdez entrar como una tromba en el despacho.

—¡Novedades! —dijo a modo de saludo.

Sin esperar invitación, tomó asiento en una de las sillas que quedaba enfrente de Paula, que apenas si elevó la cara para mirar cómo el oficial lanzaba una de las carpetas que traía encima de su mesa.

—La Científica acaba de enviarnos las pruebas que le hicieron a la camisa de franela que encontrasteis en casa de Agustín Somoza. Las manchas no son de aceite, como pensábamos, son de sangre humana.

Aquello despertó el interés de la inspectora, que salió de su ensimismamiento, se levantó y comenzó a estudiar los papeles que Bermúdez había traído consigo.

—Aquí pone que es de mujer.

—Sí, me han dicho que estaba seca y muy deteriorada, debe llevar ahí muchos años, pero tras el análisis del ADN nuclear no les cabe duda de que es femenino.

García entró a tiempo de escuchar las últimas palabras, le arrebató el expediente a Paula de la mano y leyó las conclusiones con atención.

—Lo más probable es que se trate de la sangre de la mujer de Somoza. Algún accidente doméstico.

—Yo no conservo prendas sucias cada vez que me corto un dedo picando cebolla —apostilló Paula—. Además, la camisa es de hombre.

El inspector sopesó sus palabras unos instantes.

—No creo que tu piques mucha cebolla.

El oficial carraspeó para llamar la atención de los inspectores, aún no había terminado.

—Han llegado las conclusiones de las autopsias de todos los cadáveres. Se han demorado porque el forense quiso examinar de nuevo cada cuerpo al aparecer el de Agustín Somoza.

—¿Por qué hizo eso?

El oficial tragó saliva.

—Porque al cuerpo de Somoza le faltaban los ojos y la lengua, además de tener destrozados los tímpanos.

Quiso volver a revisar los cuerpos por si alguno presentaba lesiones parecidas que no hubiera detectado.

Sabíamos que al resto de víctimas también les cortaron la lengua, pero los ojos siguen en su sitio y no hay ningún trauma en los oídos.

Los inspectores asimilaron la nueva información. La crueldad del asesino había crecido. Las siguientes palabras del oficial no hicieron sino corroborar este punto.

—Han confirmado también que la mayoría de las incisiones practicadas en los cuerpos se efectuaron ante mortem .

—¿Estaban vivos cuando les sacaron las vísceras? — preguntó Paula con aprensión.

García respiró hondo y se frotó la cara con ambas manos. Necesitaba un afeitado.

—Por desgracia, este dato solo confirma que el asesino es un enfermo retorcido.

Aunque nos cueste, tenemos que centrarnos en lo que pueda ayudarnos en la investigación.

—El inspector jefe posó la mirada en Bermúdez—.

Consigue una muestra de la mujer de Somoza y que la científica compare su ADN con el que hay en la camisa.

También quiero que te asegures de que esa mujer no sabe nada sobre esa ropa manchada de sangre aparecida en su desván, puede que recuerde de qué se trata y no sea más que una tontería.

No quiero perder el tiempo con una prenda que se echó a perder mientras plantaba geranios hace veinte años.

Bermúdez se limitó a asentir en silencio y salió del despacho de forma acelerada mientras Paula se enfrascaba en la lectura del informe de las autopsias. Al terminar, dejó la carpeta encima de la mesa de su jefe con las tripas revueltas.

—Me cabrea que un loco de este calibre nos lleve la delantera.

Paula regresó a su mesa y se sentó en la silla sumida en un profundo agotamiento mental.