Capítulo 15
Armando García convocó una reunión con todo el equipo a las nueve de la mañana. Ya habían pasado dos semanas desde que hallaron el último cadáver y seguían sin avanzar demasiado.
El inspector percibió en los semblantes de sus colaboradores que las noticias que traían no iban a ser muy alentadoras. El primero que tomó la palabra fue el subinspector Carlos Fernández.
—Como ya sabemos, los análisis han determinado que las vendas en las que se envolvieron los cuerpos están hechas de lino egipcio.
Hemos rastreado todas las partidas de ese material que han entrado en España en el último año, pero no hay nada sospechoso en las transacciones.
Todos los encargos fueron realizados por empresas textiles de mayor o menor envergadura, tienen registrado cada pedido y dónde fue colocado.
Hemos intentado encontrar alguna importación camuflada sin éxito: o no existen o son insignificantes.
Lo más seguro es que el asesino comprara el material al por menor, incluso en el país de origen de la tela, aunque eso es algo que no podemos comprobar porque la cantidad que ha utilizado hasta ahora podría transportarse en un par de maletas sin levantar sospechas o comprarse online .
García asintió sin mediar palabra. Tenía aspecto cansado y malhumorado. La oficial Pilar Domingo tragó saliva antes de hablar cuando posó sus ojos en ella.
—La Científica ha realizado un análisis del natrón.
Es un mineral difícil de definir por la facilidad con que se altera.
En términos generales, es carbonato de sodio hidratado.
Sabemos que, en la actualidad, se usa en algunas tintorerías y, de forma menos habitual, también puede utilizarse para hacer jabones y la extracción de sosa cáustica.
En cualquier caso, el resultado es el mismo que con el lino, puede que el asesino sea propietario de un negocio de limpieza en seco o haga jabones, pero hay cientos de organizaciones de ese tipo, físicos y en internet.
Se han chequeado los pedidos de natrón de las empresas más grandes.
De momento no vemos ninguna partida anormal.
—Es un trabajo de chinos —intervino Paula con voz grave—, pero hay que hacerlo. Debemos conocer cada gramo de lino y natrón que se han movido en la ciudad este año. Ese malnacido tiene que haber dejado algún rastro, por pequeño que sea.
El inspector García asintió en silencio y clavó la mirada en el oficial Bermúdez.
—Las piedras que encontramos en los cuerpos envueltas entre las vendas, no son más que cantos de río comunes y corrientes.
No hemos encontrado huellas en ellas, ni fibras que podamos rastrear, aunque hay una cosa: he consultado con un catedrático de Arqueología de la Universidad Complutense y me ha comentado que los egipcios colocaban amuletos y joyas entre las vendas de los muertos, nunca ponían rocas sin ningún valor.
García reflexionó un momento y se rascó la barba más que incipiente.
—A estas alturas sabemos que ese cerdo les quitó los corazones a sus víctimas porque cree, como los egipcios, que sin él no llegarán al paraíso. El hecho de que haya puesto piedras en lugar de amuletos confirma que ese loco no solo quiere torturar y matar sus cuerpos, sino condenar sus almas.
—El catedrático también me ha dicho que además de amuletos, intercalaban entre las vendas tiras de lino frases del Libro de los Muertos, una especie de compendio de oraciones empleado para estos ritos, pero no hay nada parecido en los cadáveres.
Aquella conversación incomodó a los presentes, que se movieron en sus sillas en silencio. Aunque todos ellos eran experimentados policías de homicidios y participaban en muchas investigaciones de asesinatos sangrientos, ninguno se había enfrentado jamás a una mente tan extraña.
El inspector jefe se levantó y carraspeó para atraer la atención de los presentes.
—Hay un dato nuevo que no conocéis. Hemos hallado un vínculo entre los asesinados.
Paula se giró y encendió el proyector que tenía conectado a un ordenador portátil. En la pantalla apareció la foto de grupo que encontró Alicia en el desván de Agustín Somoza.
—Esta fotografía estaba en casa de una de las víctimas. Después de entrevistarnos con las otras familias sabemos que el resto de los asesinados aparecen en ella cuando eran jóvenes.
—¿Y de qué se conocían? ¿Dónde están posando? —preguntó Bermúdez.
Paula y su jefe se miraron con gesto sombrío.
—Ése es el problema —contestó García—. Cada uno ha reconocido a su familiar, pero no han visto nunca al resto.
En todos los casos es igual: nadie es capaz de decirnos de qué narices se conocían ni dónde fue tomada esta instantánea.
Pero hemos conseguido averiguar otro dato importante: en casa de todas y cada una de las víctimas, había libros sobre egiptología, traducción de jeroglíficos y gnosticismo.
Además, el reverso de la foto, aparecen las siglas A.E.A, es probable que estos hombres formaran parte de una especie de club de aficionados a este tema.
—Todos han aparecido momificados —intervino el subinspector Fernández—, no puede ser una casualidad.
—Un momento —terció la oficial Domingo—. Las víctimas son cinco y en esa foto yo cuento a seis hombres.
García se levantó de la silla y se colocó a la izquierda de la pantalla, en el lado opuesto al que ocupaba Paula.
—En efecto. Y aquí esta nuestra nueva prioridad: tenemos que saber quién es este hombre —señaló con un bolígrafo al joven más alto, que posaba con el ceño fruncido detrás de sus compañeros—.
Éste es el que falta y puede que, o sea la siguiente víctima o se trate del asesino.
Necesitamos encontrarlo, él es el único que puede aclararnos todo este asunto.
Empezaremos investigando las siglas A.E.A.
, averiguad si ha existido algún club o asociación relacionada con la egiptología y cuyo nombre se corresponda con esas letras.
—Otra cosa —añadió Paula pasando a la siguiente imagen que mostraba una parte aumentada de la foto—.
Como veis en este detalle, hay un coche a un lado de la imagen.
Hemos conseguido limpiarla lo suficiente para distinguir la matrícula.
Es antiguo, pero puede que podamos averiguar a nombre de quién ha estado el vehículo.
—Paula os enviará copias de la fotografía y os informará de vuestras parcelas de actuación —intervino el inspector jefe.
Los presentes asintieron en silencio y fueron saliendo de la sala. García se felicitó porque el comisario diera prioridad al asunto y le permitiera seleccionar un equipo tan numeroso y competente.
En cuanto Paula y su jefe se quedaron a solas sonó el timbre del teléfono de la sala de reuniones. García cogió el auricular, pero no habló. Al colgar, miró a su subordinada con las cejas arqueadas.
—Tu amiga Alicia ha venido a vernos —bufó con expresión cansada—. No tenemos tiempo para esto. Por favor, ve a ver qué quiere, intenta quitártela de encima cuanto antes y que no vuelva por aquí. Yo voy a informar al comisario de la reunión.
Sin decir nada, Paula caminó con paso acelerado hacia su despacho y paró en seco en cuanto llegó al umbral de la puerta.
—¿Tú qué haces aquí?
La inspectora observó atónita a su hermana, que aguardaba de pie con el rostro bajo y expresión incómoda.
—Venimos a decirte algo importante —anunció Alicia.
—¿Las dos?
Ambas jóvenes se miraron indecisas.
—Lo que vamos a contarte va a sonar raro —admitió Alicia.
—No empiezas bien —escupió Paula sentándose tras su mesa.
Alicia tragó saliva, cerró los ojos y se escuchó a sí misma como si estuviera a kilómetros de distancia.
—Hemos reconocido a uno de los hombres de la foto.
Al contrario de lo que ambas jóvenes esperaban Paula apenas se inmutó. Su voz sonó muy calmada.
—Ya hemos identificado a cinco de los tipos que aparecen en la imagen. —Le clavó a Alicia una mirada cargada de decepción—. Te dijimos que no investigaras este tema, pero veo que no has hecho caso. Ni siquiera voy a molestarme en preguntar por qué tienes una copia de la foto.
Alicia le mantuvo la mirada. La joven estaba hirviendo por dentro. Quería replicar, pero entendía la postura de Paula y su argumentación era tan extraña que prefirió aguantar el chaparrón.
—Me veo en la obligación no de pedirte, sino de prohibirte que sigas entrometiéndote en este caso —sentenció al fin.
—¿No quieres saber a quién hemos reconocido?
La inspectora extendió el brazo con la palma hacia arriba, invitando en silencio a las jóvenes a abandonar las dependencias policiales.
—Has dicho que habéis identificado a cinco hombres y en la foto posan seis —insistió Alicia sin moverse del sitio.
—Y ahora me dirás que vosotras habéis identificado al que no hemos podido localizar aún, ¿no?
—Eso no lo sé, porque, aunque no te lo creas, no he investigado nada sobre ellos. Puede que el tipo al que nos referimos esté ya en el depósito.
Paula soltó una palabrota sorda y puso los ojos en blanco.
—Acabemos de una vez con este juego. Dime a quién habéis creído reconocer.
Alicia sacó la copia impresa de la foto que Luis optimizó y señaló una de las figuras con el dedo. Paula miró la instantánea desde arriba. Después clavó los ojos en Alicia y luego en Carmen, que seguía evitando el contacto visual con su hermana mayor. Tras regresar a su sitio habló con voz grave.
—¡Bravo! Habéis solucionado el caso. El hombre que has señalado es justo al que no tenemos identificado ¡Menuda casualidad!
El tono sarcástico de la inspectora incomodó a las universitarias, que no supieron qué decir.
—Ya solo falta que me digáis su nombre.
—No tenemos ni idea.
Las palabras de Alicia provocaron que a la inspectora se le encendiera el rostro, que procuró contener las ganas que tenía de echar a aquellas dos de la comisaría a patadas.
—¿Creéis que esto es un juego? ¿Qué aquí pasamos el rato esperando cobrar a fin de mes mientras muere la gente? Primero me decís que lo habéis reconocido, luego que ignoráis quién es. La bromita no tiene ninguna gracia.
—No es una broma —musitó Alicia.